
Miguel de los Santos
En el 2010 y tras cincuenta y siete años de una intensa producción literaria el escritor peruano Mario Vargas Llosa, uno de los más genuinos representantes del movimiento literario conocido como “realismo mágico”, recibía el Premio Nobel de Literatura que, según reza el veredicto de la Real Academia Sueca, le fue concedido «por su cartografía de las estructuras del poder y sus afiladas imágenes de la resistencia, rebelión y derrota del individuo». Desde mi punto de vista una definición excesivamente pulcra e inconcreta para lo que, desde el universal sentido de la popularidad alcanzada por el escritor en todos los estratos sociales, resulta insuficiente y distinta de la percepción que sus millones de lectores conservan de su prolífica obra.
Llosa inició su recorrido por el mundo literario en 1959 con la publicación de Los jefes, novela de corte social bien acogida por la crítica destacando su originalidad y talento, aunque gran parte del público lector considerara que el autor no fue más allá de lo sencillo. Desde entonces y hasta la aparición de Cinco esquinas en 2016, con la que el escritor daría por concluida su actividad, publicó un total de cincuenta y una obras literarias repartidas en veintitrés novelas, treinta ensayos y ocho piezas teatrales. Una obra tan prolífica como lo fue su vida tanto en el ámbito sentimental como social e, incluso, político, aunque el máximo reconocimiento a su impagable labor lo obtuvo en la narrativa. A pesar de que ya entre los años 1963 y 69 Llosa había publicado tres de sus más importantes novelas como fueron La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en La Catedral, resulta verdaderamente curioso el hecho de que hasta el inicio de la década de los 70 no se iniciara su imparable ascenso hacia el reconocimiento universal de su nombre y de su obra. Fue a raíz de su encuentro con la agente literaria Carmen Balcells en el Kings College de Londres donde el escritor impartía clases de literatura. «¿Cómo es que no se dedica full time a la escritura, Mario? Es una pena», le interpeló ella. «Necesito los 500 dólares que percibo por las clases para mantener a la familia», fue la explícita respuesta del escritor. «Si usted lo acepta, yo le pagaría con gusto esos 500 dólares siempre y cuando ponga en mis manos su carrera», fue la sorprendente propuesta de Balcells. Y cerraron el acuerdo.
A raíz de aquel trato, entre 1973 y 1977, vieron la luz sucesivamente dos de las obras del escritor peruano que mayor predicamento alcanzarían hasta esa fecha: Pantaleón y las visitadoras y La tía Julia y el escribidor, novelas de corte autobiográfico cuya publicación acompañada de una buena promoción y distribución no solo constituirían todo un éxito de ventas y de la crítica, sino que dieron un nuevo impulso a las publicadas anteriormente.
Carmen Balcells le sugiere la idea de trasladar su residencia a España con objeto de trabajar juntos en el relanzamiento de su carrera como escritor. Ella misma se ocupará de conseguirle un piso, primero en Barcelona y posteriormente en Madrid, y es desde ese momento cuando el escritor inicia la etapa definitiva para la consolidación de un merecido reconocimiento universal de su nombre y de su obra. Publica sucesivamente La guerra del fin del mundo, Historia de Mayta y ¿Quién mató a Palomino Molero?, relato de misterio donde, en mi opinión, Vargas Llosa alcanza el cénit de su talento creativo planteando un relato donde el lector conoce desde el principio el desenlace final y que, sin embargo, es capaz de mantener la atención y el interés hasta la última página. Para entonces yo ya me sentía plenamente atrapado por la novelística del escritor peruano que fui devorando y disfrutando sin descanso aprovechando los largos trayectos aéreos a los que me obligaban mis constantes viajes de ida y vuelta entre las dos orillas del Atlántico, así como los desplazamientos por el continente Iberoamericano en mis trabajos de reportero para la televisión. Fue en el aeropuerto de Ezeiza, en Buenos Aires, mientras esperaba la salida del vuelo que me llevaría a Caracas, donde me encontré con El hablador, la novela que hoy quiero recomendaros y en cuyas 235 páginas se contiene una de las historias más fascinantes y originales no solo dentro de la prolífica producción de Vargas Llosa sino, me atrevo a asegurar, de todo el inmenso compendio de títulos y autores que configuran el movimiento literario denominado realismo mágico.
Publicado en 1987 dentro de la colección Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral, El hablador de Mario Vargas Llosa es uno de esos libros cuya categoría y reconocimiento público no alcanza los niveles de su valor auténtico. Tal y como Saturno en la mitología romana devoraba a sus hijos para evitar ser devorado por ellos, El hablador ha sido devorado por la imponente vitalidad de la obra del autor peruano donde títulos como Conversación en La Catedral, La ciudad y los perros o Pantaleón y las visitadoras han devorado este espléndido relato titulado El hablador, donde un anónimo contador ambulante de historias, viviente memoria colectiva de los indios machiguengas de la Amazonía peruana, nos narra, en un lenguaje de desusada poesía y de magia, su propia existencia y la historia y mitos de su pueblo. Es, sin duda, uno de los libros de mi vida. Os sugiero su lectura.



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