
Felipe Díaz Pardo
Inauguramos nuestra primera primavera con el octavo número de La torre del ojo. Es época de dulces cantos de esas pequeñas avecillas que se balancean sobre las ramas prestas a florecer. Por eso, lo ideal sería iniciar tan jubilosa estación con alguna melodía alusiva a este tiempo florido y lleno de color, pero lo nuestro son las palabras, que siempre queremos que suenen armoniosas, algo que esperamos conseguir gracias a las contribuciones de nuestros colaboradores. Muchos de ellos repiten y otros nuevos se incorporan, lo que nos llena de gozo y por lo que a todos les mostramos nuestra gratitud.
Esta vez, el plácido sonido que irradian los textos que incluimos vuelve a ilusionarnos con sus variados temas y formas. Y si la entrega anterior nos introdujo por tierras turolenses, ahora dejamos que la inspiración brote por todas partes, como es nuestra pretensión, pues infinitos son también los caminos en donde habitan nuestros lectores y a los que agradecemos su aliento para seguir adelante. Todo asunto, como se puede comprobar, tiene cabida en el mundo de la cultura mientras que la sensibilidad y la calidad vayan de la mano.
Y para completar ese sabroso rumor de las palabras, en esta ocasión contamos con las ilustraciones de Ángel Busto, antes valdemoreño y ahora habitante de tierras extremeñas, pero de ambos lugares, siempre lúcido e inspirado y con su estilo personal y diferente. El colorido de sus imágenes será la puerta de entrada a esta nueva época del año que promete alegría y diversión tanto a los que contribuimos con la elaboración de estas páginas como a los que se acerquen a ellas para su lectura.


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