
Marcos Jiménez
La soledad se hace presente
al tocar sus pies las aguas;
pero no le hace frente,
le acompaña aún con gesto confundido.
Rodeado su cuello se halla
un único reluciente anillo,
cuyo brillo parece hacer posible su habla,
guardando un eterno olvido.
¿Acaso aclama la muerte,
o simplemente la nombra en silencio,
como quien busca en ella
un descanso sin juicio?
¿Por qué hace el tiempo las maletas
sin siquiera dejar nota?
Añora la figura del ególatra,
podría plegar el tiempo sin aviso.
¿Estará evocando al eterno retorno?
¿Es etéreo el tiempo, y no vale oro?
¿O sigue aguardando porque no es valeroso,
y su cuerda de huida es atarse en el foso?
Oscuras pugnas torturan su subconsciente,
obstruyen su mente.
¿O construyen andamios vigentes,
ocupando su horizonte de frente?
Hágase nuestro joven marinero,
de rostro bello y ceño fruncido,
perdido en mares que nadie ha oído,
náufrago eterno de su propio sendero.
No calma la brisa su nombre,
pero roza el agua con dedos de ausente,
y sin voz la empuja, la curva, la alienta,
a romper su quietud contra la piedra.
Perder no es un acto,
es una condición.
Vivir con lo que falta,
habitar la forma del hueco.
El silencio no es vacío,
es un territorio incierto
donde la ausencia toma forma,
y el tiempo despliega su sombra.
Hágase nuestro joven marinero,
roto por dentro,
buscando en las olas consuelo,
que trazan en la arena un futuro en duelo.
Nadie escapa al final que aguarda en silencio,
ni el alma sabe el precio de su despedida.
Porque, si la muerte está escrita,
¿Es la vida una poesía de mal gusto?
Hágase nuestro joven marinero,
envuelto en las aguas y su danza;
se percata de que las olas no paran.
¿Qué anhela? Anhela esperanza.



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