
Pedro Fajardo
Una estación vacía. Sólo un hombre de mediana edad se encuentra de pie en el borde del andén, pensativo y con la mirada perdida. Mira su lujoso reloj de pulsera y sufre un ataque de ansiedad. Cuando recobra la respiración, se despoja del reloj y lo arroja lejos de sí. Una mujer mayor, con aspecto de mendiga, cargada de bolsas y arrastrando los pies, recorre el pasillo central del patio de butacas. Chista al hombre solitario varias veces, pero éste no reacciona.
MENDIGA. — Joven, ¿me ayudas?
ALBERTO. — (Saliendo de su ensimismamiento.) ¿Eh?
MENDIGA. — ¡Que me ayudes!
ALBERTO. — Pero, ¿cómo se le ocurre cruzar las vías por aquí? ¡Podría arrollarla un tren!
MENDIGA. — Si te das prisa, no.
Alberto se acerca a ella.
ALBERTO. — (Intenta cogerle las bolsas.) Deje las bolsas aquí y, una vez en el andén, se las doy.
MENDIGA. — (Forcejeando para no soltar las bolsas.) ¿Y si sales corriendo con ellas? Yo no podría alcanzarte.
ALBERTO. — (Mirando en la dirección por donde suelen venir los trenes.) Señora, fíese de mí. No estamos en el mejor lugar para andar discutiendo… Podría venir un tren.
MENDIGA. — Yo no voy a dejar mis tesoros aquí… (Se sienta en las vías.) Tú verás.
ALBERTO. — ¡Está bien! La llevaré con bolsas y todo. ¡Vamos!
Ella coge las bolsas con una mano y Alberto la agarra del otro brazo, pero ella se resiste.
MENDIGA. — ¡Suéltame, bruto!
ALBERTO. — Pero, ¿no hemos quedado en que la llevaba al andén con las bolsas?
MENDIGA. — (Propinándole una bofetada.) ¡Eres un fresco! ¡Me has tocado un pecho!
ALBERTO. — ¡Señora! De alguna parte tendré que cogerla para llevarla al andén, ¿no?
MENDIGA. — Bueno, te dejo que me toques el culo, pero nada más.
ALBERTO. — ¿Qué cree? ¿Qué soy un sátiro? ¡Lo que me faltaba hoy!
Alberto no se atreve a tocarla y la Mendiga, con su mano libre, empieza a apretarle el bíceps.
ALBERTO. — (Sorprendido.) ¿Qué hace, señora?
MENDIGA. — ¡Qué fuerte estás!
ALBERTO. — (Suspirando de incredulidad.) ¡Por favor!
Por fin la deja en el andén. Él retorna a su posición inicial. Ella se tumba en el suelo. Agita las bolsas para llamar la atención de Alberto y se queda inmóvil.
ALBERTO. — (Alarmado, se acerca a ella.) ¡Señora! ¿Está bien? ¡Señora!
MENDIGA. — (Sin moverse del sitio.) ¿Por qué gritas tanto, joven?
ALBERTO. — Creí que le pasaba algo…
MENDIGA. — Me he quedado un poco transpuesta.
ALBERTO. — Pues avíseme si se vuelve a dormir de modo tan fulminante porque casi me da un infarto.
MENDIGA. — (Continúa tumbada en el suelo.) Joven, ¿me vas a tener mucho tiempo más así?
ALBERTO. — ¿También quiere que la levante? ¡Esto es el colmo! ¡Vamos!
Le alarga una mano que ella atrapa sin desprenderse de las bolsas y se pone de pie.
MENDIGA. — Muchas gracias, joven. Todavía quedan caballeros que saben reconocer a una dama.
ALBERTO. — No hay de qué. Y ahora, si no le importa, márchese y déjeme solo.
Alberto, en el borde del andén, ha vuelto a su ensimismamiento inicial. La Mendiga, mientras, ha depositado sus bolsas en un banco. Como ve que no se mueve, se acerca a él, le mira e intenta descubrir hacia dónde se dirige su mirada… Tras varios intentos, desiste.
MENDIGA. — ¿Qué ha dicho hoy el hombre del tiempo?
ALBERTO. — ¡Y yo qué sé!
MENDIGA. — ¿No has visto la televisión?
ALBERTO. — (Un poco harto de su pesadez.) Sí, sí la he visto, pero no me he fijado en lo que ha dicho porque me daba igual; además, no era un hombre el que daba el tiempo, sino una mujer.
MENDIGA. — ¿Una mujer? ¡No me diga que Mariano Medina se ha muerto!
ALBERTO. — Pero, ¿usted sabe que el color ha llegado ya a la tele?
MENDIGA. — ¿Y qué ha dicho?
ALBERTO. — ¿Qué ha dicho quién?
MENDIGA. — ¡La mujer del tiempo!
ALBERTO. — (Zanjando la cuestión porque percibe que es inútil razonar con la anciana.) Que va a llover.
MENDIGA. — Pues se equivoca, hoy se equivoca porque no me duele esta pierna (Se señala la pierna izquierda).
La MENDIGA se acerca al banco, registra en una de las bolsas, pero no saca nada.
MENDIGA. — ¿Me echas una mano?
ALBERTO. — (Muy nervioso.) Sea lo que sea, no. El tren estará a punto de llegar y no puedo entretenerme.
MENDIGA. — Será sólo un momento (Le agarra del brazo.) Ven, ven conmigo.
ALBERTO. — Señora, ya le he dicho que no puedo arriesgarme a perder este tren.
MENDIGA. — ¿Tanta prisa tienes? ¡Ya vendrán más!
ALBERTO. — (Hace una pausa, como si las palabras salieran con dificultad.) No para mí.
La Mendiga se queda mirándole como si acabara de descubrirle o como si ahora hubiera desentrañado el misterio que ocultan las palabras de Alberto.
MENDIGA. — Tú viajas poco en tren, ¿verdad?
ALBERTO. — ¿Por qué lo dice?
MENDIGA. — Por nada, cosas mías. Es que nunca te había visto antes por aquí.
ALBERTO. — (Sonriendo.) ¿Conoce a todos los que viajan en tren?
MENDIGA. — A los que lo cogen en esta estación sí.
ALBERTO. — Yo suelo… Bueno, solía hacerlo en coche o en avión, pero hoy es distinto. Esta noche todo es diferente.
La Mendiga se acerca al banco donde dejó las bolsas y extrae una madeja de lana de una de ellas.
MENDIGA. — (Acercándose y poniéndosela en las manos.) Quiero que me ayudes a devanar esta madeja.
ALBERTO. — Señora, no me entretenga. Si viene el tren…
MENDIGA. — (Mientras va enredando el ovillo de lana.) Te dará tiempo, no te preocupes…(Él se fija en la madeja.) ¿Te gusta el color?
ALBERTO. — Muy bonito. ¿Se está haciendo una toquilla?
MENDIGA. — No, es un jersey, pero no es para mí…
ALBERTO. — Disculpe, pensé que usted también estaba sola.
MENDIGA. — Lo estaba, pero ya no.
ALBERTO. — Si lo dice por mí, yo voy a hacer poco humo aquí.
MENDIGA. — ¿Quieres saber para quién será el jersey que estoy tejiendo?
ALBERTO. — ¿Para quién?
MENDIGA. — Hasta hoy no estaba segura, pero ahora lo sé… ¡Voy a tener un niño!
ALBERTO. — (Devolviéndole la madeja de lana.) ¡Acabáramos! Mire, no estoy de humor. Ande, váyase y déjeme en paz.
MENDIGA. — ¿Tú tampoco me crees?
ALBERTO. — No creo en los milagros… ni en nada… ni en nadie. Esta noche está vacía.
La Mendiga le observa en silencio y, decidida, se acerca a él y le coloca los brazos en la posición adecuada para que le sujete de nuevo la madeja. Alberto, que ha vuelto a su mutismo, se deja hacer.
MENDIGA. — Si no te importa, yo me voy a sentar. Tengo que cuidarme… ahora con mayor motivo (Se sienta.) ¿Puedes acercarte un poco más? ¡No quiero que se rompa la hebra!
Alberto sigue ajeno a su entorno, así que la mujer extrae una flauta de barro de una de sus bolsas, se la lleva a la boca y emite un sonido estridente.
ALBERTO. — (Asustado.) ¡Hostias! ¿Se puede saber qué hace?
MENDIGA. — ¡Te habías quedado dormido!
ALBERTO. — ¡Señora, por favor! No estoy de humor para aguantar más sandeces.
MENDIGA. — Anda, acércate, te voy a enseñar los tesoros que tengo para mi niño…
Pausa. La Mendiga se acerca a Alberto y le retira la madeja de sus brazos.
ALBERTO. — Está bien, pero después me olvida.
MENDIGA. — ¿Olvidarte? No podría, no depende de mi voluntad.
ALBERTO. — Quiero decir que después se marcha usted y me deja solo.
MENDIGA. — (Extrañada de su petición.) Yo no te puedo quitar lo que ya viene contigo.
Alberto, conmovido por la soledad y la inocencia de la anciana, se deja arrastrar hacia el banco. Se sientan.
MENDIGA. — (Mostrándole la pequeña flauta de barro que antes hizo sonar.) ¡Mira!
ALBERTO. — ¿Qué es?
MENDIGA. — ¡Un pito! A los críos les gusta mucho el ruido.
ALBERTO. — ¿Todo lo saca de la basura?
MENDIGA. — Son tesoros que mucha gente olvida que lo son. Yo los recojo porque sé que a mi niño le encantarán.
ALBERTO. — (Extrae de la bolsa un muñeco.) ¡Un Pinocho de madera! Yo tuve uno parecido.
MENDIGA. — ¡Para ti! ¡Te lo regalo!
ALBERTO. — No, muchas gracias, pero no. Para el viaje que voy a hacer esta noche necesito ir ligero.
MENDIGA. — (Jugando con el muñeco.) Lo primero que pienso hacer cuando mi niño venga es contarle la historia de Pinocho, para que nunca mienta, para que todo lo suelte y no se le pudran dentro las cosas…
ALBERTO. — (Sacando de la bolsa un tercer objeto.) ¡Una maraca!
MENDIGA. — ¡Es un sonajero! Mi niño se dormirá cuando lo escuche.
La mujer maneja la maraca como si fuera un bebé mientras canta una nana.
MENDIGA. — ¿De dónde vienes, amor, mi niño?
La Mendiga va a continuar, pero inesperadamente Alberto interviene.
ALBERTO. — De la cresta del duro frío.
MENDIGA. — (Complacida.) ¿Qué necesitas, amor, mi niño?
La Mendiga le da un codazo para que la siga acompañando en la canción.
ALBERTO. — La tibia tela de tu vestido.
MENDIGA. — Te diré, niño mío, que sí.
Tronchada y rota soy para ti.
¡Cómo me duele esta cintura
donde tendrás primera cuna!
¿Cuándo, mi niño, vas a venir?
ALBERTO. — Cuando tu carne huela a jazmín.
En este juego de los “tesoros”, Alberto extrae un pequeño álbum de fotos, lo observa y se queda mirando fijamente a la mendiga. Ella reacciona a su mirada con un grito furibundo y poniéndose de pie.
MENDIGA. — (Gritando.) ¿Dónde tengo la araña? ¿dónde?
ALBERTO. — ¿Qué dice?
MENDIGA. — ¿No tengo una araña encima? Entonces, ¿por qué me miras así?
ALBERTO. — ¿Así cómo?
MENDIGA. — ¡Como si tuviera un bicho en la cara!
ALBERTO. — Perdóname, me preguntaba en qué momento de tu vida se desmoronó todo. En esas fotos estás tú. Te he reconocido por tus ojos, por tu mirada, inconfundibles… Pero ahí no estabas sola. ¿En qué momento se fue todo a la mierda?
MENDIGA. — (Cortándole.) ¿Qué hora tienes?
ALBERTO. — (Llevando instintivamente la mirada a la muñeca vacía.) No llevo reloj.
MENDIGA. — ¿Y para qué lo necesitas?
ALBERTO. — ¿El qué?
MENDIGA. — ¡El reloj!
ALBERTO. — ¡Pero si has sido tú la que me ha preguntado la hora!
MENDIGA. — ¿Yo? ¡Yo no tengo prisa!
ALBERTO. — (Se levanta para alejarse de allí.) ¡Es el colmo!
MENDIGA. — (Le retiene.) No te enfades. Ven, échate en mi regazo y te explico uno de los muchos cuentos que voy a contarle a mi niño.
Alberto se acerca al proscenio, mira a un lado y a otro de las vías y termina obedeciendo a la Mendiga. Se sienta en el banco, ella le arrastra a posar su cabeza sobre su regazo y, mientras le manosea el pelo, le narra una historia. Él se deja hacer complacido. Hace mucho tiempo que nadie le acariciaba con ternura.
MENDIGA. — Érase una vez, hace mucho, muchísimo tiempo, un rey que sintiéndose viejo decidió repartir su reino entre sus hijas y dar la mayor parte a la que más lo quisiera de las tres…
ALBERTO. — (Incorporándose en el banco.) ¡Conozco esa historia! La del rey generoso al que sus hijas no supieron corresponder como debían.
MENDIGA. — No seas simple… A veces, eso que tú llamas generosidad encubre sólo un acto de orgullo: el orgullo de querer que otros recuerden siempre nuestro desprendimiento.
Alberto, para borrar la tristeza repentina de la anciana, se sube al banco y comienza a declamar a gritos unos versos.
ALBERTO. — “Después que tanto tiempo alimentó
el gorrión de los campos al cuclillo,
la pollada del cuco le comió
la cabeza, picando al pajarillo.”
MENDIGA. — Así se apagó la vela, y nos hemos quedado a oscuras.
El joven baja del banco y se vuelve a sentar junto a la anciana.
ALBERTO. — (Enlazando sus manos con ternura.) Ya es tarde. ¿Por qué no te vas?
MENDIGA. — ¿Tarde? ¡Tendrás hambre, claro! Precisamente venía del súper y, mira, he traído yogures, peras, uvas… ¿Qué quieres comer?
ALBERTO. — Pues…
MENDIGA. — Tómate este yogur. Es de chocolate.
Alberto lo coge en sus manos e intenta encontrar la fecha de caducidad.
MENDIGA. — (Mostrándose maternal.) No caduca hasta mañana. En el súper siempre nos lo dan con un poco de antelación.
ALBERTO. — Una cucharilla no tendrás, ¿verdad?
MENDIGA. — Sí, en casa.
ALBERTO. — ¡Ah, creí que vivías en la calle!
MENDIGA. — No. Mi casa está allí (Señalando un lugar impreciso).
ALBERTO. — ¿El vagón que está en la vía muerta?
MENDIGA. — Aquí todas las vías están muertas… Hace años que no pasa ningún tren. Deberías haberte dado cuenta… Pero hay cegueras que nada tienen que ver con los ojos.
ALBERTO. — (Sonriendo tristemente.) ¡Tienes razón! Pero tú te has empeñado en que olvide lo que me trajo aquí.
MENDIGA. — Sea lo que sea no merece el tiempo que estás demorando en tomarte el yogur.
ALBERTO. — ¿Y la cucharilla?
MENDIGA. — ¿Para qué la necesitas? Ábrelo, aprieta y traga.
Alberto no se decide.
MENDIGA. — ¡Ay, eres como un niño chico! (Extrae una pajita de una de las bolsas y la pincha directamente en el yogur.) ¡Tómatelo entero, vamos!
Empieza a escucharse un pasodoble.
ALBERTO. — ¿Y esa música?
MENDIGA. — Del asilo que está delante de la estación. Los domingos por la noche siempre tienen baile.
ALBERTO. — Y a ti, ¿no te gustaría ir a bailar?
MENDIGA. — ¡Yo no me junto con viejos, que todo se pega!
ALBERTO. — (Se levanta, ceremonioso.) ¿Y a mí? ¿me concederías el honor de compartir conmigo este baile?
MENDIGA. — Depende… ¿cuántos años tienes?
ALBERTO. — Los que tú quieras.
MENDIGA. — En ese caso…
La mujer agarra sus bolsas.
ALBERTO. — Pero ¿vas a bailar con las bolsas?
MENDIGA. — ¡Anda, claro! ¿Qué quieres? ¿que pase un listo y se las lleve?
ALBERTO. — ¡Eres increíble!
Comienzan a bailar. La alegría del pasodoble diluye la melancolía de ambos.
ALBERTO. — ¡Me estás pisando!
MENDIGA. — ¡Claro!
La mujer ha posado sus pies sobre los zapatos de Alberto, de tal forma que éste tiene verdaderas dificultades para moverse dignamente.
ALBERTO. — Esto es literalmente dejarse llevar. Y, ¿a quién debo el honor de esta danza tan extraña?
MENDIGA. — ¿Mi nombre? ¡Lo he olvidado!
ALBERTO. — ¡Estupendo, señora! Pues yo también olvidaré el mío. Esta noche comenzará todo de nuevo ¿eh? ¿qué te parece?
MENDIGA. — ¡Que me estoy mareando! No estoy yo para estos trotes. ¡Al banco, al banco!
Se sientan de nuevo. Pausa mientras la música desaparece.
ALBERTO. — Ya no se oye la música… pero agradezco este silencio. Por un momento creí que todo era posible en esta noche extraña y ahora… tengo miedo… Tengo miedo de que me alcance la madrugada con su amargura de cristales rotos…
MENDIGA. — (Levantándose.) ¡Voy a orinar!
ALBERTO. — ¿Adónde?
MENDIGA. — ¡Allí, detrás de la tapia!
ALBERTO. — Hazlo aquí. Yo me doy la vuelta, si quieres.
MENDIGA. — (Ofendida.) ¡Qué bonito! ¡Como los perros!
ALBERTO. — ¡Pero si nadie te ve!
MENDIGA. — Hay ciertas cosas que una señora no debe dejar de hacer en la intimidad. ¡Cuídame las bolsas!
La Mendiga sale de escena. Alberto mira en la dirección por donde ella ha salido. Un escalofrío le recorre el espinazo. Se frota los brazos y, a continuación, se quita los zapatos. Los deja juntos en el suelo, al lado de las bolsas de la mujer. Se levanta y, pausadamente, camina hacia el lateral opuesto al elegido por la mujer para salir de escena.
MENDIGA. — (En off.) ¿Tú no quieres hacer pis?
La mujer entra tarareando la canción del final.
MENDIGA. — Tú no puedes volver atrás / porque la vida ya te empuja /
como un aullido interminable, interminable (Mira en derredor y detiene su canto al reparar en los zapatos de Alberto).
Continúa tarareando la melodía mientras rebusca en sus bolsas. Extrae un jersey de lana hecho a mano y lo deposita sobre los zapatos solitarios. Agarra sus bolsas y avanza hacia el proscenio, alcanza el pasillo central. Avanza ligeramente encorvada canturreando mientras se aleja del escenario.
ALBERTO. — (Entrando precipitadamente y muy agitado, la ve alejarse y grita.) ¡Eh! ¡Tengo frío!
MENDIGA. — (Recobrando su apostura anterior.) ¡Como un niño chico!
La mujer se da la vuelta y camina presurosa.
ALBERTO. — (Intentado coger sus bolsas.) Espera, que te ayudo.
MENDIGA. — ¡Quita, quita! ¿Tan inútil te parezco?
La anciana agarra de la mano a Alberto y lo conduce hasta el banco. Él obedece depositando su voluntad en manos de la Mendiga. Se sientan. Ella coge el jersey y se lo ofrece.
MENDIGA. — Toma, es para ti.
ALBERTO. — (Poniéndoselo.) ¿Lo has hecho tú?
MENDIGA. — Sí. Justo, tu talla. Y el que estoy tejiendo ahora también será para ti.
ALBERTO. — Pero… (Interrumpiendo lo que iba a decir.)
MENDIGA. — (Obligándole a recostarse sobre su regazo, le manosea el cabello.) Calla y mira cómo está el cielo esta noche. Aquí, en la estación, siempre se ven mejor las estrellas. Yo las conozco una por una y todas tienen nombre. ¿Quieres conocerlos?
ALBERTO. — Sí, dímelos.
MENDIGA. — Mira, la que más brilla, aquélla de allí, se llama Lucera; la que está a su lado y muere de envidia porque no llega a alcanzar la intensidad de su brillo se llama Rosaliana. Melinda es la que está encima de la fábrica de harina, y la que ves al lado del silo es Sardamira…
ALBERTO. — Oye…
MENDIGA. — ¿Sí?
ALBERTO. — ¡Me estás arrancando el pelo!
MENDIGA. — ¡Huy, qué melindroso el niño!
Pausa.
ALBERTO. — Oye…
MENDIGA. — ¿Qué? ¡Pesado!
ALBERTO. — Que no me despiertes si pasa el tren.
MENDIGA. — Descuida.
La Mendiga extrae de una bolsa la maraca y la toca suavemente como un sonajero mientras sigue tarareando la canción. Alberto va entornando los ojos.
MENDIGA. — (Interrumpiendo la melodía.) ¡Qué hermosura de cielo! ¿Qué estrella quieres que te regale? ¡Elige una, mi niño! (Conmovida.) ¡Mi niño!
Lentamente se va atenuando la iluminación de la escena.
Oscuro.



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