
Carlos Diest Sánchez
El viento sopla desde el valle. Trae olor a agua y a barro removido por pezuñas. Kwar lo aspira despacio. Es húmedo y frío. Acaba de amanecer. Eso todavía puede hacerlo bien, oler antes de ver u oír.
Para los demás ya no es Kwar. Para ellos es simplemente ghar, «el viejo». Lo dicen sin maldad. Ha vivido más que el resto. Ha visto morir más que el resto. Su hijo sí lo llama por su verdadero nombre, con esa mezcla de respeto y afecto que sostiene a los hombres cuando las rodillas empiezan a fallar.
Kwar se detiene bajo unos abedules. Más allá, en un claro, apartado de la manada, pasta un ciervo joven. El pulso le retumba en los oídos.
—El viento es tu primer enemigo —murmura.
La voz de su padre regresa nítida. Aquella mañana lejana. Él, un muchacho todavía, caminando dos pasos detrás del hombre más fuerte que había conocido. El dedo en la boca, luego al aire.
—Recuerda. Si el viento lleva tu olor, el ciervo se irá antes de que puedas verlo.
Entonces creía que cazar era tensar el arco y acertar. Su padre le enseñó que cazar era esperar.
—Rodea si hace falta. Tarda el doble si es necesario. Pero encuentra el sitio. Solo así abatirás tu presa.
Estudia el terreno. Entre él y el ciervo hay árboles propicios y una hondonada de suelo oscuro. Avanza despacio. Una rama cruje bajo su peso. El sonido es mínimo, pero en su cabeza retumba como el roble cuando se parte. El ciervo levanta la cabeza. Kwar se queda totalmente quieto. El corazón golpea. Un temblor vuelve a recorrer su muslo izquierdo. Teme que la pierna no responda, que no pueda moverse con la soltura necesaria.
—Si el ciervo levanta la cabeza, tú te conviertes en piedra.
Piedra. Sin parpadeo. Sin temblor. El animal olfatea el aire. Las orejas giran inquietas. Luego sigue pastando. Kwar vuelve a respirar. Lentamente.
Era muy joven cuando cruzó las montañas hacia este valle. No lo hizo solo. Ocho hombres, nueve mujeres, ningún niño. La tribu se había vuelto demasiado grande, la caza escaseaba y los ancianos hablaron de dividirse.
—Algunos deben buscar otro lugar. No hay otra solución.
Recuerda el orgullo y el miedo al dejar atrás el poblado, los rostros conocidos, la tumba de su madre. Recuerda también la emoción de caminar hacia lo desconocido.
El valle los recibió con ríos amplios y bosques generosos. Aprendieron el territorio. Nombraron cada recodo. Allí se hizo hombre. Allí nacieron sus cuatro hijos. Solo uno sobrevivió. Sunu, el último; el único que llegó a tensar un arco. Los otros tres murieron niños. Prefiere no recordarlos ahora. No puede dejar que nada lo distraiga.
Kwar vuelve al presente. El ciervo se ha desplazado hacia la derecha, más cerca de la hondonada. Si baja por allí podrá acercarse sin ser visto. Pero el barro es traicionero. Si cae…
Aprieta los dientes. No quiere depender de la carne de otros. No quiere esperar mientras los jóvenes reparten orgullosos las porciones. Desciende. El barro cede, pero se sostiene. Avanza encorvado, pegado a las sombras.
—No te dejes ver contra el cielo. El ciervo reconoce las formas que no pertenecen al bosque.
Llega al otro lado. El animal sigue paciendo. Percibe la tensión bajo su piel, el costado moviéndose al respirar.
Siente el peso de los años en cada músculo. Antes habría avanzado diez pasos más. Antes sus manos no temblarían sosteniendo el arco en alto. Ahora cada paso extra es un riesgo. Se coloca tras un roble joven, lo bastante ancho para ocultarlo. Ajusta la palma al arco.
—El disparo empieza en los pies.
Adelanta el pie izquierdo. Afirma el derecho. Coloca la flecha. Tensa la cuerda.
—Usa todo tu cuerpo.
Cierra los ojos un instante, no para apuntar, sino para recordar la sensación correcta.
—Dispara desde la espalda.
Abre los ojos. El ciervo está de lado. Bien. Nunca de frente. Nunca cuando te mira. El animal da un paso. Otro. Si avanza más, lo taparán los matorrales. Kwar apunta justo detrás de la pata delantera. Suelta el aire a la vez que los dedos. La cuerda vibra. La flecha silba. El impacto suena hueco. Demasiado atrás. Kwar no maldice. Siente cómo el fallo le cruza el pecho. Acalla la rabia. Ojalá baste.
El ciervo salta y corre. La manada estalla en estampida. Kwar no se mueve.
—No lo sigas de inmediato. Un animal herido corre más si lo persigues. Déjalo que lleve la muerte consigo.
Se apoya en el tronco. Respira. Espera. Recobra fuerzas. Cuando el bosque vuelve al silencio, se pone en marcha. Sangre sobre las hojas. Roja. Brillante. Buen rastro. No tarda en encontrar al animal tendido entre los helechos.
Se detiene frente a él. Recupera la flecha. Con el cuchillo abre el esternón y ofrece el cartílago a los dioses.
—Gracias.
Luego trabaja. Desuella. Desangra. Eviscera. Trocea.
El sol está alto cuando termina. Ata los cortes con tiras de cuero. El peso es grande, pero manejable si lo distribuye bien. Se incorpora con un gruñido.
El regreso es duro. La pierna izquierda protesta. Cada pausa es breve. No quiere que lo encuentren sentado junto a la presa, incapaz de seguir. Cuando ve el humo del campamento entre los árboles, se permite una sonrisa.
Dos niños lo descubren primero. Corren señalando la carne. Luego salen los adultos. Entre ellos, Sunu. El rostro del hijo se ilumina al verlo llegar bajo la carga. No dice nada. Solo toma gran parte del peso y camina junto a él, como debe hacerlo un hijo.
Entran en el círculo de refugios. La fatiga cae sobre el viejo como un alud. Sabe que cada cacería será más difícil. Sabe que llegará el día en que sus manos no tensen el arco, en que sus piernas no le valgan.
Deja la carga en el suelo, a la vista de todos. Se oyen gritos de alegría, una euforia salvaje. Por un momento olvida el cansancio, el dolor, el miedo a dejar de ser quien es.
Mañana, quizás el viento cambie y ya no sepa interpretarlo, pero ahora también él aúlla y baila. Como todos. Como antes casi.
Traducido del aragonés por el autor.


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