
Khalid Al Dieri Al Akeel
Siria, cuando la menciono, no surge como un simple territorio situado en el mapa. Aparece, más bien, como un profundo sentimiento de nostalgia: un recuerdo cálido, arraigado, que se resiste al paso del tiempo.
Siria es una tierra cuyo pasado no puede leerse en frío. Cada piedra lleva grabado el paso de sus habitantes, y cada capa de suelo oculta la historia de sus vidas. Y es en el corazón de este sentimiento donde se alza Damasco, no como una ciudad cualquiera, sino como un enclave vivo, símbolo de resiliencia y perseverancia.
A lo largo de mi vida, pasé temporadas viajando entre Daraa, mi ciudad, y Damasco. La realidad es que no eran aventuras extraordinarias, pero cada trayecto se convirtió en una pequeña escuela abierta. Cada viaje suponía un nuevo aprendizaje: desde las antiguas inscripciones grabadas en las piedras, hasta las tertulias de los lugareños en los cafés; desde los edificios arcaicos que susurran largas historias, hasta los mercados populares donde se entrelazan el presente y el pasado.
Esos viajes esporádicos fueron, en realidad, una expedición hacia la comprensión de las civilizaciones que se sucedieron en Damasco y conformaron su identidad. Todo aquello que se manifestaba no se encontraba allí por casualidad, sino que era fruto de una gran herencia.
Damasco es considerada la ciudad más antigua del mundo habitada sin interrupción. Sus restos arqueológicos se remontan al séptimo milenio antes de Cristo. Esta imagen, aparentemente fría, se transforma en una escena repleta de vida cuando pensamos en los primeros pobladores, en las aguas del río Barada, en las tierras cultivadas y en las casas levantadas con la esperanza de preservarse a lo largo del tiempo.
Damasco aparece mencionada, incluso, en textos egipcios y asirios, datados del segundo milenio antes de Cristo, con el nombre de “Damasco” o “Tameshq”, como si el propio nombre se negara a desaparecer, del mismo modo que la ciudad se niega a extinguirse.
Y sin embargo, su edad no es su único milagro. La belleza de esta ciudad emana de sus cúpulas, sus mercados y de sus muros antiguos; pero también se esconde en ese extraño equilibrio entre fortaleza y delicadeza. Es la historia dura de una ciudad conocida por sus guerras y sus batallas, y que, aun así, mantiene viva su alma, conservando con suavidad sus detalles.
Basta con caminar por sus callejones para intuir por qué su nombre se entrelazó con la flor del jazmín: una flor que no alardea de su belleza, sino que ofrece su encanto en silencio a los ojos de quienes la quieren ver, del mismo modo exacto en que lo hace Damasco.
Esa armonía es, en realidad, el resultado de siglos de encuentro: donde arameos, romanos, bizantinos y, más tarde, los árabes musulmanes se sucedieron unos a otros. Lejos de generar disputa, estas civilizaciones se entrelazaron, dando forma a una identidad única en el territorio damasquino.
Por ello, cuando Damasco fue proclamada capital del Imperio Omeya en el siglo VII, no se convirtió únicamente en un referente político, sino también en cuna de la consolidación de modelos administrativos, marcos legales y formas de gobierno. Aquello influyó profundamente en la historia de la civilización islámica, y su influencia se extendió incluso más allá de ella. De este modo, Damasco no solo gobernaba sus tierras: también producía y exportaba ideas hacia todas las partes del mundo.
En cuanto a su comercio y economía, Damasco no permaneció aislada. Su situación geográfica hizo de ella un nexo perfecto entre Oriente y Occidente: entre la Ruta de la Seda y el Mediterráneo, entre la península Arábiga y Anatolia. Así, fue ciudad de caravanas, de mercados y de oficios artesanales; destacando el célebre tejido damasceno, cuyo nombre llegó a Europa como sinónimo de calidad y prestigio. Su economía no fue un accidente histórico, sino la expresión natural de una ciudad que supo convertir la geografía en oportunidad.
En medio de este recorrido histórico, Damasco preservó su diversidad religiosa como parte esencial de su identidad. Conoció antiguas creencias, abrazó el judaísmo, el cristianismo y el islam. La Gran Mezquita Omeya es un símbolo vivo de esta superposición espiritual: fue templo, iglesia y, finalmente, mezquita, sin llegar a perder nunca su carácter sagrado; como si las piedras hubieran decidido conservar la memoria de todas esas etapas.
Y, al igual que en muchas casas damascenas, el jazmín sigue asomándose por ventanas y patios, recordando que la convivencia no fue un concepto teórico, sino una realidad que se materializó en la práctica cotidiana. Esa convivencia también se reflejó en sus lazos con las tierras vecinas y su historia siempre estuvo unida a la de su entorno, siendo Palestina un lugar profundamente significativo desde tiempos lejanos y que se debe a mucho más que a la cercanía geográfica. El itinerario entre Damasco y Al Quds, además de una ruta comercial, fue también un trayecto que invitaba a la búsqueda de la fe y a la transformación. En los textos cristianos, Damasco aparece como escenario de acontecimientos decisivos; y en la tradición islámica, Bilad al-Sham —con Damasco en su centro— es considerada una tierra bendita, vinculada a momentos cruciales en la historia de la humanidad.
Y es precisamente, en esta dimensión sagrada, donde Damasco adquiere un sentido aún más profundo. En los relatos religiosos islámicos, es mencionada como escenario de acontecimientos trascendentales; entre ellos, el descenso de Jesús —la paz sea con él— al final de los tiempos, como símbolo del triunfo de la justicia y de la liberación de la humanidad frente a la injusticia y la opresión.
Esta dimensión espiritual otorga a la ciudad un significado especial, convirtiéndola en algo más que una capital o un vestigio histórico: en un símbolo de esperanza ante la intensa oscuridad.
Y es por ello que no concibo Damasco como una historia lejana que se cuenta, sino como una experiencia que se siente. Y aun herida nos enseña que la fortaleza de una sociedad no consiste en endurecerse, sino en su capacidad de conservar su parte más humana a pesar de la tormenta.
Y así como el jazmín preserva su blancura a pesar del polvo del tiempo, Damasco, por más pesada que sea su historia, permanece, evoca y resiste eterna.


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