
Susana Coyette Urrutxua
No hablo de lo físico. Hablo de eso que pasa antes. Del momento exacto en que alguien te mira… y ya no puedes volver a ser la misma persona. Ni tampoco quieres.
Fue una tarde cualquiera, al menos en apariencia. Las calles estaban cubiertas por el gris de una lluvia que apenas se atrevía a caer, y Lucía caminaba con la prisa de quien busca no llegar tarde a nada, pero tampoco llegar demasiado temprano a lo que no se desea enfrentar. Acababa de salir del trabajo, con la cabeza llena de números y de tareas pendientes, cuando lo vio. O, mejor dicho, cuando él la vio.
No era la primera vez que sus caminos se cruzaban. Habían coincidido en esa cafetería, la de la esquina; en la sala de espera del dentista; incluso en el vagón del metro, donde la multitud los obligaba a estar cerca sin conocerse. Ni reconocerse. Pero, ese día, algo cambió. Él la miró. No como quien observa, sino como quien reconoce. Y en esa mirada hubo un silencio que descubrió corrientes secretas que Lucía no sabía que llevaba dentro.
Sintió que el aire se volvió más denso, como si la ciudad entera se hubiera detenido a observarlos. No supo si era miedo, curiosidad o una mezcolanza inquietante de todas las emociones que nunca se permitió sentir. Pero lo cierto es que algo en ella se quebró suavemente. Muy suavemente. No un dolor, no, sino una grieta que dejaba entrar luz por primera vez en mucho tiempo.
La mirada duró apenas unos segundos. Él bajó la vista, como si entendiera que ya había dicho todo lo necesario. Lucía siguió caminando, aunque sus pasos ya no respondían a sus rutinas. Por dentro, se sentía distinta. No porque estuviera enamorada —aún no sabía si lo estaba—, sino porque había sido vista. De verdad. Como si alguien hubiera leído una página secreta de su historia sin necesidad de palabras.
Durante los días siguientes, volvió a la misma cafetería, esperándolo sin saber si aparecería. Cuando lo hizo, no hubo saludo ni conversación, solo esa misma mirada, llena de preguntas que no pedían respuestas. Y en ella, Lucía encontró una invitación. A mirar el mundo con nuevos ojos, a abrir las puertas que había cerrado hace años, y a preguntarse quién quería ser después de haber sido vista así.
A veces, la vida no cambia con un suceso grandioso. A veces, basta con una mirada que te recuerda que existes más allá de lo que creías. Y desde entonces, Lucía ya no fue la misma.
De hecho, aquella noche, mientras intentaba conciliar el sueño, sintió algo extraño en el pecho. Y no solo porque se sintiera rara desde por la mañana. No era ansiedad, ni emoción, ni mariposas. Era… un cosquilleo. Como si algo se hubiera despertado dentro de ella.
Se incorporó en la cama.
Encendió la luz.
Y entonces lo vio.
Un pequeño resplandor, justo en el centro de su esternón.
Una lucecita.
Una diminuta bombilla parpadeante.
Lucía abrió los ojos como platos.
—No puede ser —susurró.
Pero sí.
Allí estaba.
Encendida.
Como si alguien hubiera apretado un interruptor que llevaba años oxidado.
Y antes de que pudiera reaccionar, la bombillita emitió un clic suave… y proyectó en la pared la silueta del hombre de la mirada. Como si su pecho se hubiera convertido en un viejo proyector de cine.
Lucía se quedó inmóvil, sin saber si gritar, reír o llamar a un electricista.
La silueta del hombre se movió, se giró hacia ella y, con total naturalidad, levantó la mano en un saludo diminuto.
Lucía parpadeó.
La silueta también.
Lucía tragó saliva.
La silueta se encogió de hombros, como diciendo: “Pues aquí estamos”.
Y entonces, sin previo aviso, la bombillita se apagó.
La pared quedó en silencio.
La habitación también.
Lucía se llevó la mano al pecho.
No había luz.
No había calor.
Solo un leve hormigueo, como si algo dentro de ella se estuviera riendo bajito.
—Genial —murmuró—. Ahora soy una linterna emocional.
Y por primera vez en mucho tiempo, se echó a reír.
Una risa limpia, inesperada, casi ilógica.
Una risa que, sin saber cómo, se quedó congelada, al igual que su corazón. Pero, durante esos segundos que continuó con vida, fue la vida más intensa que tuvo nunca.


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