
Incontrolable (I Swear, dirigida por Kirk Jones, 2025)
Fernando Martín Pescador
Todos los seres humanos caemos inevitablemente en una dualidad bastante interesante: todos somos parte de, al menos, una mayoría y cada uno de nosotros es parte, al menos, de una minoría. Acudiendo a los extremos absolutos, todos configuramos una mayoría como especie, como humanos, y cada uno de nosotros configura su propia individualidad, su propia minoría.
La acelerada explosión demográfica de los últimos treinta años ha provocado que las minorías sean más numerosas. En dos sentidos: hay más minorías y muchas minorías cuentan con más miembros. Eso ha permitido que más sensibilidades se hayan hecho oír y, en occidente, se ha llegado a decir, con cierto temor, que nuestras democracias ya no son el gobierno de la mayoría, sino el gobierno de las minorías. En realidad, lo que ha ocurrido es que la minoría que había estado tradicionalmente en el poder siente amenazada su posición de privilegio. Mantener un equilibrio pacífico y civilizado es complicado. Algunas minorías son más ruidosas que otras. Algunas minorías son menos solidarias que otras. Pero debemos seguir trabajando por una sociedad inclusiva; debemos mostrar empatía por aquel que es diferente a nosotros. Y, para esto, debemos informar y educar a la población.
Incontrolable, la película británica que se estrenó en los cines españoles el pasado viernes, informa, educa, entretiene y emociona. Basada en la vida de John Davidson (Escocia, 1971) y protagonizada por un magnífico Robert Aramayo (inglés, de abuelo donostiarra), la cinta habla del síndrome de Tourette, un trastorno primario del movimiento, cuya característica principal es la presencia crónica de tics. Estudios recientes indican que afecta a cerca del 1% de los niños españoles. Aunque la coprolalia (decir palabras obscenas involuntariamente) es uno de los síntomas más popularizados por el cine, se trata de una característica presente en menos del 20% de los afectados.
Incontrolable es una historia de amor. Dottie es la madre de un compañero de escuela de John Davidson. Ha trabajado como enfermera en un hospital de enfermedades mentales. Le han diagnosticado un cáncer y le han pronosticado seis meses de vida. Conoce a John accidentalmente y decide emplear los seis meses que le quedan en ayudar a John. Esa historia de amor ayuda a normalizar la vida de John. Primero es aceptado por una familia; después, le ayudan a conseguir un trabajo. A partir de ahí, John comienza a ayudar a niños en su misma situación. La historia de amor se convierte en una historia de superación. John sigue teniendo múltiples tics. John sigue blasfemando en los momentos menos oportunos. Pero ha encontrado su lugar en el mundo como miembro de una minoría. Una de las cosas que aún no se atreve a hacer es entrar en una biblioteca. Sabe que no podrá dejar de llamar la atención con sus tics y sus gritos. Pero Incontrolable, sin ocultar todos los problemas que puede acarrear el síndrome de Tourette, está llena de milagros.


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