
Nieves Pérez Salvador
Comenzó a subir andando por la derecha de la calle Segovia, intentando recordar dónde había dejado el llavero con las llaves del coche y de su casa. Se cruzó con un hombre de mediana edad que mirándola de arriba abajo, se paró y sonriendo exclamó: ¡Olé las gachís! Ella no recordaba ni la voz ni la cara de esta persona, por eso la extrañó que se dirigiera a ella con esa confianza. Siguió subiendo la empinada calle haciendo memoria de los pasos que había dado esa misma mañana por si pudiera recuperar el último momento en el que las llaves estuvieron en su poder.
Recordó que faltaba media hora para que cerraran la peluquería que estaba debajo de su casa. No fue con prisa, total, poco tardaría Bego o Montse en cortarle las puntas y recortarle el flequillo. Se acordó de que había abierto el bolso para buscar la billetera, apartando el pañuelo, el móvil, unos caramelos para la garganta y el aparatoso llavero de la Menina de hojalata policromada, que no le dejaba ver el interior. Después, una nebulosa. La peluquera le había preguntado por la salud de su gatito y a ella se le fue el santo al cielo con las explicaciones que le dio del pobre felino. Lo único que recordaba era que se encontraba andando por la calle camino del parking. Necesitaba las llaves para entrar en él. Miró, revolvió los bolsillos de su chaqueta y bolso, y nada, no estaban. Pensó que se las habría dejado sobre el mostrador de Bego en el momento en que le decía ojalá tuviera yo tu edad, mientras que la peluquera sonriente barría los mechones que esa mañana les había trasquilado a las clientas. Volvió con prisa a la peluquería. Allí buscaron y rebuscaron, pero el llavero no apareció. Solo estaban ellas dos, así que nadie pudo habérselas llevado por confusión. En la búsqueda, por un momento la clienta se encontró de refilón con su propia imagen en el amplio espejo enmarcado de bombillas blancas. Le pareció ver su cara borrosa, pero su cerebro no estaba para pensar en esta situación, sino para encontrar el dichoso llavero. El día anterior había quedado con su hermana, tres años más joven que ella, para comer juntas al día siguiente y pasar la tarde en el Museo Reina Sofía viendo la exposición de Maruja Mallo. Quería acompañarla para que se distrajera y comenzara a pasar página, tras su reciente hospitalización. Cada una guardaba en su casa las llaves de la casa de la otra. Pensó que acompañaría hasta el final de la tarde a su hermana, y al menos, podría regresar a su hogar con las otras llaves.
Al finalizar la mañana, Bego llenó la papelera y anudó la bolsa para sacarla al cubeto de la comunidad de vecinos. Pero se le hacía tarde y la dejó detrás de la puerta del cuarto de baño. Le gustaban las bolsas amarillas, aunque indiscretas, pero le chiflaba el color. Pasó la tarde con la espalda rota. Barrió los mechones cortados de sus clientas vespertinas y anudó otra bolsa amarilla. Echaba de menos a su compañera Montse, que estaba griposa. Esta vez cogió ambas bolsas y las depositó en el contenedor. Al caer una de ellas, creyó oír un ruido entre metálico y vidrioso. Debajo de sus dos bolsas amarillas, había otra negra que contenía una botella de sidra guillotinada por el cuello que, no obstante, se hacía ver. Enseguida pensó que tal vez estuvieran allí, en una de las bolsas amarillas, las llaves de Dolores. Las volvió a sacar, las palpó con los guantes de goma y encontró el llavero con las llaves cubierto de pelos. Ahora el llavero se había convertido en una Menina peluda. Pensó en la alegría que le daría a su clienta, que se había ido con la cara descompuesta. Después de lavar y secar las llaves, se las echó al bolsillo del vaquero. Buscando en su agenda quiso comprobar qué clientas tendría al día siguiente. Tenía la costumbre de mojarse el dedo índice derecho para pasar las páginas, como el monje de El nombre de la rosa.
Dolores llegó sin resuello al número 44 de la calle Toledo. No se había enterado de su caminata hasta que llegó frente al portal de su hermana. No le quedaban ganas de subir los tres pisos, por eso, la llamó al telefonillo para que bajara. Esperó unos minutos y volvió a pulsar el botón. Una voz débil le dijo que subiera, que no estaba para ir a ningún sitio. Mientras la mujer subía la empinada escalera de peldaños de piedra desgastados, recordaba que, de pequeñas siempre, por ser la más mayor, era el paño de lágrimas de su hermana. Y esta se había acostumbrado a apoyarse en ella. No era una carga, las dos hermanas eran la fuerza y la debilidad hechas carne. Recordaba haber subido y bajado por aquellas escaleras antes, durante y después de la guerra, cuando volvieron de Albacete huérfanas de madre. El corazón de esta había sucumbido a los estallidos de las bombas, al miedo al tiroteo que se oía primero lejos y luego cerca, al correr hacia el refugio, donde encontró la paz de la muerte. Pero la hija mayor permaneció recia, de pie, combativa ante los enemigos que en aquellos momentos eran la hambruna y la muerte. Su hermana siempre que buscaba su mano, su regazo, o su mirada de luchadora, los encontraba. Era la hermana mayor que ejercía de madre, no de hermana. Por eso, cuando llamó al timbre de la vetusta puerta de madera con mirilla de latón repujado, la hermana preguntó:
—¿Quién es?
—¿Cómo que quién soy?, Matilde, ábreme la puerta y déjate de tontunas.
—¿Quién es usted?
—Soy tu hermana, Dolores. ¿Quieres abrir? Deja de mirarme por la mirilla. Abre.
—Ni hablar, usted no es mi hermana. Se parece un poco su voz, pero no su cara.
—No digas tonterías, Matilde, déjate de juegos y ábreme.
—Que no, que no le abro a usted la puerta. Yo no me llamo Matilde, usted está confundida y, como no se vaya ahora mismo, llamo a la policía.
—Llama a la policía, venga, llámala. Aquí espero sentada en este escalón hasta que se te antoje acabar con la broma. ¡Que no te llamas Matilde!… ¡Habrase visto!
Del otro lado de la puerta, Dolores escuchó que su hermana estaba hablando con un agente. Después no oyó nada, pero sabía que su hermana permanecía detrás de la mirilla. Al cabo de un rato, dos agentes de policía subían por las escaleras. La mujer les explicó lo que había sucedido y esperó a que su hermana abriera la puerta ante la llegada de los agentes. Matilde abrió y estos pudieron entrar, pero su hermana no. No entendía nada. Creía que Matilde estaba siendo víctima de una enajenación mental. Cuando le pidieron el DNI ante la imposibilidad de que la reconociera su hermana, los agentes miraron varias veces la foto del documento intentando comprobar que eran la misma persona. La foto del documento identificativo correspondía a una mujer de ochenta años y, sin embargo, quien tenían de frente no llegaba a los cuarenta, aunque había cierto parecido. Entonces, Dolores pidió un espejo, ese que su hermana tenía en la coqueta de su dormitorio, cerca del joyerito de conchas, indicó para pasmo de su hermana y agentes, pues al dar estos datos denotaba que conocía bien el dormitorio de Matilde. Sin hacer caso a su petición, se la llevaron esposada a la comisaría mientras que su hermana por la espalda la llamaba ladrona y embustera.
Las huellas dactilares de Dolores coincidían con las de su DNI, sin embargo, su rostro no. Al fin, al pasar delante de un cristal con espejo, pudo contemplar su imagen. Entonces sí que se asustó. Se tocó la cara. Seguía sin comprender nada. Los agentes llamaron a su hijo, que se personó en la comisaría y pagó la fianza. Intuía que en el fondo estaba ayudando a su madre, aunque ese rostro no correspondiera exactamente al suyo, le era familiar. Recordaba haberlo visto en fotografías cogido de la mano de esa mujer o en sus brazos.
Al día siguiente, la peluquería permaneció cerrada. La tarde anterior, Bego, al llegar a su casa, se sintió desfallecida. Se sentó en un sillón frente al televisor. Fue al dormitorio para ponerse el pijama y, al pasar por delante de un espejo, se asustó. Su rostro había envejecido cuarenta años y sentía un cansancio nada normal. Se fue acercando con paso cansino a la cama, pero una especie de confusión y pérdida de visión la hicieron desplomarse sobre el parquet. Durante veinticuatro horas estuvo inconsciente. Cuando se levantó, vio el llavero de la clienta que se había caído del bolsillo de su vaquero y estaba siendo el juguete de su gato albino que sin ningún empacho lo lamía. Enseguida vio que a los dos lados del felino estaba una masa de pelos blancos. El gato se levantó y moviéndose muy despacio se encaminó hacia su comedero. Olió la comida y emitió un maullido viejo. Intentó subirse a su banqueta preferida y no pudo, no tenía fuerzas. De la noche a la mañana el gato también había envejecido. Se fue a duchar y, al salir, miró el espejo del baño cubierto de vaho. No se atrevía a limpiarlo. Contemplaba una silueta muy borrosa a través de él. Así era mejor. Decidió entonces beber mucha agua y frotarse la lengua con el cepillo de dientes primero con el dentífrico y después con el colutorio. Al cabo de una hora, recuperó su verdadera imagen. Cogió en brazos al gato y le fue dando agua con una jeringuilla, después le frotó con suavidad las encías. Entonces se le vino a la memoria la palabra llavero. Buscó unas pinzas metálicas y con ellas recogió el llavero que echó en una bolsa blanca de la basura. La cerró y la colgó del tendedero exterior con una pinza de la ropa. Puso las pinzas a hervir y buscó en su agenda el teléfono de Dolores.
Hacía tres días que Dolores estaba paseando por la ermita de Virgen del Puerto, cuando se encontró en el suelo el llavero de la Menina rodeado de cuatro naipes, dos negros y dos rojos, una moneda egipcia en el centro y una pluma de pato. El llavero tenía una sola llave, circular y pequeña, como la de un buzón de correos. Dolores vio el dorado llavero, le gustó y obviando las cartas y la pluma, lo cogió, así como la moneda, que se parecía a la de dos euros. Lo abrió y sacó la llavecilla, depositándola descuidadamente entre las cartas. Se sentó en un poyato y cambió su despeluchado llavero de perrito por el de la Menina. Desde ese momento, fue sintiendo desvaríos que ella achacó a la subida de la tensión. Sin embargo, al llegar a su casa, se la tomó y estaba perfecta. Entonces llamó a su hermana Matilde para quedar al día siguiente. Comerían juntas su bocadillo de calamares en El Brillante y su cañita de cerveza, antes de entrar en el Museo.
Bego marcó el número de Dolores, al tercer sonido esta descolgó.
—Doña Dolores, ¿está usted bien? Le llamo porque he encontrado sus llaves. Puede venir a recogerlas cuando quiera.
—¡Hola, Bego, bonita! Pues mira, tira el llavero, que ya no me hace falta, mi hijo tenía una copia de mis llaves y pienso esta tarde recuperar las que tengo en casa de mi hermana, pero gracias, hija, no las quiero, puedes tirarlas y ¡oye! No se te ocurra quedarte con el llavero, que tiene poderes malignos, ¿me oyes, Bego? Tíralo.
—Bien, Doña Dolores, lo tengo en una bolsa, ahora mismo lo tiro, descuide.
Sin embargo, Bego no tiró la bolsa con el llavero a la basura, sino que sacó las llaves, las arrojó a una alcantarilla y acto seguido metió el llavero en una pequeña caja de cartón y la llevó a la oficina de correos, lo metió en un sobre, puso el nombre y la dirección de la pareja de su ex, pagó y se fue a su casa tan contenta.



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