
R. Kipling
Una cálida tarde de Septiembre de 1969, Alexandra comprendió que la muerte no iba a esperar más. En demasiadas ocasiones la había sorteado, pero esta vez, a sus casi 101 años, sentía que la aventura de su vida terminaba. Un sentimiento de satisfacción iluminó su rostro, recordaba cada uno de los instantes de su trepidante vida, y no se arrepentía de nada. Un personaje bajito y rechoncho se acercó lentamente a la cama donde descansaba. Alexandra no solo lo conocía, sino que lo había creado durante el tiempo que permaneció en el Tíbet, y ahora venía a despedirse.
Louise Eugénie Alexandrine Marie David nació en Francia en la población de Saint Mandé, una fría mañana de octubre de 1868. La riqueza y buena situación de su familia, poco hacían presagiar que se convertiría en una mujer intrépida, aventurera, y reacia a los ambientes familiares. Desde muy niña, su madre había diseñado para ella un futuro de confort, matrimonio y niños por todos lados, mientras que su padre, un masón que dirigía una publicación republicana, le proporcionó una formación revolucionaria. Con tan solo cuatro años, la llevó a presenciar los fusilamientos de los últimos reos de la Comuna de París.
Como era de suponer, el carácter de Alexandra se decantó por el lado de su padre, el más atractivo y aventurero. Con tan solo 15 años intentó viajar sola al Reino Unido, pero su madre frustró tal intento, al no ser propio de una joven de buena familia. Pero el espíritu indomable de la joven hizo que, al cumplir los veinte años, comenzara sus viajes por Túnez, la India y recorrer media España en bicicleta. En 1898 publicó un ensayo sobre el anarquismo, fruto de las ideas anarquistas transmitidas desde la infancia por su padre. Fue uno de los más de 30 libros que publicó a lo largo de su vida, pero era consciente de que nunca sería respetada como escritora si seguía permaneciendo soltera.
En una mañana del abrasador agosto tunecino de 1904, Alexandra se casó con el jefe de ferrocarriles Philippe Néel. Aunque no confiaba en el matrimonio, siempre mantuvo que Philippe había sido su único amor. Unos meses después de casarse se dio cuenta de algo que sabía desde muy joven: la vida conyugal no estaba hecha para ella. El divorcio llegó en 1911 y comenzó un periplo de viajes durante quince años, atravesando la India, Egipto, Ceilán, Nepal y Tíbet. Sin duda alguna, éste último destino, fue el que más la impresionó.
Alexandra llegó a Nepal en 1912 y desde allí continuó viaje hasta el Tíbet, donde contrató los servicios de un joven tibetano llamado Aphur Yongden. El objetivo era llegar a Lhasa, la ciudad de los Dalai Lama. Durante meses, las frías y cortantes cumbres nepalíes fueron sus compañeras de viaje y la relación entre Alexandra y Aphur fue estrechándose día tras día. Una vez llegados a las proximidades de Lhasa, tuvieron que disfrazarse de mendigos en busca de hierbas medicinales. Pintaron sus rostros con ceniza de cacao y Alexandra, haciéndose pasar por viuda tibetana, usó pelo de yak teñido con tinta china negra, tratando a Aphur como hijo suyo. Una tormenta de arena les ayudó a pasar inadvertidos cuando se encontraban a las puertas de Lhasa. Estaban exhaustos y demacrados, pero finalmente había conseguido entrar en la capital del Tíbet en 1924.
Había transcurrido más de una década desde que inició su aventura en el Tíbet y Alexandra decidió volver a Europa. Francia entera y la prensa europea la recibió como una heroína, llegando incluso a ser portada del Times, que la definió como “la mujer sobre el techo del mundo”. También recibió la Medalla de honor de la Sociedad Geográfica de París y la Legión de Honor.
La experiencia que, sin duda alguna le marcó profundamente, fue la práctica budista de la creación de un tulpa. Los lamas budistas advirtieron a Alexandra del peligro que suponía dicha experiencia porque se trataba de generar un “fantasma” con nuestra propia mente. Sin embargo, su insaciable curiosidad pudo más que su prudencia. Durante varias semanas se mantuvo alejada del resto de sus compañeros, consiguiendo visualizar en su interior a su creación, un monje de baja estatura y prominente barriga. Su carácter era alegre e inocente y, después de muchos días de trabajo, aquella entidad apareció frente a ella. En teoría, de ahí los avisos de prudencia de los lamas, el tulpa solo obedecía a su creadora, pero no siempre fue así y la creación comenzó a realizar actividades que no le habían sido encomendadas, comenzaba a tener vida propia. Sus rasgos físicos fueron cambiando y su sonrisa pasó a ser malévola y poco afable. Alexandra comenzó a tener miedo de lo que había creado y tuvieron que pasar más de seis meses de duro trabajo psicológico para poder invertir el proceso y conseguir que su criatura se desvaneciera.
Unas décadas después, y a punto de cumplir los ciento y un años, su creación venía a despedirse, a pedirle que descansara, que todo había acabado y que su vida, había merecido la pena ser vivida.


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