
Fernando Martín Pescador
A mi padre no le falto humor (ni valor) para imaginar su propia muerte. Viéndose en sus últimos días de vida, por las mañanas, antes de levantarse, se miraba en el espejo de la habitación, manteniendo los ojos casi cerrados para simular un selfie de su cadáver, todavía caliente. Así concebía que lo encontraríamos una mañana. No era un acto de vanidad. Tampoco de decoro. En los viajes, siempre hay dos velocidades: la de la mente, que, con antelación, se proyecta gratis en el destino, y la del cuerpo, que, en el trasiego, siempre paga un precio.
Cuento e ilustración publicados en La Revista de Valdemoro (diciembre 2023).



Replica a jollystranger0c22162b37 Cancelar la respuesta