
Miguel de los Santos
Persona non grata – Jorge Edwards (Tusquets 1991)
Cierto día del verano austral, febrero de 1973, tuve la oportunidad de entrevistar a Salvador Allende en la residencia de verano de los presidentes de Chile, Palacio Presidencial de Cerro Castillo, ubicado en la ciudad de Viña del Mar. Fue durante una audiencia que se nos concedió a un grupo de periodistas extranjeros desplazados hasta el país transandino para cubrir el famoso festival de la canción sobre cuyo escenario de la Quinta Vergara se habían consagrado internacionalmente tantos y tantos intérpretes españoles como Julio Iglesias, Joan Manuel Serrat, Nino Bravo, el Dúo Dinámico, Paloma San Basilio, Raphael y Mari Trini. Ninguno de nosotros podíamos imaginar entonces que aquel hombre sereno y educado con aspecto de profesor universitario que era Presidente de la República sería vilmente asesinado exactamente siete meses después en el Palacio de la Moneda durante el golpe de Estado llevado a cabo por los militares del general Augusto Pinochet. Guardo en mi memoria especialmente aquel encuentro debido a los desdichados acontecimientos que se sucedieron después. Pero también porque fue el día que conocí a Jorge Edwards, el escritor y diplomático que nos fue presentado como integrante de la delegación que acompañaba al Presidente Allende.
Chile ha sido y es tierra de buenos escritores y de grandes poetas. Pues si es bien cierto que nombres como José Donoso, Isabel Allende o Roberto Bolaño han dado lustre y poderío internacional a la narrativa chilena durante varias décadas, no lo es menos que el mayor reconocimiento a la obra literaria llegada desde el país transandino ha sido a través de la poesía con sendos premios Nobel concedidos a Gabriela Mistral en 1945 y Pablo Neruda en 1971. Una vocación poética que aún hoy empapa y trasciende en su literatura a sus más jóvenes autores tal y como consta en la novela de Alejandro Zambra Poeta Chileno en cuya lectura me encuentro inmerso en estos momentos. Curioso relato de un joven bohemio cuya vocación es la poesía, pero su vida se sustenta dando clases de literatura mientras la vida fluye a su alrededor sin que su vocación se compadezca con la subsistencia. Lectura qué, indefectiblemente, me ha llevado una vez más a la memoria de aquel encuentro lejano del 73 con Jorge Edwards en la residencia veraniega del presidente Allende. Y, por extensión, al hallazgo posterior de la que para mí es su novela más emblemática tanto por cuanto en ella denuncia con veracidad y desgarro el gran desengaño de sus ideales políticos como por el magistral juego narrativo que desarrolla para relatarnos la realidad de un hecho cierto del que él mismo fue protagonista envuelto en la belleza literaria de una obra de ficción. Persona non grata es sin duda uno de los libros de mi vida.
Hasta que abandonara la política definitivamente a finales de 1973 tras la muerte de su amigo Salvador Allende, la carrera literaria de Jorge Edwards ha transcurrido paralelamente con la diplomática. En 1952 publica su primera obra, un libro de cuentos titulado El patio. Poco después y siendo todavía un veinteañero, recibe su primer destino diplomático como Secretario de la Embajada de Chile en París. Es en esta época cuando verán la luz sus primeras novelas: Gente de la ciudad en 1961 y El peso de la noche en el 65 con la que alcanza al fin un verdadero reconocimiento internacional. Ya en 1970 es trasladado como encargado de negocios a la Embajada de Chile en Lima donde apenas va a permanecer unos meses pues cuando el cuatro de septiembre de ese mismo año Allende asume la presidencia de su país tras ganar las elecciones al candidato de la derecha Jorge Alessandri y al democratacristiano Radomiro Tomic, el escritor recibe una llamada del nuevo Gobierno. Salvador Allende tiene una misión muy importante que encomendarle: restablecer las relaciones diplomáticas entre Chile y Cuba, tensas tras el triunfo de la Revolución Castrista por la presión de Estados Unidos y la OEA y rotas definitivamente desde 1974.
Jorge Edwards partió hacia Cuba con el encargo explícito de instalar la primera embajada chilena en La Habana con toda la ilusión y el empeño que aquello representaba para un socialista de cuna y formación como él. Y sin embargo el viaje resultó tan breve como decepcionante. Su estancia en la capital cubana apenas duró tres meses. Por más que el Gobierno de Chile hubiera informado debidamente al cubano de la llegada del diplomático en misión oficial de acercamiento y diálogo, nadie se dio por enterado. Instalado en el hotel Habana Libre (el Habana Hilton de otros tiempos), Jorge Edwards vio el correr de los días sin recibir respuesta a su demanda de audiencia oficial con Fidel Castro. Incluso con algún representante de la diplomacia cubana, que llegó a solicitar pasadas las primeras semanas. Por momentos dudó de que sus propias gestiones eran las adecuadas. De que sus mensajes no hubieran llegado donde debían. Hasta que un día y por azar descubrió los micrófonos ocultos por todos los rincones de su habitación en el hotel. Moría una fe, una ideología, una ilusión del hombre para dar vida a una brillante idea del escritor. Gritó al mundo la realidad de una revolución fallida. Y cuando fue declarado por el Gobierno Revolucionario de Castro PERSONA NON GRATA, Cuba le puso título a su mejor novela. Tras su publicación durante largos años de exilio en Francia, el escritor fue vilipendiado, criticado y humillado por amplios sectores de la extrema izquierda internacional. Pero yo les recomiendo hoy su lectura porque no se trata únicamente de un relato hermoso y tenso en su confección anovelada, sino de la historia real de la decepción de un hombre digno y firme en sus creencias que, en tan solo tres meses, sufrió y experimentó el asombro y la tristeza por una realidad que convirtió en escombros la firme morada donde habitaban sus más nobles creencias. Persona non grata es la denuncia anticipada de una revolución fallida, que aún hoy sigue vigente, contada en primera persona entre la emoción y el desencanto por Jorge Edwards.


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