
Rafael Yuste Oliete
Las diosas de la tierra bendicen el instinto. La hormiga quizá pensase que lo que en otros era pundonor, obcecación, cumplimiento del deber…, amor… allí no existía. Que lo suyo era la vulgaridad, la logística, crudamente. Que siempre seguiría con la necesidad a cuestas. Que el trabajo dura toda una vida. Que erraba casi a ciegas por una oscura tierra acogedora. Que la verdad es la bondad de la tierra. Que el universo también está hecho de quitina. Que no sabía si era una más entre el resto o una, más entre el resto. Que esto de la mente colectiva es siempre confuso. Que la comunidad acompaña y desplaza hasta el hueco de la tierra, como el sumidero de todo nuestro esfuerzo. Que estaba agotada, que ya no podía más, que abandonaba, que se dejaba caer por esa boca del abismo. Que los sueños visitan estancias subterráneas. Que los caminos que llevan hasta ellas son siempre gloriosos.


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