
Raquel Bordóns
Sabina ha entonado esta canción cientos de veces desde 1988 en que la creó como parte de la banda sonora de Sinatra, una película protagonizada por Alfredo Landa y Maribel Verdú, que muchos jóvenes y no tan jóvenes ni sospechan de su existencia.
Desde entonces y desde mucho antes, ha habido muchos abriles robados. O, como dirían otros, muchas primaveras perdidas. Se me pasa por la cabeza aquel abril de 1906 en el que un terremoto de 7,9 en la escala de Richter asoló la ciudad de San Francisco dejando a más de 300000 familias sin hogar, y a cerca de 3000 personas sin vida. El 80 por ciento de la ciudad fue destruida. Nos resulta complejo asimilar esto, sentados en nuestro cómodo sofá de nuestra apacible casa en nuestra medianamente pacífica ciudad.
Intento pensar lo que sería, poniéndome en el afortunado lugar de los que sobrevivieron, llegar al lugar donde unas horas antes había estado mi casa y encontrar una montaña de escombros sepultando decenas de mis abriles: mis fotos, mis relatos, mi almohada, mis recuerdos… todos destinados a vivir ya solamente en mi memoria. El mundo robó a miles de personas su mes de abril, donde «no habría consuelo ni ascensor».
Seis años más tarde, sería un iceberg el que robó el mes de abril a más de dos mil personas que viajaban en el Titanic. Como había ocurrido seis años antes en San Francisco, dio lo mismo la escala social, los bienes materiales o la situación vital de los ocupantes del buque. Ni los supervivientes recuperaron su mes de abril; el terror, el dolor, el ostracismo social al que fueron condenados algunos de ellos condenados por cobardía y las pérdidas personales y materiales fueron tan terribles que aquel mes de abril hizo temblar algo más que sus vidas.
Muchas primaveras después, en 1986, un nuevo mes de abril fue robado dejando sin aliento al mundo entero debido a una de las peores catástrofes creadas por el ser humano, dejando Chernobyl segado por la explosión de uno de los reactores de su central nuclear.
Y seguimos sin aprender. Abril debería ser sinónimo de apertura de la tierra para dejar florecer la vida y adornar con la explosión de la primavera los campos. Los jóvenes deberían acumular sus abriles llenando de risas y amor al mundo. Sin embargo, hay quienes ensombrecen esos abriles robándoselos al mundo sin esperar siquiera a que la naturaleza se revele como en 1906 o a que los accidentes nos sorprendan como en 1912. ¡No!, desgajan los pétalos de las primaveras de tantos seres vivos con sus sucias maniobras rompiendo vidas, destruyendo sueños y arrasando esperanzas.
Son demasiados los que tienen ese poder; pero a mí me queda una esperanza. Y es que otro mes de abril de 1995, la conferencia de la Unesco señaló el día 23 de este mes como El día del libro. Y es que, mientras sigamos escribiendo, mientras sigamos manifestando a través de las letras nuestros sueños, nuestros ideales y mientras las palabras nos rieguen con la fuerza de los que tenemos la suerte de sobrevivir un día más; mientras esto ocurra, seguirá habiendo abriles que se libren de esos robos que parecen invencibles pero no lo son.


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