
Juan José Jurado Soto
Puede fallar en las urnas, pero no en la taquilla
“Cuando en marzo truena, cosecha buena”, dice el refrán. Y así parece que va a ser: el rugido del estreno de Torrente Presidente el 13 de marzo, augura un futuro prometedor a la nueva entrega de la famosa saga creada, dirigida y protagonizada por Santiago Segura.
Y con esta ya son media docena…. Cada nuevo lanzamiento supone todo un acontecimiento que va mucho más allá de las pantallas cinematográficas. Torrente se ha convertido en un fenómeno sociológico en España y en otros muchos países (Uruguay, Argentina, Paraguay…). Una serie de películas que han marcado un antes y un después en la historia del cine español.
Desde la aparición de Torrente, el brazo tonto de la ley en 1998, la saga redefinió la industria comercial española y se convirtió en la franquicia más lucrativa de nuestro cine. Sus cinco películas, estrenadas entre 1998 y 2014, no solo arrasaron la taquilla, sino que lograron atraer a un público masivo, incluyendo a espectadores que rara vez acuden al cine, algo excepcional en el panorama nacional. Su éxito continuado la consolidó como una de las franquicias más reconocibles y difíciles de replicar, capaz de superar en muchos casos tanto a la competencia española como a grandes producciones internacionales. Cada una de sus entregas se ha convertido en una nueva conquista: las colas en los cines, la avalancha de merchandising y la presencia constante en medios han demostrado que el personaje trasciende la pantalla.
Así, Torrente ha dejado de ser solo un fenómeno cinematográfico para incrustarse en la vida cotidiana de la población española. Un hecho sin precedentes en nuestra sociedad. Incluso quienes nunca han visto sus películas conocen al personaje, su estética, su personalidad, e incluso, algunas de sus frases más características.
La saga de Torrente es un caso único en nuestro cine y muy diferente a otras sagas internacionales. Torrente juega en otra liga: no busca épica, ni efectos especiales, ni universos narrativos complejos. Su fuerza reside en el humor, en destacar lo contrario, lo cotidiano, lo reconocible, lo cutre…; en un personaje esperpéntico que dista mucho del héroe clásico, reflejando una imagen deformada de la sociedad para revelar la esencia verdadera; algo así como los protagonistas de Luces de bohemia, de Valle‑Inclán, frente a los espejos cóncavos y convexos.
Torrente se sitúa en las antípodas de sagas como James Bond: frente a la sofisticación y el glamour del héroe clásico, encarna a un policía casposo, machista, racista y corrupto que sobrevive a base de trampas, prejuicios y chulería. Esa inversión del arquetipo es precisamente lo que le hace singular: no pretende salvar el mundo ni representar un ideal, sino ofrecer una caricatura grotesca y reconocible de ciertos rasgos y vicios presentes en la sociedad española. Una forma de mostrar, de forma exagerada, aquello que somos, hemos sido o podríamos llegar a ser.
No se trata solo de una simple película de entretenimiento fundamentada en una sucesión de gags ordenados para provocar la risa. El fenómeno sociológico de Torrente refleja, de manera crítica y exagerada, algunos comportamientos, prejuicios y estereotipos presentes en la sociedad española. Y es aquí donde la saga adquiere una dimensión mucho más profunda de lo que aparenta.
Es fácil reconocer realidades a través del personaje caricaturesco de José Luis Torrente: el machismo cotidiano, la picaresca española (al más puro estilo de nuestra divertida novela del Siglo de Oro), la nostalgia rancia por “tiempos mejores” idealizados, la chulería vociferada en cualquier lugar público, la corrupción asumida como algo intrínseco a nuestro sistema, etc. Y parte de su éxito se debe a que la mayoría del público ha entendido que Torrente es una exageración…, aunque, quizá, no se trate de alguien tan lejano ni fantástico.
La repercusión de Torrente en la sociedad y en la cultura popular es total. Se ha convertido en un fenómeno transversal: imitado en fiestas, programas de televisión y disfraces; generador de una legión de fans que celebraban su humor irreverente; es objeto de análisis en universidades, libros y debates culturales; reconocido por su impacto incluso entre quienes detestan al personaje… Una saga que además abrió camino a un tipo de comedia española más desinhibida, más gamberra y más consciente de su propio exceso.
Y también inauguró una tendencia que luego imitarían otras producciones: el cameo como reclamo comercial. Famosos de todos los ámbitos —deportistas, cantantes, presentadores, actores, políticos— han querido aparecer en estas películas, aunque fuera unos segundos. Participar en Torrente se ha convertido en una especie de ritual que parece dar prestigio y caché al currículum.
Aunque la saga siempre ha jugado con la sátira, algunos espectadores —especialmente jóvenes— toman a Torrente como un simple referente humorístico y pasan por alto la crítica social que encierra. Esta lectura superficial alimenta el debate sobre los límites del humor, el uso de estereotipos, la responsabilidad educativa del cine comercial, y la capacidad del público para distinguir entre sátira y apología, especialmente cuando un personaje tan zafio y exagerado alcanza gran éxito. De ahí surge la preocupación de que ciertos adolescentes, con menos herramientas críticas, puedan imitar al personaje sin entender que se trata de una caricatura grotesca y no de un modelo a seguir. Consciente de ese riesgo, Santiago Segura ha insistido siempre en contextualizar sus películas y reivindicar el sentido satírico de la obra.
En una ocasión caminaba por la noche con Santiago Segura por la Gran Vía madrileña. Desde la distancia, la voz de un adulto gritó: “¡Santiago, tienes que devolverme el dinero!” el cineasta, que ya está curtido en la tarea de lidiar con un público no siempre correcto, dijo muy tranquilo: “Si lo tengo que hacer, lo hago… pero ¿dime por qué?”. El reclamante le contó que había ido al cine con su hijo pequeño a ver una de las películas de Torrente y que se tuvieron que salir al ver tantas burradas y guarrerías. Segura, con una respuesta tan certera como su apellido le dijo: “Quizá si no hubieras ido a ver con un menor una película clasificada para mayores de 18 años, no te hubiera pasado eso”.
Santiago lo tiene muy claro y le gustaría que los demás lo vieran del mismo modo que él. Sus hijas menores, aun apareciendo en algunas de sus películas, todavía no han visto ninguna de la saga de Torrente. Y espera que el público no confunda sus exitosas sagas de Torrente y Padre no hay más que uno y respete la clasificación determinada por el ICCA del Ministerio de Cultura y Deporte.
Recordemos que, al recibir el Goya como mejor director novel por la primera película de la saga, Santiago terminó su intervención diciendo: “Que sepáis niños que, cuando crezcáis, no quiero que seáis como Torrente”.
Independientemente de gustos, Torrente ocupa un lugar indiscutible en la historia del cine español. Ha sabido revolucionar la taquilla en un momento en que el cine nacional luchaba por atraer público, demostrando que una película española puede llegar a convertirse en un fenómeno masivo. El icónico personaje, que nada tiene que ver con la personalidad de su creador, ha consolidado a Santiago Segura como uno de los directores más prestigiosos e influyentes del cine español.
Con el paso del tiempo, bien respaldado por el éxito comercial, Torrente ha salido del celuloide para instalarse en la conversación pública: desde su debut en 1998, este expolicía caído en desgracia dejó de ser un simple protagonista para convertirse en un símbolo incómodo y reconocible, presente en sobremesas, tertulias y debates políticos. Su figura grotesca ha servido para explicar comportamientos, denunciar excesos e ironizar sobre la picaresca nacional, hasta el punto de convertirse, gracias a su enorme éxito comercial, en una referencia cultural que aparece en espacios donde nadie habría imaginado que un personaje así pudiera llegar. Paradójicamente nunca en el lugar donde más debería estar: en los Goyas.
El personaje ha servido en numerosas ocasiones como metáfora rápida, eficaz y reconocible. Basta con nombrarlo para que el público entendiera el tipo de actitud que se trataba de criticar. Así, por ejemplo, en programas de debate, cuando se ha hablado de corrupción o de comportamientos impropios, algún tertuliano ha pronunciado frases como: “Esto parece una escena de Torrente”, “Ese político actúa como si fuera el propio Torrente, sin pudor y sin vergüenza” o “si seguimos así, los jóvenes van a pensar que la figura del héroe español es Torrente.”
A finales de los años 90, Esperanza Aguirre, siendo ministra de Educación y Cultura (1996–1999), protagonizó una anécdota que se hizo pública al comentar en un programa de radio que no sabía quién era Santiago Segura, pese a que en ese momento el actor y director tenía una presencia muy destacada en los medios gracias a su papel en El día de la bestia (estrenada con gran éxito en 1995) por el que recibió un Goya como mejor actor revelación en 1996. Esta historia se volvió muy citada y comentada y se convirtió en un ejemplo recurrente de desconexión entre la clase política y la cultura popular de la época. Curiosamente, en el año 2011, esa misma política, en esa época presidenta de la Comunidad de Madrid, en una entrevista radiofónica, hablando sobre la picaresca española y la corrupción política, usó a Torrente como símbolo de la pillería y la falta de ética: “En España hemos aplaudido demasiado al pícaro, al Torrente de turno.”
Y no ha sido la única, son muchos los que han utilizado al personaje como contramodelo institucional, para poner un ejemplo claro que entendieran todos los ciudadanos. Alfredo Pérez Rubalcaba, en 2006, siendo ministro del Interior, explicó durante una rueda de prensa sobre reformas policiales: “La policía española no es Torrente, ni se le parece.” En 2008, el mismo presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, comentó en una entrevista televisiva que: “No podemos permitir que la imagen del hombre español sea la de Torrente”, rechazando ese claro comportamiento antisocial. Incluso el célebre periodista Iñaki Gabilondo, tras el estreno de Torrente 5, en 2014, lo utilizó como metáfora sociológica para hablar de la España profunda: “Torrente es un espejo deformado, pero espejo al fin y al cabo.”
Torrente se ha convertido en un lenguaje común, una referencia popular que abarca todo y que permite hablar de problemas reales sin necesidad de largas explicaciones.
Las frases de Torrente se han colado en el lenguaje coloquial de la calle, usadas de forma irónica o muletillas humorísticas, como si fueran locuciones o refranes modernos: “Esto es España, coño”, “nos hacemos unas pajillas”, “Soy la ley”, etc., no son solo citas: son guiños, códigos compartidos, pequeñas retahílas humorísticas que los jóvenes y no tan jóvenes repiten, incluso, sin haber visto todas las películas. En institutos, oficinas, bares…, Torrente se ha convertido en un generador de frases hechas. Y eso, para bien o para mal, es un síntoma de profundo impacto cultural.
Más allá de gustos, es evidente que Torrente presenta una notable capacidad para generar conversación, para convertirse en referencia política, social y cultural. Es difícil encontrar otro personaje español que haya sido tan citado en tertulias, en debates parlamentarios, en artículos académicos y en conversaciones de bar con la misma naturalidad, en el contexto de la sociedad española. Torrente es, en definitiva, un fenómeno que desbordó su propio marco: un personaje que, aparentemente, solo había nacido para hacer reír, pero que ha terminado sirviendo para hacer pensar.
Es curioso cómo la crítica social en Torrente funciona como un espejo deformante en el que cada espectador interpreta lo que ve según su propio marco ideológico: unos ven en el personaje una sátira feroz de los valores de los que carece el bando contrario, mientras que otros lo leen como una caricatura exagerada que confirma sus prejuicios sobre “los otros”. Esta ambigüedad permite que la misma película sea utilizada como arma arrojadiza desde posiciones opuestas, porque cada grupo selecciona los elementos que encajan con su mensaje y los convierte en prueba de lo que quiere denunciar. En lugar de generar un consenso sobre la intención satírica, Torrente se convierte así en un campo de batalla simbólico donde la interpretación depende menos de la obra y más de los intereses, identidades y lecturas previas de quien la mira.
Sería muy interesante estudiar y comparar a Jose Luis Torrente con otros personajes de la Literatura y la cinematografía: Lázaro de Tormes, Barry Lyndon, Ethan Hunt (Misión Imposible), Inspector Clouseau, James Bond o Don Quijote de la Mancha. Aunque esta tarea implicaría un análisis mucho más profundo y extenso, no me resisto a presentar, básicamente, semejanzas y diferencias con los protagonistas de nuestra obra más universal. Tanto Alonso Quijano como Torrente son caricaturas de un tipo de español reconocible, viven en una realidad paralela que ellos mismos construyen y generan situaciones absurdas que revelan fracasos sociales. Sancho y Torrente son terrenales, prácticos, amantes del comer y del beber; y representan al español medio, con sus contradicciones. Por otro lado, el hidalgo lucha por valores, es idealista, trágico e inspira, mientras que el expolicía lucha por su propio interés, es cínico, grotesco e incomoda. Y si mostramos las diferencias entre Sancho y Torrente, uno es noble en su simpleza, leal y capaz de evolucionar, mientras que el otro es ruin en su simpleza, traicionero e incapaz de progresar.
Torrente presenta una característica sociológica muy particular. Se trata de un personaje que, aparentemente, solo puede existir en España, porque recoge elementos de nuestra tradición literaria (la picaresca, el esperpento, el costumbrismo) y los mezcla con referentes del cine global (el héroe de acción, el policía duro, el espía seductor), para luego desmontarlos y devolverlos en forma de crítica satírica. Pero curiosamente, Torrente tiene un gran éxito en algunos países muy alejados de nuestras fronteras. Y es que tal y como dice el propio Santiago, las miserias y vicios humanos, por desgracia, existen y son reconocibles, en mayor o menor medida, en todos los lugares y sociedades del mundo: los bajos fondos, la traición, los enfrentamientos entre clubes deportivos, el abuso del débil, etc.
Con tal trascendencia, no sería extraño que en un futuro próximo la Real Academia Española, terminara incluyendo en su diccionario algunas palabras como Torrentino, Torrentesco, Torrentería o, incluso, Torrente, para definir al universo, estilo y características propias del personaje creado por Santiago Segura.
Como hemos visto, la saga Torrente no es solo una serie de películas: es un fenómeno cultural que ha dejado una huella profunda en la imagen colectiva española. Su éxito comercial, su capacidad para generar debate y su influencia en el lenguaje y la cultura popular la convierten en una de las obras más significativas —y polémicas— del cine español contemporáneo. Santiago Segura define al personaje como una «tragicomedia de un país”; Torrente Presidente, es la confirmación de tal afirmación, al mostrar cómo la realidad política y social española puede llegar a superar la ficción.



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