
Manuel Pozo Gómez
Fue el miedo a la soledad lo que llevó a Agustina hasta su nuevo hogar. Se casó muy joven y no tuvo hijos. Cuando su marido murió ella tendría cerca de 80 años y pensó que La Brañeda, el valle que la vio nacer, sería un buen destino, un buen último destino. Agustina guardaba gran parte del carácter y la energía de la juventud, que en muchas ocasiones de su vida había empleado en luchas sindicales, así que cuando llegó a la residencia empezó a discutir las normas existentes. Las visitas solo estaban autorizadas hasta las seis y media. La cena se servía a las siete, y a partir de ese momento ya no se permitía ver la televisión, ni siquiera en las habitaciones. La misa era obligatoria los domingos y fiestas de guardar, en la cafetería solo se podía pagar con tarjeta de crédito, para controlar mejor el gasto, decían, y para salir de la residencia, aunque fuera simplemente a pasear, era preciso solicitar un permiso especial al menos 48 horas antes.
Y a Agustina todas esas normas le ponían de muy mala leche.
En la hora del café planteó a sus compañeros que el tiempo de las visitas podría ampliarse, ya que muchos familiares salían tarde de trabajar y apenas podían pasar tiempo con sus seres queridos; que se pudiera pagar con dinero en efectivo en la cafetería, porque la mayoría no se apañaba con las tarjetas de crédito y las nuevas tecnologías; que dejasen ver la tele después de cenar para que la noche no se hiciese tan larga, y que se pudiera salir a dar un paseo por las orillas del lago sin necesidad de solicitar un permiso dos días antes… pero el director se mantenía inalterable y los ancianos vivían demasiado atemorizados para sumarse a las peticiones de Agustina.
Hasta que alguien donó a la residencia una televisión de pantalla gigante. La tele era tan grande que se veía desde cualquier rincón. La definición era perfecta, los programas del corazón se hacían más divertidos, el sonido era envolvente, se oía desde todos sitios como si uno estuviera pegado al televisor y muchos audífonos fueron devueltos a los cajones de las mesillas de noche.
Con la ilusión de la tele nueva y las reivindicaciones constantes de Agustina, la vida en la residencia empezó a cambiar poco a poco. Muchos residentes veían la televisión después de cenar, otros comenzaron a faltar a la misa de los domingos porque se quedaban viendo las carreras de motos y la mayoría hizo huelga indefinida en la cafetería hasta que les permitiesen pagar con sus monedas. Sin embargo, el director cortó de raíz aquellos desmanes, restableció el orden y se marchó de vacaciones el día 20 de diciembre: “Y en Nochebuena se cenará como siempre, a las siete, y después todos a la cama”, dijo con su voz aflautada antes de irse.
Pero no era consciente de los reaños que tenía Agustina, que al día siguiente comenzó a organizar equipos de trabajo: Unos cuantos empezaron a desmontar la residencia, otros a meter los enseres en cajas y un último grupo más numeroso se encargó de plegar el lago por sus cuatro esquinas. Cuando terminaron se trasladaron al valle vecino, más árido que el suyo, pero que ganó en belleza cuando el mismo día 24 por la tarde desplegaron el lago y lo colocaron a los pies de la residencia.
Ya solo faltaba desembalar la última caja, la que contenía la televisión gigante. La instalaron al fondo del salón, comprobaron que funcionaba, aplaudieron todos con entusiasmo, cenaron con libertad a la hora que les dio la gana y después se pusieron a ver el programa especial de Rafael de todas las Navidades.
Dicen los habitantes de La Brañeda que, desde ese día, cada Nochebuena aparece la figura del director deambulando, solitario, en mitad del cerro descarnado que existe donde estaba antes la residencia, mientras que los ancianos caminan felices con sus familiares junto al lago del valle vecino.



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