
Juan José Jurado Soto
El cordobés Luis de Góngora (1561–1627) fue un destacado representante de la literatura barroca del Siglo de Oro español. Con motivo de la celebración del tercer centenario de su muerte, un grupo de escritores apasionados por la poesía organizó un homenaje en el Ateneo de Sevilla, que se convirtió en un lugar de encuentro para compartir una visión moderna y renovada de la lírica.
De esta forma nació la generación del 27, que aglutina a un grupo de autores vanguardistas como Federico García Lorca, Rafael Alberti, Gerardo Diego, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Luis Cernuda, Dámaso Alonso o José Bergamín. Aunque solemos referirnos principalmente a escritores, la generación del 27 abarca un conjunto mucho más amplio de intelectuales y creadores vinculados a la música, las artes plásticas, la cinematografía, la filosofía, la ciencia, la arquitectura, etc.
Una generación muy vinculada a Andalucía, y especialmente a la ciudad de Málaga, ya que varios de sus representantes nacieron allí o mantuvieron algún tipo de relación con ella. Quizá algunos no son muy conocidos, pero tuvieron un papel trascendente en la historia de la generación del 27:
Manuel Altolaguirre Bolín (Málaga, 1905 – Burgos, 1959), nació en el seno de una familia acomodada, en el barrio señorial del Limonar. Aunque estudió Derecho en Granada, su verdadera pasión fue la poesía y la edición. Pedro Salinas lo llamó el “Don Juan de las imprentas”, por su incesante labor como editor. Su papel como impresor fue fundamental para que la obra de muchos escritores de su generación viera la luz. Junto a otros jóvenes paisanos fundó las revistas de poesía Ambos (con solo 18 años) y Litoral.
En 1930, Altolaguirre se trasladó a París, donde estableció una imprenta y publicó obras de destacados escritores. En 1932, junto a Concha Méndez, creó la revista Héroe, con la colaboración de importantes poetas. Unas semanas después, la pareja se casó, asistiendo a la boda una destacada representación del mundo literario. Entre 1933 y 1935 residieron en Londres, donde editaron la revista bilingüe 1616.
Tras regresar a España, el matrimonio se instala en Madrid, donde imprimen en 1935 el primer número de la revista Caballo Verde para la Poesía, que contaba con Pablo Neruda como director y con numerosos colaboradores de España y Latinoamérica. En 1936 presenta la colección Héroe. Ese mismo año, antes del estallido de la guerra civil española, fallece con solo unos días su hija Manuela, un hecho que marcó la vida del matrimonio.
Además, dos hermanos del poeta malagueño fueron asesinados al comienzo de la Guerra Civil. Luis fue ejecutado en 1936 junto al poeta José María Hinojosa; Federico, militar y amigo de Franco, meses después. Tantas tragedias cercanas provocaron en Manuel una crisis emocional muy profunda, que se reflejó en su obra y en su posterior exilio.
El compromiso de Altolaguirre no se limitó al ámbito cultural, sino que también abarcó la política: durante la Guerra Civil se unió a la Alianza de Intelectuales Antifascistas, lo que lo llevó al exilio tras el conflicto. En 1939 salió de España por los Pirineos, instalándose posteriormente en Cuba y en México, donde continuó con su labor editorial.
En la isla caribeña y con el apoyo económico de María Luisa Gómez Mena, fundó la imprenta La Verónica, publicando revistas como Nuestra España (sobre los exiliados) y Espuela de Plata, así como la colección El Ciervo Herido, con obras de autores cubanos y españoles. En 1945, María Luisa, financia en México un nuevo proyecto: la editorial Isla.
Manuel Altolaguirre y Concha Méndez estuvieron juntos hasta el año 1944. Tras el divorcio, el malagueño se casó con María Luisa Gómez Mena, una influyente y rica cubana que actuó como mecenas de muchos artistas e intelectuales; una mujer desconocida pero con una vida extraordinaria y sorprendente. José Moreno Villa, interesado por la historia, llegó a escribir una novela sobre los amores de esta pareja.
Manuel y María Luisa fallecieron de manera trágica en 1959, en un accidente de automóvil cerca de Burgos, cuando regresaban de presentar en el Festival de cine de San Sebastián la película El Cantar de los Cantares. Ambos fueron enterrados en el cementerio Sacramental de San Justo de Madrid.
Y es que Altolaguirre también experimentó en el mundo de la cinematografía como director, productor y guionista, llegando a colaborar con Luis Buñuel en México. Mucho antes ya había tenido relación con el teatro, participando con el grupo teatral de García Lorca La Barraca (proyecto cultural de 1931, que llevó el arte dramático clásico español a rincones olvidados del país).
Su extensa obra literaria muestra un poeta espiritual e intimista. En 1936 publicó Las islas invitadas, una antología de toda su poesía. También escribió una Antología de la poesía romántica española y una Biografía de Garcilaso de la Vega. Además, tradujo textos de la británica Mary Shelley, del ruso Pushkin o del francés Jules Supervielle.
José María Souvirón Huelín (Málaga, 1904 – Málaga, 1973), fue un escritor, ensayista y crítico literario que, aunque no es uno los personajes más célebres de la generación del 27, compartió con ellos su espíritu renovador y diversos vínculos personales. Estudió Derecho y Filosofía y Letras, en Granada y desde joven se involucró en la vida cultural malagueña. Con solo 19 años fue uno de los miembros fundadores de la revista Ambos. Publicó en Málaga sus primeros libros de poesía antes de cumplir los 25 años. Su obra poética inicial, como Conjunto (1928), se inscribe en la estética vanguardista de la época, aunque con el tiempo evolucionó hacia un tono más introspectivo y neorromántico.
Residió en París y después en Santiago de Chile, donde fue catedrático de Literatura en la Universidad Católica de Chile a partir de 1941. Allí dirigió la editorial Zig-Zag, lo que le permitió relacionarse con destacadas figuras de las letras como Pablo Neruda. Tras volver a España en 1953, trabajó para el Instituto de Cultura Hispánica en Madrid, dirigió una cátedra en el Instituto Ramiro de Maeztu, fue subdirector de la Revista Cuadernos Hispanoamericanos (1958 – 1965) y se dedicó a escribir y dar conferencias.
Su vinculación con el régimen franquista motivó que su figura cayera en el olvido tras la llegada de la democracia (1975), a pesar de haber recibido el Premio Nacional de Literatura en 1967. Por suerte, décadas después, sus diarios personales fueron redescubiertos, percibiendo en ellos una voz lúcida, crítica y muy humana, escandalizada ante la censura y la mediocridad intelectual de su tiempo. En su última entrada, escrita en 1973 con cierta ironía y desencanto, reflexionaba sobre la muerte y sobre la “imbecilidad universal”.
José María Hinojosa Lasarte (Campillos, Málaga, 1904 – Málaga, 1936), es uno de los poetas más enigmáticos y singulares, así como menos conocidos y recordados de la generación del 27. De familia aristocrática y conservadora, estudió Derecho en Granada y Madrid, aunque su verdadera pasión fue la literatura. Desde muy joven se relacionó en Málaga con paisanos que, como él, estaban interesados en el mundo de la cultura, fundando revistas trascendentales para los poetas del 27. En París, donde residió, entró en contacto con el movimiento surrealista.
En 1927 visitó la Unión Soviética junto a José Bergamín y aunque partió con simpatías hacia el comunismo, volvió profundamente decepcionado por la falta de libertad y autenticidad que observó en el régimen soviético. Una experiencia que marcó el inicio de una crisis ideológica y un giro radical en su pensamiento y obra, que lo llevó a un abandono paulatino del surrealismo y un acercamiento a posturas más tradicionalistas y católicas, convirtiéndose en un ferviente defensor de la derecha durante la Segunda República. Este cambió hizo que se distanciara de sus compañeros de generación.

Lamentablemente, durante las primeras semanas de la Guerra Civil (1936), con solo 32 años, fue fusilado en Málaga por milicianos republicanos junto a su padre y su hermano. Su muerte, al igual que su obra, quedó silenciada durante décadas, aunque hoy se le reconoce como uno de los introductores del surrealismo en España y una de las figuras fundamentales en la evolución de esta corriente.
Su obra poética, breve pero intensa, estuvo marcada en sus comienzos con un tono simbolista y cierto estilo popular, influido por Juan Ramón Jiménez, pero pronto se inclinó hacia el surrealismo. Esta poesía presentaba imágenes provocadoras, un erotismo simbólico y una libertad expresiva inusual para su época.
Libros como La flor de Californía (1928) y La sangre en libertad (1931) son una muestra de su gran imaginación y de un lenguaje rico y experimental.
Emilio Prados Such (Málaga, 1899 – Ciudad de México, 1962), fue uno de los poetas más comprometidos y determinantes de la generación del 27. En 1914 ingresa en la Residencia de Estudiantes, en Madrid, donde conoce a Juan Ramón Jiménez, quien le anima a dedicarse a la poesía. Allí se empapó de las corrientes vanguardistas europeas y entabló amistad con figuras como Lorca, Buñuel y Dalí. Más tarde, en Málaga, fue editor en la Imprenta Sur y cofundador de la revista Litoral, consolidando su papel clave en la renovación literaria del siglo XX.
Durante su estancia en Suiza, por problemas de salud, aprovechó el tiempo de hospitalización para leer a los clásicos europeos, ello fortaleció su vocación poética.
En plena Guerra Civil, se convirtió en miembro activo de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, organizando lecturas y publicaciones para defender la causa republicana. Tras el conflicto tuvo que exiliarse en México, donde vivió modestamente pero rodeado de otros intelectuales que también tuvieron que salir de España por razones políticas.
Fue un poeta que sufrió el olvido durante décadas en la España de postguerra, aunque hoy se le reconoce como una figura esencial que supo unir belleza, conciencia y tenacidad. Su poesía evolucionó desde el simbolismo y el surrealismo hacia una lírica social y política, especialmente durante la Segunda República y la Guerra Civil. Obras como Jardín cerrado (1946) y Memoria del olvido (1940) reflejan una interesante sensibilidad estética y un compromiso con los más desfavorecidos.
José Moreno Villa (Málaga, 1887 – Ciudad de México, 1955), fue un polifacético miembro de la generación del 27: poeta, articulista, dibujante, pintor, crítico, historiador de arte, traductor, bibliotecario… Su familia se dedicaba al negocio vitivinícola por lo que el joven José fue enviado a Alemania para estudiar química. Pero pronto descubrió que no se veía en el futuro analizando vinos en Málaga y abandonó los estudios para dedicarse al mundo de la cultura. Convivió en la Residencia de Estudiantes de Madrid con otros intelectuales que con el tiempo alcanzarían reconocimiento internacional. Participó activamente en la vida artística de la época.
Durante la Guerra Civil, colaboró con revistas como Hora de España y creó los Romances del frente, combinando poesía y compromiso político. Tras el conflicto, se exilió en Estados Unidos y México, donde escribió Cornucopia mexicana, un homenaje lírico al país que le acogió. Allí entabló amistad con figuras como Alfonso Reyes y Octavio Paz, quien reconoció la sensibilidad y profundidad intelectual de su poesía.
Fue un personaje muy importante para su generación; el mismo García Lorca le dedicó alguno de sus textos. Su obra poética se caracteriza por una evolución desde el simbolismo hacia una lírica profunda y reflexiva, marcada por el exilio y la nostalgia de su tierra.
Pero la generación del 27 y su vínculo con Málaga no fue solo un canto de hombres. También brillaron mujeres cuya palabra, pensamiento y arte merecen ser recordados. Ellas tejieron, con igual intensidad, los hilos de una época que desafió el silencio y abrazó la cultura y la belleza:
María Zambrano Alarcón (Vélez-Málaga, Málaga, 1904 – Madrid, 1991), aunque su obra estuvo en una órbita distinta a la de los poetas, es un personaje singular dentro de la generación del 27. Está considerada como una de las grandes filósofas y pensadoras del siglo XX. Ella denominó su filosofía razón poética: una forma de conocimiento, lejos del racionalismo académico, que une intuición, emoción y pensamiento.
Formó parte del grupo de mujeres conocidas como Las Sinsombrero, pertenecientes a la generación del 27, llamadas así por desafiar las normas sociales de su época quitándose el sombrero en público, todo un símbolo de libertad intelectual y feminismo, un acto de rebeldía contra las normas sociales que imponía a las mujeres cubrirse la cabeza en público. María Zambrano vivió con valentía dejando una huella imborrable en la filosofía, la literatura y la cultura de España.

A pesar de su prestigio intelectual, durante años fue más conocida como escritora que como filósofa, debido a su estilo literario y a la situación marginal de las mujeres en el ámbito académico. En 1989, se convirtió en la primera mujer en recibir el Premio Cervantes, un reconocimiento que marcó el inicio de su reivindicación pública.
Su obra, que incluye títulos como Filosofía y poesía y El hombre y lo divino, se caracteriza por una prosa lírica, meditativa y reveladora, que busca comprender el ser humano desde su interior. Comprometida con los ideales republicanos, se exilió tras la Guerra Civil y vivió en países como México, Cuba, Italia y Francia, donde continuó escribiendo y reflexionando sobre la condición humana.
Concha Méndez Cuesta (Madrid, 1898 – Ciudad de México, 1986), fue una poeta, dramaturga y guionista. Aunque no nació en Málaga, tuvo una estrecha relación con la ciudad andaluza al estar casada con Manuel Altolaguirre. De familia acomodada, viajó por Londres, Montevideo, Buenos Aires… Su vida estuvo marcada por una constante búsqueda de libertad personal y artística. Considerada como una figura clave de la generación del 27, fue miembro del grupo de intelectuales de Las Sinsombrero. Desde joven se rebeló contra las expectativas sociales impuestas a las mujeres, destacando en deportes como la gimnasia y la natación (fue campeona nacional) y relacionándose con destacados escritores y artistas de su época. Fue novia de Luis Buñuel.
Exiliada junto a su esposo, Concha continuó escribiendo y criando a su hija Paloma en condiciones difíciles, especialmente tras la ruptura del matrimonio en México.
Su obra poética, iniciada con Inquietudes (1926), evolucionó desde un tono neopopular hacia una lírica más íntima y comprometida, como se aprecia en Sombras y sueños (1944), escrita en el exilio. Aunque su obra fue silenciada durante décadas, hoy se reconoce su papel como una de las voces más valientes y modernas de su generación.
Margarita Manso Robledo (Valladolid, 1908 – Madrid, 1960) fue una pintora vinculada a la generación del 27 y al grupo de Las Sinsombrero. Como Concha Méndez, no nació en Málaga, pero se relacionó con la ciudad por su primer marido, el pintor vanguardista y escenógrafo Alfonso Ponce de León Cabello (Málaga, 1906 – Madrid, 1936), militante de Falange Española, asesinado por el bando republicano en la Guerra Civil.
El estilo pictórico de Margarita se enmarca dentro de las corrientes vanguardistas del momento, con influencias del surrealismo y el simbolismo. Estudió en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid y aunque nunca se dedicó profesionalmente a la pintura, tuvo gran relación con artistas e intelectuales. Fue musa de su marido Alfonso.
En una ocasión, para poder entrar en el monasterio de Santo Domingo de Silos, donde estaba prohibida la entrada a mujeres, ella y su amiga Maruja Mallo se disfrazaron de hombres.
Tras la Guerra Civil, Margarita se volvió más conservadora, ocultando su pasado bohemio y su relación con los artistas republicanos. Murió por enfermedad a los 51 años, dejando tras de sí una vida marcada por la transgresión, la belleza y el olvido.
Fue mucha la relación de los poetas, artistas e intelectuales de la generación del 27 con Málaga. Así, por ejemplo, Dámaso Alonso tenía la Costa del Sol como lugar de descanso, Vicente Aleixandre pasó su infancia en esta ciudad y Jorge Guillén residió los últimos años junto a la playa de la Malagueta y está enterrado, por petición propia, en el Cementerio Inglés. También Federico García Lorca se sentía atraído por la ciudad: “Málaga de mis amores / ¡cómo me acuerdo de ti!”, evocaba en unos de sus poemas; una noche, en la playa de El Palo, por donde solía pasear, compartió junto a otros poetas temas literarios entre boquerones, chanquetes y vino de Málaga.
La relación entre el onubense Juan Ramón Jiménez y la generación del 27 también es intensa y compleja. Aunque no fue miembro del grupo, tuvo gran influencia en su formación y evolución. La búsqueda de una poesía pura, despojada de ornamentos, inspiró y apoyó a los jóvenes poetas del 27, siendo para muchos, el padre espiritual de esta Generación. A él se debe el retrato lírico con el que comenzaba la revista Héroe (1932), creada por la pareja Altolaguirre – Méndez.
Juan Ramón Jiménez tuvo una dolorosa y trágica relación con Marga Gil Roësset, otra miembro de Las Sinsombrero, una joven escultora y artista precoz que inspiró a Antoine de Saint-Exupéry para su obra de El Principito. Ella acudió durante un tiempo a la casa de Juan Ramón para esculpir un busto de su esposa, Zenobia Camprubí. Marga se enamoró del poeta que tenía en esa época casi 50 años, pero incapaz de soportar ese amor no correspondido, decidió suicidarse con un disparo en la cabeza. Juan Ramón quedó tan impresionado por el hecho que le dedicó poemas en los años posteriores.
Es tal la conexión de estos destacados personajes del siglo XX con la ciudad andaluza que, en el año 1984, la Diputación de Málaga creó el “Centro Cultural Generación del 27”, con el fin de perpetuar su memoria y su legado. Un centro que, además de recopilar y conservar todo tipo de material y documentación, también realiza una importante labor de investigación y de formación, publicando algunos libros y revistas especializadas en el tema.
Hay que destacar el papel que jugó la Imprenta Sur, creada en Málaga en 1925, para la generación del 27. Surgió como una iniciativa del padre de Emilio Prados para apoyar los deseos de su hijo. En ella, de la mano del tándem Prados – Altolaguirre y un importante equipo de profesionales del sector, se editaron, entre otros, los primeros libros de muchos jóvenes poetas que años después formarían parte de la generación del 27, así como la mítica revista Litoral. En 1937, cuando la ciudad fue ocupada en la Guerra Civil, la imprenta, considerada como elemento de propaganda, pasó a llamarse Imprenta Dardo. Actualmente, se conserva en el “Centro Cultural Generación del 27” de Málaga.
Debemos incidir en la importancia para la generación del 27 de revistas literarias editadas en Málaga. Ambos nació en 1923 de la ilusión de unos jóvenes inquietos, una publicación de corta vida (solo 4 números) pero gran relevancia; un lugar de experimentación estética y de apertura, con textos de destacados autores e ilustraciones. La revista fue un preámbulo del movimiento generacional, una muestra del deseo de estos malagueños de conectar con las corrientes culturales más avanzadas del momento. Años después, en 1926, Prados y Altolaguirre fundan Litoral, uno de los pilares editoriales de la generación del 27, un espacio innovador donde convergieron poesía, arte y pensamiento moderno, en cuyas páginas publicaron Lorca, Cernuda, Alberti, Aleixandre…, con ilustraciones de artistas como Picasso, Dalí y Juan Gris.
No debemos olvidar la Institución Libre de Enseñanza (ILE), fundada en 1876 por Francisco Giner de los Ríos (Ronda, Málaga, 1839 – Madrid, 1915). Un proyecto pedagógico revolucionario que transformó la educación en España al promover una formación integral del individuo a través de la libertad de pensamiento, la laicidad y el respeto por la ciencia y el arte. Inspirada en el krausismo, su enfoque humanista y moderno influyó en la generación del 27, quienes heredaron su espíritu crítico y su compromiso con la cultura como herramienta de transformación social.
Uno de los principales nexos entre la ILE y la generación del 27 fue la Residencia de Estudiantes, creada en 1910 y cuyo primer director fue Alberto Jiménez Fraud, nacido en Málaga en 1883. Un lugar de innovación, donde se celebraban tertulias, conciertos, conferencias y exposiciones, conectando a España con las corrientes más vanguardistas de Europa. Allí, en un ambiente de libertad creativa y formación multidisciplinar, convivieron y se formaron figuras como García Lorca, Alberti, Salinas, Buñuel, Dalí y Severo Ochoa. En ese entorno, la generación del 27 encontró no solo inspiración, sino también una plataforma para consolidar su identidad colectiva.
Por la ILE y la Residencia de Estudiantes, pasaron muchos malagueños, ya sea como alumnos, colaboradores o simpatizantes de su ideario pedagógico y cultural, empezando por su fundador, Francisco Giner de los Ríos y el referido Alberto Jiménez Fraud. También los científicos Domingo de Orueta e hijos (Domingo y Ricardo), el político y jurista Francisco Giménez Reyna o la abogada y política Victoria Kent, que rompió con muchos modelos injustamente establecidos. Sin olvidar los comentados José Moreno Villa, Emilio Prados y José María Hinojosa.
Nombres de malagueños asociados a la generación del 27, para algunos quizá desconocidos, pero que contribuyeron decisivamente a una revolución cultural sin precedentes, evidenciando el importante papel de Málaga en el apoyo a la renovación intelectual de España. La mayoría de ellos le dedicaron a su ciudad natal poemas, textos y referencias en su obra.
“Málaga, clara y sola,
como una estrella caída.”
Del poema Málaga de M. Altolaguirre



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