
Lee antes La Taberna de Aqueronte 1
Lee antes La Taberna de Aqueronte 2
Benito García
Estaba siendo una noche muy larga, extraña e intrigante.
Sin aliento, exhausto por las emociones de aquella inabarcable madrugada, me desparramé flácidamente en el sillón de cuero. Por la ventana empezaba a clarear un rayo de luz que anunciaba la llegada del amanecer, y consecuentemente el ruido infernal de una calle que pronto estaría atestada de vehículos, niños escandalosos y adultos más molestos todavía. Hice girar el sillón para encarar el horizonte que apenas conseguía destacarse detrás de los edificios, donde yo sabía que se encontraba, a muchos kilómetros y años de distancia, hacia el sol naciente, el lugar donde había tomado aquella fotografía, y traté de recordar.
Nos habíamos escapado hasta una pequeña aldea abandonada muy lejos de aquí. Un villorrio de apenas un par de docenas de viejas casas de adobe y piedra, escondidas a los pies de unos montes de tierra roja junto a las vías de un ferrocarril abandonado cuyo silencio inundaba el páramo. Desde ahí proseguimos nuestro camino hasta un viejo monasterio enclavado no muy lejos, rodeado de agua y un boscoso jardín. Incomodados por la cada vez mayor afluencia de visitantes, decidimos comer juntos lejos de miradas ajenas y elegimos un bar de carretera que sobrevivía a duras penas a escasos kilómetros de aquel resto de presencia humana. La sobremesa se prolongó mucho más de lo que el dueño del local habría considerado conveniente, a juzgar por la cara de pocos amigos que nos dedicaba de vez en cuando, como si nuestra presencia allí, en las mesas de su local, le estuviese coartando de dedicarse a más altas empresas.
Recuerdo todavía su rostro risueño y su mirada sincera, con cierta melancolía escondida tras unas notas de amor, el calor de la complicidad y el paso del tiempo, fugaz, de largas horas que a nosotros se nos había antojado un instante.
Llegó el momento de partir, y antes de subir al coche la besé. En este instante creí notar cierta tensión en su cuerpo al abrazarla, pero lo pasé por alto. El viaje de vuelta fue como siempre, agradable. Me relajaba mucho escuchar su voz profunda y armoniosa, que lograba acompasar mi corazón al ritmo de sus palabras, sosegadas y rotundas.
El sol se ponía cuando llegó el momento de separarse. De pie en la calle, un último beso y palabras sinceras de afecto que se resistían a dar rienda suelta a todo lo que sentíamos. Ahora apenas las recuerdo, pero no fueron ni por asomo las que me moría por decirle. Esperé a que desapareciese en su portal y me encaminé hacia el vehículo caminando despacio, con las manos en los bolsillos, jugando con la llave del automóvil, reacio a abandonar aquel sitio. Abrí la puerta y me acomodé en el asiento. Cuando estaba a punto de arrancar, me fijé en una hoja de papel doblada que reposaba en el lugar que hasta hacía unos minutos había ocupado ella. Para mi sorpresa, era una carta: su última carta. Me quedé paralizado al leerla, y entonces comprendí aquella extraña sensación que tuve cuando la abracé antes de subir al coche aquella tarde. Decía que no se encontraba cómoda. Agradecía mis atenciones y el cariño que le había demostrado, pero no se sentía con fuerzas para seguir viéndonos. Reconocí, o quise imaginar que así era, la huella que dejan las lágrimas cuando mojan el papel. Y años después, recuerdo con extraordinaria precisión todas y cada una de las ciento sesenta palabras de aquella despedida.
Decidí que no quería volver a casa. Conduje hasta alejarme lo suficiente de la ciudad y encontrar una carretera secundaria, que ascendía hasta lo alto de un otero. Detuve el vehículo al borde de una explanada, bajé la ventanilla para que el aire fresco me ayudara a pensar, y volví a echar mano a su carta. A la luz del vehículo releí una y otra vez aquellas líneas, deteniéndome en cada coma, en cada trazo. Me dolían ya los ojos, cuando decidí apagar la luz, y guardar el trozo de papel en mi cartera.
Salí del coche y me encaramé al capó, para tumbarme sobre el techo del vehículo y contemplar el firmamento. La luna nueva y la ausencia de civilización permitían disfrutar de una maravillosa vista de las estrellas. Fijé la vista en la Osa Mayor y tras unos minutos, la sensación de que la bóveda del cielo giraba a mi alrededor y que lo único que permanecía inmutable, siempre firme, era la estrella que sostenía el carro, se adueñó de mi consciencia.
Al amanecer, mis vértebras se quejaron de las horas transcurridas sobre el capó del vehículo y el frío de la noche al raso del páramo. Conduje hasta la capital sin detenerme hasta que las naves industriales, las gasolineras y el intenso tráfico me devolvieron a una realidad de asfalto y hormigón, de calor y humo de escapes. Demasiados años ya, sobreviviendo en aquella jungla plagada de coches, ruido, gente que se desplazaba como autómatas en los vagones del metro y que no veía la luz del sol.
Aquella mañana había vuelto de nuevo a esa triste sensación. El barullo que se adueñaba de la calle se clavaba como agujas de cristal en mis recuerdos, así que decidí huir de mi pasado. Me guardé la fotografía en la cartera, la moneda en el bolsillo y abandoné aquel cuchitril en busca de un café que me ayudara a superar la vigilia.
En la calle, el tráfico ya se adueñaba de nuevo del asfalto, y el frío hacía batirse en retirada a los transeúntes, parapetados tras bufandas y guantes. Con las manos en los bolsillos de mi abrigo me lancé a caminar, buscando una calle menos frecuentada hasta encontrar un bar poco concurrido, y entré para sentarme delante de una buena tostada de pan acompañada de un café con leche que me calentase el cuerpo. Una camarera de mediana edad, con el pelo rubio recogido en una coleta y piel clara como el manchado que se estaba tomando mi compañero de barra, conversaba en su lengua nativa con una pareja de jóvenes que reponían fuerzas antes de volver al taller de motocicletas que abría dos portales más abajo.
Aburrido por los consejos para la tercera edad que se repetían sin descanso en la televisión, leía la prensa buscando alguna buena noticia entre sus páginas, mientras inconscientemente palpaba de vez en cuando la moneda que llevaba en el bolsillo del pantalón.
-“No deberías acordarte de ella” – dijo de repente una voz a mi izquierda – “Se supone que deberías haberla olvidado.”
Giré la cabeza perplejo, intrigado y molesto ante el comentario del desconocido que parecía saber tan bien como yo lo que rondaba en mi cabeza, para contestar a su impertinencia, y enmudecí al reconocer a la pequeña comadreja a la que había vapuleado hacía unas horas.
Una sonrisa lobuna se dibujó bajo su horroroso y difuso bigote, demostrándome que estaba disfrutando al devolverme aquellos golpes de una forma mucho más sutil y retorcida. Sus ojos me miraban desde una posición ligeramente inferior a mi mentón, pero en sus pupilas había algo que me hacía sentir miedo. La sensación de peligro activaba mis músculos, pero había algo en la forma en que me miraba que me mantenía invisiblemente sujeto, incapaz de abrir la boca o cerrar de nuevo mi puño contra sus dientes.
– Tranquilízate –me dijo – Estoy intrigado. Algo no está saliendo bien – prosiguió – Como he dicho, no deberías seguir acordándote de ella. Se supone que deberías haberlo olvidado todo, pero sin embargo ahí estás, embobado delante de ese periódico y ese café, recordándola. Está claro que algo está fallando. – Y tras mirarme detenidamente de arriba a abajo, añadió – quizás tenga que ver con algo que llevas encima y que no te pertenece. Lo más sensato sería que me lo devolvieras.
Instintivamente, mi manó se cerró con más fuerza en torno a la moneda, mientras la fina línea de los labios de aquel sujeto gradualmente abandonaba la curva, dejando de simular una falsa simpatía, mostrando toda la dureza y rudeza de una amenaza silenciosa.
Seguía incomprensiblemente anulado por la presencia de aquel hombrecillo, esperando que en cualquier momento mi mano desobedecería a mi mente y extraería del bolsillo la moneda para devolvérsela. Pero en ese momento, su atención se distrajo hacia el policía municipal que entraba en el local, buscando al conductor de una furgoneta de reparto que permanecía en doble fila mientras el susodicho desayunaba pacientemente. Aproveché la algarabía de la discusión que se desató entre ambos para meter a mi acreedor en medio de un empujón, y salir corriendo por la puerta todo lo rápido que mis piernas daban de sí.
Varias manzanas y un par de atropellos fallidos después, me detuve jadeando y miré a mi alrededor con detenimiento, para asegurarme de que no me habían seguido. Mi cabeza daba vueltas, confuso y desorientado por los acontecimientos que parecían no tener sentido, pero habían rescatado ciertos recuerdos del pozo más hondo de mi memoria. Tenía que desenredar aquella maraña de sucesos y darle un sentido lógico a lo que estaba ocurriendo. No tenía muy claro por dónde empezar, hasta que reconocí el lugar al que mi desbaratada huida me había conducido.



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