
Texto e ilustraciones: Eduardo Torrico
Otra vez el mismo sueño. Tren vacío en estación desierta en la madrugada de una ciudad silenciosa.
Repetitivo y agobiante, sin llegar a ser pesadilla, pero igual de desesperante, este sueño me acompaña todas las noches desde hace años. Con ayuda de especialistas he tratado de encontrar un significado a estos sueños, pero las respuestas no me satisfacen. Es que a mí, eso de los trenes, como que me da igual. Y por si alguien lo ha podido pensar, le diré que no me pienso tirar al tren para quitarme la vida. Tengo otras alternativas menos dramáticas. Cuando le digo esto al psicólogo de turno, me responde que si opino así es porque no estoy muy mal. Es una declaración de intenciones con bastante fundamento.

Los amaneceres son demasiado opresores, me cuesta un mundo tirar para adelante, buscando siempre algo para agarrarme a la vida y soportar el esfuerzo psicológico que tengo que hacer cada mañana.
Hace cosa de un año, hubo una noticia que me sacó de todos estos sufrimientos. Creíamos que mi pareja estaba embarazada y solo la idea de tener un hijo me devolvió las ganas de vivir que me faltaban desde hacía tiempo. Pero no hubo embarazo y, por consiguiente, la desesperación volvió a mí.

Me parece que hoy no me voy a despedir, está muy dormida. No quiero desvelarla porque luego tarda mucho en coger el sueño. Pasamos muy malos momentos con la desilusión del falso embarazo, pero especialmente ella. Tuvo que medicarse durante unos meses y todavía noto como una sombra en sus ojos cuando no se siente observada. Está muy pendiente de mi enfermedad, pero hay veces que consigo despistarla y aparento una mejoría que no tengo para quitarle un poco de presión.
Desde el momento que despierto me asaltan los agobios de siempre. Ese malestar que me oprime al pensar en la rutina de una vida gris, sin salida, sin ningún asidero al que agarrarme. A veces intento pensar qué puedo hacer esa tarde cuando salga del trabajo y que me sirva de aliciente y de premio después de un día tan largo de trabajo. Esperar que pase el tiempo no puede ser suficiente justificación como para soportar esta existencia.
No sé qué me falta para hacer más llevadero el día a día, pero desde luego mis visitas al psicólogo no me han dado la respuesta. Yo creo que cada vez estoy peor, aunque él me diga que mi mejora es palpable.
Cuando mi pareja me conoció, ya sabía de mi estado mental. La conocí en un grupo de ayuda en el que ella representó una obra de teatro con sus amigos, con los que formaba una pequeña compañía de teatro. Era una obra de los hermanos Álvarez Quintero, que, en mi opinión, han sido mal tratados por los críticos a lo largo de los años. A nosotros, sin embargo, nos encantó la función y nos reímos con ganas.
Cuando acabó la obra de teatro, nos presentaron y desde entonces estamos juntos. Siempre me ha ayudado y comprendido y es de las pocas personas que me trata como un enfermo, no como un pirado.

Es muy pronto. Hoy me desperté antes de que sonara el despertador. Me voy ya y así me puedo sentar en el parque y aclarar la cabeza.
Tan temprano mi cabeza está embotada y se acumulan ideas y pensamientos que se empujan por salir, todos a la vez, por una pequeña puerta. Esto me produce un efecto de largo pasillo resbaladizo por el que andar resulta peligroso.
Cuando consigo poner orden y las sensaciones se organizan, parece que un semáforo va dando salida y prioridad a lo más importante, con lo que voy recobrando la lucidez mental.
Ya parece que la sangre ocupa todas mis arterias y fluye, si no al cien por cien, sí al menos al setenta por ciento. El embotamiento cerebral deja paso a la fluidez mental de manera que no puedo evitar un torrente de sensaciones, tanto negativas como gratificantes.
Es parte de mi enfermedad bipolar y depresiva y, aunque intento dotar a estos síntomas de cierta normalidad, mientras me invaden, son un lastre que hasta me impide mover los pies con soltura a la hora de caminar.

El aire fresco me alivia y reconforta y me hace pensar en la belleza de la soledad de las calles a estas horas. Calles recién regadas en las que se reflejan los faros de los coches. El silencio que queda cuando los vehículos se alejan me devuelve la melancolía y las ideas oscuras que siempre me acompañan.
El sentido de la vida, de mi vida, solo trabajo y cargas para arrastrar, no me parece suficiente incentivo para seguir adelante. Necesito algo más.
Una vida muy sufrida. Visitas constantes a psicólogos desde los quince años y a veces tomando medicación. Horas metido en el baño, lavándome las manos una vez, y otra vez, y otra y otra vez, hasta hacerme heridas. Dándome cortes en los brazos que luego trataba de taponar con el papel higiénico del baño y, como consecuencia, llevándome la reprimenda de madre por el gasto en rollos.
Mis noches son muy largas, demasiado para alguien que teme despertar y enfrentase de nuevo a las mismas frustraciones y tener miedo de que exista una noticia, demasiado mala, que desencadene mis obsesiones.
Y así durante muchos años, con leves mejorías, pero no lo suficiente como para aliviarme.

Aquí me encuentro, sentado en un banco en el parque, un lugar que se presta a la contemplación mucho mejor de noche. De día es demasiado ruidoso y en verano es muy agobiante venir por la temperatura que se alcanza.
Todos los días que vengo tan temprano coincido con un señor que hace el mantenimiento de un transformador eléctrico que alimenta a todo el barrio. Algunos días hablamos y, por la forma que me cuenta sus penas, me da la sensación de que tiene algún problema en su empresa. Constantemente repite que está deseando que pasen los años para jubilarse.
La ciudad con esos edificios enormes. Siempre me pregunto qué tipo de personas vivirán en ellos y qué hacen con sus vidas; si se arrastran como yo o si vivir les resulta más llevadero.
Me pregunto si, a los jóvenes con enfermedades mentales, sus padres los llevan a terapia y se lo pueden permitir o intentan quitarles las manías con castigos. Hay muchas maneras de maltratar.
Me voy a la estación que al final se me va a hacer tarde.

En los andenes, espero a que llegue mi tren. Hace unos meses se paralizó la circulación porque hubo un accidente en el que murió una joven.
Lo primero que pensé fue que ya dejó de sufrir, pero me contuve de decirlo en voz alta.
¿Y si esta fuera la solución a mis problemas? Cuando alguna vez, de joven, lo comentaba en casa, mi padre me daba una colleja.
« ¿Tú estás tonto, ¿verdad?»
Ese fue invariablemente su apoyo a mis problemas, la colleja y el insulto.
Mi padre cambió, hace muy poco, cuando uno de mis primos intentó suicidarse tomando pastillas. Parece que, desde ese momento, me mira con otros ojos. No con más cariño, pero sí con más comprensión. Tampoco quiero culpar a nadie de mi enfermedad, pero un poco de ayuda de todos, padres, profesores, amigos y médicos, seguro que me hubiese venido genial.
Yo no soy el primer caso en mi familia. Mi abuela materna era una mujer muy extraña a ojos de unos niños como nosotros, que esperábamos cariño y cuidados. Pero ella, debido a su enfermedad, solo nos daba malas contestaciones y desprecios. Cuando mi padre vio cómo nos trataba, se negó a llevarnos a su casa para que nos viera. Tras más de una discusión con mi madre, ella acabó reconociendo que sería mejor que hiciéramos lo que decía mi padre. Sus síntomas eran distintos a los míos. En muchas ocasiones se volvía violenta, con lo que conlleva, y acabó en un manicomio, que era como antes se llamaban las clínicas mentales.

Ya se acerca la hora de entrar al trabajo, después del viaje en el tren, y me toca subir a la salida.
Por suerte, cuando me rodeo de gente, mis ideas se aclaran y pienso en cosas como en los trabajos pendientes que tengo para hoy.
Cosas para entregar a mi jefe y con quién he quedado. Aunque al comienzo me alivia pensar en esto, cuando llevo un rato, me produce ansiedad. Bueno, realmente, llegado a este punto, todo me produce ansiedad.
Todas las medicinas que tomo están encaminadas a tratar de relajarme y mitigar esa autodestrucción que me sale sola, sin ningún tipo de esfuerzo. Me recuerdo siempre igual de negativo, la luz nunca fue mi compañera, pero tampoco hubo alguien que me llevase la linterna para poder ver con algo de claridad y alejarme de las sombras. O, al menos, esa es mi percepción. Mi pareja me dice que mis padres siempre me apoyan, pero que yo no lo percibo así. Puede que se deba a algún trauma o a malas interpretaciones.

Ya ha amanecido. Esa luz, opuesta a mis sentimientos, me alivia y puede que, durante un rato, me sienta un poco mejor. Es cuestión de unos minutos más y podré tomarme las pastillas de por la mañana, que ejercen sobre mí una relajación deseada desde que despierto, pero que trato de retrasar un poco para que el pleno efecto coincida con la hora de la reunión diaria en la oficina.
El ajetreo de los viajeros y transeúntes me hace volver a distraerme al pensar en que cada uno debe cargar con sus vidas, sus problemas, sus trabajos y todo lo bueno y lo malo que eso conlleva. El mío, mi trabajo, no me resulta gratificante, pero tenemos que pagar muchas facturas y tenemos que vivir. Qué ironía. Yo, que me siento infeliz viviendo. Además, ya hablamos en casa de tratar de ahorrar para un tratamiento de fertilidad. Es muy caro y no te aseguran el éxito al cien por cien. Hay bastantes probabilidades de conseguir el embarazo, pero hay un porcentaje, pequeño, de que no se logre.
Esta nueva carga solo supuso un aliciente los primeros días; luego ha sido todo lo contrario. Ahora es ansiedad en vena. Pensar que lo debo conseguir en poco tiempo me agobia.
En fin, es un poco pronto y ya toca la medicación. Me meteré en la primera cafetería que vea.

Qué poco madrugan los clientes de esta cafetería. Estoy solo y, en vista de ello, el camarero se ha pasado a la cocina y estoy aún más solo si cabe.
Cuando termine el día, debo tener claras algunas cosas que me dan pánico y, aunque esta soledad me quiere forzar a pensar en ellas, yo me resisto y pienso en cosas que normalmente me dan igual. Presto toda mi atención a un resumen de la jornada de futbol de ayer que están dando en la televisión. Pero la obstinación de mi cerebro no me deja en paz.
Fue muy duro aceptar que soy un enfermo. Siempre me ponía excusas y trataba de justificar mis síntomas con cosas sin sentido. Intentaba escapar de los estereotipos de la enfermedad cuando, en el fondo, sabía que reunía todos y cada uno de los síntomas.
El psicólogo creo que no me ha ayudado lo necesario, pero he hablado con otros enfermos y la mayoría pensamos que necesitamos más ayuda médica. Por lo menos, todos los que formamos el grupo de ayuda, nos sentimos apoyados por nuestras familias, aunque solo sea económicamente. Es muy duro depender de la medicina pública para esta enfermedad. Se destina muy poco dinero y menos personal. Te toca una visita después de meses de espera y cada vez con un doctor diferente, lo que significa que pasas el tiempo de la visita repitiéndole tus síntomas, en vez de estar con la terapia que se supone que debemos tener.

Mi mesa.
Mi trabajo no me gusta, pero mi mesa sí. Y las vistas, fabulosas.
Un sitio donde me puedo evadir cuando tengo unos minutos de relajación. Por ejemplo, los días que no bajo a desayunar con los demás alegando trabajo, cuando, en realidad, es para mirar las calles y los edificios desde este sitio tan privilegiado.
Todos me dicen que trabajar a contraluz me dificulta la visión de la pantalla y es verdad, pero, por llevar la contraria, sigo con la mesa al revés. Elegí el rincón más escondido y con los peores acabados. Creo que lo destinaban a los becarios, pero, desde que yo entré en la empresa, no me he movido de este sitio.
Las plantas se alegran de la luz que entra por la ventana y parece que es de las pocas cosas que a diario se alegran de verme.

Qué distinta la decoración del resto de la oficina. Gris y fría. Mis compañeros hace tiempo que fingen no verme. Al menos, no responden a mis «buenos días». No sé qué les habré hecho, pero ya se les pasará.
En general todos solemos ser muy agresivos con los compañeros, hablando en términos laborales. Cuando salimos del trabajo, suele haber buen rollo y parece que todos admitimos de buen grado estas tiranteces en nuestros puestos.
El día que debuté en mi puesto, vino el típico capullo a ver si me podía amedrentar. Empezó con amenazas veladas, todo muy suave, dándome a entender que tendría que subyugarme a sus mandatos si quería estar más o menos tiempo en la empresa.
No le hice ni caso. Es más, le desprecié. Cuando esa mañana coincidí con él en la cafetería, me acerqué a la mesa donde se tomaba un café y le di una patada a la pata. El café estuvo a punto de derramarse en la mesa. Él me vio y supo que lo hice para darle un aviso. Desde entonces, todo perfecto. No puedo decir que me envíe flores ni lleve mi foto en su cartera, pero nunca dijo nada en mi contra.
Desde muy joven, no valoré la vida como los demás. Vamos, que todo me daba igual y eso me hizo ser un poco más inconsciente que la mayoría. Así que, cuando tengo que discutir, no tengo el freno puesto y me salen auténticas burradas. Pero también me sirve para hacerme respetar. Creo que es un mal hábito que nos inculcó mi padre, tanto a mí como a mi hermano.

Mi obsesión son los relojes. Bueno, en realidad es el tiempo. Siempre funciona al revés de lo que necesito. Si debe ir lento, se precipita en una carrera sin frenos y viceversa.
Los días que necesito hacer algo por la tarde, los minutos se niegan a pasar. No me sirve de nada intentar sumergirme en algún informe de los que tengo como súper urgentes.
Mi nivel de concentración no me da para nada y acabo pidiendo la hora como los equipos de futbol que racanean con el resultado.

Por fin salgo casi corriendo por el pasillo del ascensor sin pararme a saludar a los compañeros que se cruzan conmigo.
Voy en el bus a buscar el coche, que lo tengo en al taller. Tenía unos raspones típicos del aparcamiento diario y ya eran demasiado evidentes.
El dueño del taller ha salido con un cliente y le ha dicho a la chica de la oficina que me pase por el bar para hablar conmigo, que ha encontrado algunos defectos que me quiere comentar. Otra preocupación más. Toca sacar un dinero extra de algún sitio, que no sé cuál es. Si toca cambiar las pastillas del freno o las ruedas, adiós al presupuesto del mes.
Al menos estas cosas me alejan de los pensamientos torcidos que decía mi madre, cuando le comentaba lo que me pasaba por la cabeza, en esa época de adolescente en la que vivía con mis padres.
Le comentaré a mi pareja lo del coche, pero va a estar de acuerdo conmigo en que me lleve el coche y, cuando ahorremos algo, lo volvamos a traer al taller para los arreglos pendientes.

En el bar me encuentro con el mecánico, que mantiene una animada charla con un cliente. Un momento de distensión me vendría bien. Sentados y bebiendo cerveza todos los problemas se me han olvidado. Hablamos de cualquier cosa que no sea política y de manera muy cordial, como si nos conociéramos de toda la vida.
Llevamos unas rondas y esto no se detiene y me tengo que llevar el coche. A ver cómo lo hacemos. El mecánico, que ha bebido más que yo, dice que no hay problema, que un empleado suyo se lleva el coche con la grúa. Nos reímos todos con la ocurrencia y el alcohol hace que la risotada sea un poco exagerada.
Me doy cuenta de que en este estado estoy perfecto, me he curado sin medicinas ni psicólogo. Se lo digo al mecánico y me contesta que no pague más sesiones a mi doctor, que hable con la Mahou.
Más risas.
Ya estamos en un punto peligroso de no retorno y nos vamos, pero para pasar al otro bar, que está a diez metros.

Mensaje de mi pareja.
Parece ser que estamos de enhorabuena.
La prueba ha dado positivo y la felicidad me llena el depósito, falta nos hacía. No quiero comentarlo con mis acompañantes porque hace unos años, con el otro embarazo, ya tuvimos una desilusión y no quiero que se repita, pero no puedo ser más feliz.
En la mesa, con más alcohol, hablamos de cualquier cosa. Parece que el otro cliente ha destapado el corcho de los recuerdos y cuenta con cierta gracia un sinfín de anécdotas que compartió con el mecánico en su infancia.
Yo estoy metido de lleno en la conversación y, en parte por la gran noticia recibida o por el alcohol, me atrevo a relatar trastadas de mi niñez.
Así que me doy cuenta de que yo también tuve mis buenos ratos y que tengo un arsenal de relatos para mis futuros hijos y nietos. Todo esto me está haciendo pensar en la vida de otra manera. Espero que no sea algo momentáneo, que dure mucho, muchísimo y me cambie la vida. Para mí sería mejor que si me tocase la lotería.

Mientras estamos en el bar y mis acompañantes hablan, miro unas fotos que cuelgan por detrás de la barra. Son montañas y valles y, como no podía ser de otra manera, me recuerdan a las excursiones a la sierra con el grupo de apoyo.
Esas reuniones en las que cada uno cuenta una experiencia con su enfermedad y de las que tanto salen en películas. Pues realmente no se parece demasiado a la realidad. La mayoría de las veces es todo más divertido de lo que nos cuentan y los compañeros no suelen estar callados y escuchando. Mejor diríamos que solemos tomarle el pelo al narrador.
El caso es que conoces a mucha gente y no todos son suicidas o con enfermedades mentales. También hay alcohólicos y drogadictos, ludópatas y algún sintecho. Entre las charlas y los corrillos que formamos, surgieron ideas para los fines de semana. La que me enganchó desde el primer momento fue el senderismo. Andar en esos parajes, con poca compañía (a veces en solitario) oyendo música y disfrutando del aire me reconforta.
Menos agradable pero muy necesario es cuando pasábamos alguna noche en uno de los albergues. En esos momentos, nos abríamos en canal y no dejábamos nada dentro de nosotros. Nuestros compañeros nos veían con otros ojos e incluso nosotros mismos nos sorprendíamos de llevar escondidos algunos sentimientos que nos taladraban como gusanos y que, por fin, dejábamos salir.

Damos por terminado el día y me voy hacia mi coche. El mecánico me dice que ni se me ocurra conducir. Le juro que no lo haré hasta que se pasen los efectos etílicos que me han producido el sinfín de cervezas y algún combinado que otro que nos hemos tomado.
Le mando a mi pareja un mensaje de voz porque no soy capaz de escribir y le digo que pasaré un buen rato en el coche e intentaré dormir.
Pasadas unas horas me despierto y arranco el coche. Salgo por la vía lateral de la calle y paro en un semáforo. Estoy poniendo música en el equipo del coche y oigo una sirena que parece de un camión de bomberos.
El camión toma la curva tan fuerte que vuelca y se lleva muchas cosas por delante, entre otras mi coche y a mí con él. Un dolor que, antes de desmayarme, me paraliza las piernas y me inunda de arriba a abajo. Me rescatan y me llevan en una ambulancia al hospital más cercano. En un estado pésimo, consiguen reanimarme y me resucitan un par de veces, ya que entré en paro cardiaco.
Bajo los efectos de los calmantes que me han inyectado, tengo unos sueños de los más extraños, o puede que sean alucinaciones. Veo a mi pareja con un niño en brazos en una cama de maternidad. Y veo a mi familia haciéndole carantoñas al bebé, pero yo no estoy con ellos.

Tengo la sensación de estar escuchando conversaciones que no logro entender y creo que oigo la voz de mis padres y el llanto de algunas mujeres. Luego vuelvo a tener sueños inquietantes y raros, aunque de vez en cuando despierto y veo a las enfermeras que me atienden. Se mueven con seguridad y aplomo a mi alrededor comprobando mis constantes en los monitores y cambiándome las bolsas de suero y medicinas.
Cuando despierto y no hay nadie en la UCI, pienso en mi infancia y los últimos recuerdos que me asaltan son las peleas que tenía mi hermano mayor con los chicos de mi barrio.
El colegio en el que estudiamos era de Formación Profesional y los alumnos no solo eran de mi pueblo. También estudiaban chicos de los pueblos de la comarca, así que había un servicio de autobuses que los recogía todas las mañanas y los llevaba a casa al acabar las clases. Estos autobuses siempre llegaban con tiempo de sobra por las mañanas, de manera que estaban en el centro escolar con más de media hora de antelación al comienzo de las clases.
Mi hermano, algunos amigos y yo, llegábamos unos minutos después que ellos. Si algún día, por algún problema de tráfico, tardaban algo más, nosotros éramos los primeros en hacerlo y, por consiguiente, cogíamos el balón de baloncesto y usábamos las canastas del patio que había en el interior del colegio. Esa era la costumbre, los primeros en llegar eran los dueños del balón y las canastas.
Un día se retrasaron y estábamos jugando un partidillo entre los amigos que llegamos pronto. Llegaron los más mayores de los autobuses y nos apremiaban a dejarles el balón a ellos. Nosotros éramos más jóvenes. Mi hermano un par de años menor que ellos y yo cuatro años. Y los otros chicos, igual. Ante sus exigencias estuve a punto de entregarles la pelota, pero mi hermano me miró de aquella forma que solo él tenía de mirar y opté por darle el balón a él.
Uno de los mayores se fue directo a mi hermano, le cogió del brazo e intentó quitarle el balón. La respuesta fue un balonazo en toda la cara y sangre saliendo de la nariz del joven. Entre unos cuantos le llevaron al botiquín y le curaron. Dijeron al profesor encargado de disciplina que fue un accidente mientras jugábamos al baloncesto. No se chivaron, entre otras cosas porque contar la verdad era admitir que unos críos habían puesto en su sitio a los abusones.
Desde ese día, en caso de que estuviéramos jugando nosotros en las canastas, nadie se atrevió a quitarnos jamás el balón.

Otra anécdota que recuerdo, en un momento de lucidez, fue el día que le pusimos el mote de Orejita a un vecino.
Estábamos haciendo cola en el cine para ver una película de acción, de esas de coches. Como era de estreno, la cola que había para entrar daba la vuelta a la esquina. Y ahí es donde aparecen los abusones para colarse. Dio la casualidad de que estaba yo sacando la entrada y con un empujón, me sacaron de la cola y se pusieron tres gamberros que celebraban su gesta con risotadas. Pero no se dieron cuenta de que mi hermano estaba haciendo cola a la vuelta de la esquina. Con el escándalo de la gente llamándolos gamberros, se asomó para ver a qué se debía y, cuando vio que intentaban abusar de mí y mis amigos, al abusón que estaba pidiendo la entrada le agarró de la oreja y se la retorció de tal manera que los otros abusones salieron corriendo, dejando al pobre Orejita quejándose por su oreja que estaba siendo retorcida sin piedad. Cuando mi hermano soltó la oreja del infeliz, era roja como un pimiento morrón.
De las quejas de toda la gente que hacía cola por el intento de colarse de los gamberros, se pasó a una situación cómica. Todos reían mofándose del pobre chico y empezaron a llamarle Orejita de tal manera, que hubo un grupo que comenzó a corear el mote. Y así fue como nació el mítico apodo del Orejita.
Ahora, cuando coincido con él en mis visitas al pueblo, recordamos el fatídico día y seguimos riendo. Él no, pero se lo toma con resignación. Le hablamos con sorna de que tiene el mejor apodo del pueblo.

El día que me fracturé la pierna supone para mí una mezcla de recuerdos y de imágenes formadas a partir de relatos de mis padres y vecinos. Éramos niños pequeños de poco más de diez años. Vivíamos en una casa vieja, enorme. Entre otras cosas, hubo en su día un molino de aceite, que nada tiene que ver con los de viento. Se trataba de unas grandes piedras que trituraban la aceituna y eran movidas por motores de gasoil mediante engranajes.
El molino estaba cerrado para evitar que los niños pudiéramos hacernos daño en las instalaciones abandonadas. La puerta se encontraba en un estado casi ruinoso y eso motivó que un grupo de traviesos, entre los que me encontraba, se propusieran tirar la puerta y entrar al molino.
Luego de propinar patadas y empujones, la puerta comenzó a desprenderse de sus pernios y cuando le pegué la última patada, se me cayó encima rompiéndome el fémur. Lo que vino después es fácil de imaginar: gente corriendo y todos muy nerviosos, lamentándose de los niños traviesos y de los trágicos resultados de nuestras trastadas.
Un mes de hospital con la pierna en alto y todo solucionado. Esto lo digo muchos años después y con la mirada del tiempo transcurrido jugando a mi favor. Seguro que en esos días no fue tan sencillo ni tan amable. Sí que recuerdo lo pesado que se me hizo permanecer tanto tiempo inmóvil y también recuerdo los comics que me compraban para que se me hiciera más amena la recuperación.

Floto en el aire como una pluma. La sensación de ingravidez es embriagadora y desconcertante. Me muevo por donde quiera y lo consigo con solo pensarlo. No sé si es una alucinación de los medicamentos o es que ya estoy muerto, pero me da lo mismo porque me siento mejor que nunca.
Si esto es la muerte, bienvenida sea. Llego a pensar que, por primera vez, podría comprender las actitudes suicidas puesto que la sensación de libertad y bienestar me satura y no hay una sola célula de mi cuerpo que no se encuentre extasiada.
Se acabaron todas las preocupaciones, las dudas, los sinsabores, las decepciones… En fin, no tengo nada que me impida ser feliz. Esa sería la mejor palabra para describir lo que siento: felicidad.
Tras la euforia de los primeros momentos, una realidad me asalta y me golpea en el mentón. Tengo que descubrir qué me pasa realmente, aunque vaya a interferir en mi sentimiento de felicidad. Poco a poco, voy descubriendo cómo de vivo me puedo encontrar al ir observando si cumplo las leyes de la física.
¿Abro los ojos y puedo ver? Pues, de momento, no. Entonces está claro que veo a través de mi mente. O puede que no. Puede ser un pensamiento o un delirio.

Ahora estoy en un lugar extraño, con mucha niebla que se disipa, pero lentamente. Veo contornos difusos, siluetas que no se llegan a aclarar del todo pero que ya me dejan hacerme una idea de dónde estoy.
Veo lápidas. Flores. Cipreses. Aunque esté muerto o drogado me doy cuenta de que esto es un cementerio. Ahora quiero ver qué pone en la lápida más cercana por si aparece mi nombre y ya está todo resuelto.
Pero no voy a mirar. Me puedo haber convertido en un cadáver o en adicto, o en las dos cosas. Pero me encuentro mejor que en toda mi vida y no quiero que esto acabe nunca.
Si despierto seguiré contando recuerdos que me rondan y, si estoy muerto, prometo hacer apariciones fantasmales a mis familiares, para que no me olviden.



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