
David Botella
Vivían con los enanos y nos los comimos. Solo reservaron los menos para engordar los cuentos.
A los niños les gusta todo lo que se mueve y es pequeño. Como las lagartijas. Como el escarabajo, que duda al andar.
Ellas tomaron nota del genocidio y, quietas, siguieron haciendo bosque. Desde el suelo, calladas, entre patitas y dedos torcidos, musgueando susurros, fueron creciendo con lo que nadie quiso: esqueletos de abedules, pieles de pinos… A bocados de metal, hicieron hambre de lo pesado, triturando cadmio, vanadio y todo lo que era muerte para las savias. Engordaron sus láminas de veneno y, cuando el flamenco llegó a la hojarasca, caló y vistieron lunares, hasta hoy, para recordarnos que ellas no están para cuentos.


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