
Manuel Hernández Andrés
Por fin una mañana de verano, recién acabada la escuela, pude conocer Poza Amargo. Había oído hablar del sitio toda mi vida, pues un amigo mío, Martín, en cuanto llegaba el otoño, nos daba a probar en el recreo unas nueces negras buenísimas que le traía su padre (que era gayubero y andaba siempre por el monte) precisamente de ahí, de Poza Amargo decía que eran. Lo que quizás resulte más curioso es que en mi casa también conociésemos el sitio, pues no paraba muy lejos de la paridera nuestra. Y sin embargo nombrarlo, era como nombrar la soga en casa del ahorcado; nadie se atrevía a hablar de Poza Amargo, menos en presencia del abuelo. Cuestión de herencias.
Ese día en que por fin pude conocer Poza Amargo era por la mañana pronto y aún no se había levantado la calor. Íbamos mi hermano Mateo y yo montados en Camila y nuestro abuelo Gildo, andando delante, la llevaba del ramal por si se espantaba; era un animal joven, la burra, lleno de vida. La idea, había comentado Gildo, era acercarnos al otro lado del cerro, a poco más de media hora, a coger las ovejas de la mujer a la que hacía nada se le había muerto el marido. Y no solo es que se le hubiese muerto el marido a la pobre, sino que además, como queriendo confirmarse aquello de que las desgracias nunca vienen solas, la misma tarde en que lo estaba devolviendo a la tierra (así mismo decía mi abuela cuando se enterraba a algún muerto en el pueblo: que lo devolvían a la tierra) le saltaron los lobos la tapia y le mataron casi todo el rebaño.
Rebasado el primer cerro, bajamos con cuidado de no tropezar. Íbamos pegados a unas paredes de piedras deslustradas que limitaban las cebadas de cabeza gacha (pronto habría que replegar la mies) hasta llegar a un pastizal, junto a la rambla, donde se criaban unos juncos tan altos o más que la burra. Ver los juncos y que le entrasen las ganas de comer a Mateo todo fue uno. Mi hermano siempre ha sido un saco sin fondo y enseguida empezó a murmurar que tenía muchisma hambre, que si íbamos a comer, que a ver si el abuelo llevaba una marandina u algo en el morral. Él no había querido desayunar mucho y ahora, cómo no, tenía hambre. Yo en cambio iba satisfecho, despreocupado, disfrutando del paseo, que a esa altura daba la sensación de que paseáramos por un cielo azul inmenso de nubes.
El abuelo no parecía haber oído las cavilaciones alimenticias de Mateo. Esta mañana se le notaba raro al hombre. Estaba más callado que de costumbre, más inmerso en sus cosas, por así decirlo. Que yo recordara, no había abierto la boca en todo el camino y ya hacía un buen rato que nos habíamos montado en la burra.
Chino chano seguimos la marcha ladera arriba. Dejamos atrás la rambla para volver a subir trabajosamente otro cerro. Aunque a lo lejos se perfilaba alguna nube, encima de nosotros todo era sol. Ahora se sentía más recio. Al pasar junto a unas zarzas de frutos encarnados, saltó un corzo. ¡Vaya susto nos metió! La burra se quiso encabritar, pero el abuelo, con aquellas manazas grandes y huesudas que le había dado Dios, la llevaba bien sujeta del ramal. Era hombre de fuste, Gildo. ¡Tate quieta, burra!, le dijo. La cosa no llegó a más. El zarandeo nos hizo agarrarnos más fuerte a la albarda y el corzo nos tuvo entretenidos un instante, lo poco que tardó en perderse por entre la maleza. ¡Ay que ver cómo brincaba el condenado!
Mateo contraatacó de nuevo. Quería que le pidiese yo al abuelo que nos bajara a comer moras. ¿Y por qué no te has bebido la leche que nos ha puesto esta mañana la abuela?, le dije. Y él: No me gusta esa leche, güele a cabra. No huele a cabra, le contesté. Y tampoco digas que no te gusta; te gusta todo (me sorprendí repitiendo las palabras de mi madre). Y él: Te diso que no me gusta, guele a cabra. Haberte comido el pan entonces, listo. Ahora no tendrías hambre. A Mateo no le gustó que lo contrariase; arrugó los labios y se calló.
Al poco rato, no obstante, perdidas de vista las moras, volvió a acometer. Me preguntaba si el yayo nos contaría lo que le pasó a Lázaro, ese niño que pensaba que le iban a meter a un muerto en casa. Gildo seguía callado. Se barruntaba que no era momento de pedirle historias, pero Mateo aún no entendía esas cosas. ¿Por qué no juegas a ver qué dibujan las nubes?, le sugerí. Lo que le faltaba escuchar. Oyó lo de las “nubes” y entonces quiso que por favor nos relatara el abuelo lo de la báscula de pesar nubes.
Seguro estaba al tanto de los deseos del nieto, pues mi hermano es de todo menos mudo, y sin embargo no despegó los labios. Gildo seguía con la mirada fija hacia adelante, sumido en sus pensamientos. Por norma general el hombre era de naturaleza reservada; nunca se le oía gritar ni hablar más de la cuenta. Había ocasiones, en cambio, especialmente cuando se le calentaba el morro con el morapio (el vino lo hacía relajarse, encontrar paz tras faenar en el campo), en que nos contaba aquellas historias tan graciosas, tan de nuestro gusto. Como la del chico del esquilador que nunca paraba de comer y casi reventaba o la del tío que fue a comprar lana a Zaragoza y pensaba que lo habían engañado o aquella del hombre que tenía una báscula que pesaba nubes.
Entre esto y aquello, habíamos llegado a la picota del cerro. En la parte baja se perfilaba ahora el rectángulo de una paridera modesta, como la del abuelo, también con las paredes bruñidas de cal, y un poco más adelante, a escasos veinte metros, hacia Guadalajara, el pozo. No hizo falta que explicase nada el abuelo. Enseguida supe que habíamos llegado a Poza Amargo: allí estaban, majestuosas, las nogueras de las que tantas veces había probado sus frutos. Cómo habrían llegado hasta allí tales árboles tenía difícil explicación, pues no pegaban. A escasos metros de ellas, donde ya se acababan los campos, todo era monte, un monte denso de encinas y gayubas y jaras.
Se escuchaban balar ovejas por dentro. Sin ser suya la paridera, Gildo sabía exactamente debajo de qué piedra estaba la llave que abría el candado del corral. Apareció ante nosotros un suelo de sierle apelmazada donde impresionaba la gran cantidad de vedijas de lana que había desperdigadas aquí y allá, y por entre las piedras de sal y las comederas desencajadas. Las paredes, blancas como novias, aún guardaban restos de manchurriones rojos. El sol voraz las estaba tostando ahora, lo que hacía que se acrecentase el olor fuerte y agrio, como a carne echada a perder, que despedían. Era un olor intenso. Un olor que se metía bien adentro, por las narices, y se quedaba ahí pegado, tal que un caramelo de café con leche al paladar, y no dejaba respirar bien.
El abuelo nos hizo quitarnos de en medio y se acercó a la puerta de la paridera. Al oírnos, los animales se habían alborotado, querían ver la luz. Gildo empujó la puerta con fuerza. Con el garrote les fue atizando en los morros para que se retiraran un poco y poder abrir. Una vez hubo asomado la primera oveja, se puso a contar. Diecisiete cabezas le salieron a él. Diecisiete me habían salido a mí. Se le debía haber olvidado la libreta en casa, pues agarró una piedra puntiaguda del suelo y, raspando la cal, apuntó con ella el conteo en la pared. Yo busqué con los ojos a Mateo, pero no lo vi. No estaba sentado en el bloque de junto a la puerta, donde se había quedado hacía un minuto, ni tampoco en el corral. Fui a dar la vuelta a la paridera a ver dónde se podía haber metido el pillo. En nada habríamos de irnos y no nos podíamos enredar.
Me lo encontré paralizado, rígido como una estatua, a unos pasos de un contenedor verde que desprendía aún más si cabe, el mismo olor insoportable de las paredes. Por entre la tapa entreabierta asomaban patas y pezuñas, tal era la cantidad de cadáveres. Las moscas, ni que fueran afanosas abejas y el cubo la colmena, no paraban de entrar y salir en continuo reguero. Algunos cuervos, bulliciosos como borrachos, habían descubierto también la apertura y metían ahora el pico por ella para disputarse pedazos de carroña. Aquello era un hervidero. Parecía mentira que la muerte de unos pudiese dar tanta vida a otros. Estiré de la mano a Mateo y me lo llevé lejos, todo lo lejos que pude para apartarlo de semejante espectáculo.
Las ovejas de la mujer, con hambre atrasada, se habían dispersado y empezado a ramonear las matas, a llevarse a la boca hojas y bellotas y cuanta hierba encontraban a su paso. Volvimos a montar en la burra. Se notaba que el sol pesaba más, nos hacía cabalgar más despacio. El recuerdo de las ovejas muertas en avanzado estado de descomposición me había revuelto el estómago y tornado seguro la color, me encontraba entre mareado y confuso, agradecido sobre todo de que saliéramos de allí ya. Mateo, en sus trece, aún hizo amago de insistir en algo que no venía a cuento: preguntaba que cómo era posible que la mañica le diese vueltas a la llave y siempre dejase la puerta abierta. Yo no le dí coba y Gildo, igualmente, permanecía absorto, taciturno. Rumiaba algo entre dientes, algo de un hermano, logré escuchar. Algo de que de qué le habría servido tanto trajín, tanto arañar la tierra. De que ahí se le quedaba todo. Miserias todo.
Y entonces comprendí. Comprendí el porqué de los silencios, la prohibición de nombrar Poza Amargo. Comprendí que el marido de la mujer a la que se le había muerto hacía poco, el marido había sido eso, marido, pero también hermano. Tuvo que ser el hermano, hermano que había sido de Gildo. El hermano que ya no sería más hermano. No se había podido llevar el pozo allá el hermano, donde fuera que el hermano se había ido, ni la paridera, ni las nogueras. El pozo seguía allí. Allí seguía la paridera. Allí seguirían por mucho tiempo las nogueras, dando nueces año a año como recuerdo de lo que un día fuera la barra de pan que traen debajo del brazo dos niños cualesquiera, dos hermanos cualesquiera, en su llegada al mundo. Dos hermanos cualesquiera que pronto, ya parecía haber estado escrito, dejarían de hablarse. Y todo, como tantas veces ocurre, como tantas veces, por un mísero pedazo de tierra, por una mísera sed de agua, tierra y agua que habría de dejar huérfanos de hermano a los dos hermanos.
Sin que previésemos muy bien por qué, el abuelo se paró de repente. Mateo, pensando quizás que lo iba a reconvenir, hincó de súbito los talones en los ijares de Camila y, encogiendo el cuerpo, se atenazó a la cabezada. Habíamos alcanzado el alto. Gildo se giró un instante, como queriendo, antes de continuar, echarle un último vistazo a lo que dejaba atrás. Ahí se quedaba Poza Amargo con sus nogueras huérfanas y al lado, desamparada, la blanca, la desgraciada paridera de la mujer a la que hacía nada se le había muerto el marido, ese marido que también había sido hermano. El abuelo no hablaba, simplemente observaba con ojos clavados en lo bajo, apesadumbrado. En estas agarró a la burra del ronzal como si se dispusiese a volver a andar, pero no andó; permaneció clavado, mirando otra vez al fondo, sin querer arrancar. Por fin dijo:
¡Pobres animales!, ¿no?
Hicimos el resto del camino en silencio. Mateo ya no dio más la murga, ni siquiera al pasar junto a las encarnadas moras de las zarzas. El comentario del abuelo parecía haberle comido la lengua, quitado el apetito. El sol caía a plomo, como un pesado yugo que se nos uncía al cuello. Se sentía más el paso acompasado y lento de las pezuñas de Camila hollando la tierra. Cla-cla, las pezuñas, allá abajo. Mutis, nosotros, allá arriba. Cerré los ojos. Cla-cla, cla-cla. Vi grandes lobos. Lobos que corrían hacia mí a gran velocidad. Vi ovejas asustadas, se arremolinaban, querían huir. Vi la noche, el cielo estrellado. Sentí el rocío cayéndoles a los lomos y también la calor del despertar del día sobre los cuerpos rasgados, degollados, ultrajados. Prolongado, un alarido de animal herido se escapaba de lo hondo para barrer los montes de encinas y gayubas, los campos de yermos y sembrados, disipando a su paso nuestras tiernas inocencias.
Cuando abrí los ojos todo seguía azul. Era un azul distinto, empero. Todo parecía envolverlo este azul; a personas, a plantas y a animales. Y todo lo demás era cerro. Un cerro más alto, más imponente, y también más triste, más amargo, que el anterior.



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