
Ángel Utrillas
Salió al escenario arrasando con su fuerza y su energía, colgada de su hombro la guitara tan roja como su camiseta de tirantes.
Los dos amigos se abrazan al reconocer la canción y gritan a coro con Dolores:
—Another head hangs lowly Child is slowly taken.
Enloquecen con esta canción, con este grupo, con la gran voz melodiosa de mesosoprano de Dolores O`riordan. Enloquecieron y fueron felices aquel día con aquel increíble concierto de Cranberries.
Pasan los días, las semanas, pasa inexorable el tiempo y pasa algo que ninguno de los dos sabría definir. El resultado de un enfado estúpido es la distancia y la relación se enfría, las citas se postergan, las llamadas se van espaciando hasta desaparecer.
Aparece el orgullo. Ambos sienten la imperiosa necesidad de llamar, de derretir el hielo y, no obstante, el frío del miedo al rechazo o el orgullo de “no me toca a mí, que yo no he sido el culpable” terminan por vencer.
Ambos siguen sus vidas por destinos distintos, por caminos distintos.
Dolores sube otra vez al escenario, su vestido rojo se ciñe a su cuerpo delgado, su guitarra roja se ciñe a su alma, su voz se alza elegante y se desplaza transmitiendo vibraciones increíbles. Los dos amigos asisten al concierto, en esta ocasión por separado, con otros conocidos; no se encuentran, no saben que el amigo está allí, siguen distanciados, desconocidos. Ambos gritan a docenas de metros de distancia la letra de esa canción que les apasiona…
—And the violence caused such silence who are we mistaken.
Dolores canta esa poderosa letra que protesta contra la violencia y la guerra, denuncia el conflicto y el odio y la espiral de violencia en la que giran. Y toca su guitarra con precisión y rabia. Viéndola ahí arriba, reina del escenario, aclamada por miles de personas, nadie diría que ha tenido la terrible infancia que tuvo.
Era la menor de nueve hermanos, su padre padeció un accidente de moto que le dejó en silla de ruedas; cuando tenía siete años, se quemó su casa. A los ocho años empezó a sufrir abusos sexuales, los padeció durante cuatro años, ella no dijo nada pensando que la culpa era suya. Lo contó en su canción Fee fi fo. A los doce años compuso su primera canción dedicada a un profesor del que estaba enamorada. Tuvo una gran formación musical: piano, guitarra… Y, con el paso del tiempo y de la música, desembocó en los arándanos, The Cramberries.
Tras veinte años de matrimonio, su enlace llegó al final y ahí empezaron graves problemas que ya arrastraba. Un episodio de rabia aérea por el cual fue detenida y juzgada, trastorno bipolar, alcohol, drogas, dificultad para superar su inmensa fama, anorexia.
La diosa caía del pedestal tan estrepitosamente que hasta, sumida en una terrible depresión, intentó suicidarse con una sobredosis. Aunque los amigos la seguían adorando, eso sí, permanecían distanciados.
El concierto termina con la inevitable Zombie, el temazo emblemático, esa canción que Dolores escribió con rabia por los atentados del IRA que mataron a dos niños. Un grito contra la inhumanidad del hombre que trata con extrema violencia al propio hombre.
Fin del concierto, principio de la resaca, continuación del enfado y del silencio.
Dolores se sube al escenario por última vez el 15 de enero. Viste un camisón rojo, en sus manos una botella, el alcohol por debajo de la línea de flotación, el resto de la bebida dentro de su cuerpo. Canturrea mientras bebe o bebe mientras susurra. Se desnuda, se mete en la bañera, dormita abrigada por el agua tibia. Bebe otro trago, canta y su voz privilegiada se oye por última vez, bebe por última vez. Patina en el escenario de la vida y cae en la bañera, la nariz y la boca por debajo del agua mucho tiempo, demasiado tiempo. Una inmensa sensación de paz invade su cerebro.
Un hotel de Londres, 15 de enero del 2018, una mujer policía fuerza la entrada de su habitación y la encuentra, muerta en la bañera, la causa un accidente, ahogamiento accidental provocado por una excesiva ingesta de alcohol. Cuarenta y seis años, múltiples canciones, una vida, salen por el desagüe de una bañera.
Ha muerto un mito, ha fallecido la heroína del rock. Ha dejado de estar prisionera, vuela libre con su guitarra roja.
El teléfono suena, al descolgar no hay respuesta inmediata, solo sollozos ahogados. Uno de los amigos, da igual cuál de los dos, con voz compungida, rota, informa: Dolores ha muerto.
— Lo sé, llevo dos horas escuchando sus discos y llorando como un crio.
— Podemos vernos, necesito el abrazo de corazón de un amigo.
Entierran el hacha, Bury the hatchet.
Ha tenido que morir Dolores para que volvamos a abrazarnos.



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