
José Ramón Guillem García – www.joseguillem.com
Me desperté con la nítida sensación de que mi presencia en el mundo era una especie de error de diseño que el universo, por pura desidia, se negaba a corregir. Mi habitación, ese rectángulo de paredes color hueso que parecen cerrarse sobre mí cada vez que parpadeo, duermo muy mal, se sentía especialmente densa esta mañana. Como si el aire hubiera decidido volverse sólido para ponérmelo un poco más difícil. No es que hubiera una ley que me impidiera levantarme, es simplemente que el ambiente dictaba un protocolo de inmovilidad que resultaba casi sagrado. En esta realidad, uno no se mueve por voluntad, sino por la inercia de una maquinaria social que nos arrastra hacia el café de las ocho y las conversaciones sobre el tiempo.
Al salir a la calle, la coreografía de los transeúntes me pareció, como siempre, una pieza de relojería macabra. Nadie se toca, pero todos se empujan con la mirada. Existe un código invisible, una frecuencia modulada que todos parecen captar menos yo, que me obliga a caminar por el margen derecho de la acera para no interrumpir el flujo de las vidas importantes. Me fijé en un moderno que esperaba el semáforo; llevaba unas zapatillas deportivas de cada color y, sin embargo, lo hacía con una dignidad tan absoluta que el resto de nosotros, con nuestros calzados perfectamente emparejados, parecíamos los verdaderos dementes. Ese es el truco del sistema: si haces la mayor «estupidez» con suficiente convicción, el mundo termina por aceptarla como una nueva norma estética.
Me detuve frente al escaparate de una tienda de electrónica, en la calle Tenerías. Las pantallas proyectaban, en un silencio sepulcral, imágenes de un zoológico en Japón.
Y allí estaba él: Punch.
Punch es un pequeño macaco japonés cuya vida es una metáfora tan perfecta de nuestra propia alienación que duele mirarla directamente. Al nacer, su madre lo rechazó. No hubo grandes tragedias ni gestos teatrales; simplemente ocurrió ese vacío absoluto, ese «no perteneces aquí» biológico que lo dejó flotando en un limbo de cemento y miradas indiferentes. Sin embargo, en medio de esa orfandad gélida, ocurrió algo que raya con lo milagroso dentro de este sistema tan cuadriculado. Sus cuidadores, con una ternura que parece un acto de rebeldía contra la lógica del zoo, le regalaron un muñeco de peluche. Un orangután de color naranja vibrante, con los brazos largos y una sonrisa cosida que no sabe de jerarquías ni de desdenes.
La imagen de Punch, arrastrando su peluche mientras un macaco adulto lo golpea o lo desplaza por puro placer jerárquico, es el espejo donde se refleja nuestra propia miseria. El bullying no es un invento humano, es el mecanismo primario de la manada para extirpar la disonancia. En el colegio, en la cena de Navidad o en ese bar donde todos parecen saber de qué ríen, siempre hay un Punch. Alguien que no ha recibido el «sello de aprobación» del grupo y que, en su desesperación por sobrevivir, se aferra a algo que los demás consideran ridículo: un libro, un silencio, una obsesión extraña, o un muñeco de trapo.
Lo que resulta verdaderamente inquietante es la naturalidad con la que el entorno asimila la agresión. Los cuidadores del zoo dicen que es «comportamiento natural», una forma de aprendizaje. Es la misma frase que escuchamos cuando alguien es humillado en una reunión social: «no seas tan sensible», «es solo una broma», «así es como funciona el mundo». Nos han convencido de que la asfixia es un entrenamiento necesario para los pulmones, que el desprecio ajeno es el cincel que debe dar forma a nuestra personalidad. Pero Punch no quiere ser esculpido; solo quiere que le dejen abrazar su peluche en paz.
Nosotros también tenemos nuestros orangutanes de felpa. Son esas pequeñas parcelas de identidad que intentamos proteger de la voracidad de los demás. Sin embargo, el sistema exige que soltemos el muñeco. La manada odia lo que no puede comprender, y nada hay más incomprensible que alguien que encuentra consuelo en algo que no tiene valor de mercado o prestigio social. Si no compartes el odio común, si no participas en el ritual de exclusión del «diferente», te arriesgas a que la manada te identifique como el próximo objetivo. Es una cadena de montaje de infelicidad donde cada uno golpea al de abajo para sentir que todavía está de pie.
Observé a Punch en la pantalla. Un macaco más grande le arrebató el muñeco por un instante, solo para tirarlo al fango. La mirada del pequeño no era de odio, era de una tristeza tan profunda y antigua como las estrellas. Es la tristeza de quien ha entendido que el mundo no es un lugar diseñado para la ternura, sino para la resistencia. Y ahí, en ese gesto de volver a recoger su juguete sucio y apretarlo contra el pecho, reside la única épica que nos queda.
La alienación no es estar solo; es estar rodeado de gente y sentir que tienes que pedir perdón por el aire que ocupas. Es ver cómo el resto de la sociedad se organiza en una arquitectura de gestos vacíos mientras tú solo buscas un rincón donde tus costuras no molesten a nadie. Nos dicen que somos seres evolucionados, pero en cuanto el barniz de la cultura se agrieta un poco, lo único que queda es el mono agresivo que no tolera que alguien sea feliz con un trozo de algodón naranja.
Regresé a mi casa sintiendo que el pasillo de mi casa se había vuelto un poco más estrecho, o quizás mis hombros se habían vuelto un poco más anchos de tanto cargar con el peso de lo que no puedo entender. Me senté en la oscuridad del salón, escuchando el zumbido de la nevera, que es el único lenguaje honesto que queda en esta ciudad. Pensé en Punch y en todos los que, en este preciso momento, están siendo arrastrados por el suelo de cemento de alguna jerarquía absurda, solo por el pecado de no querer soltar su propia esencia.
Al final, la tragedia no es que nos rechacen. La verdadera tragedia sería llegar a ser aceptados por una manada que solo sabe amar a través de la uniformidad. Quizás el secreto de la existencia no sea encajar en el engranaje, sino ser la mota de polvo que, por un instante, hace que toda la máquina chirríe.
Mañana volveré a salir a la calle, marcaré el paso y fingiré que entiendo las reglas del juego, pero en el bolsillo llevaré apretado mi propio peluche invisible, esperando que el mundo no se dé cuenta de que todavía sigo intentando salvarme.
A veces, la única forma de mantener la cordura es abrazar con fuerza lo que el resto del mundo considera un trapo viejo.
Este video muestra la conmovedora historia de Punch y su peluche, ilustrando visualmente el vínculo del que hablo y la cruda realidad de su integración en el zoo.



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