
Raquel Bordóns
Firmaba mi relato de noviembre como «Raquel Bordóns, superviviente, como mínimo, hasta el mes de noviembre». No me imaginaba hasta qué punto una frase puede pronosticar un futuro. El 1 de noviembre tuve un gran accidente que partió en dos mi brazo izquierdo, segando de raíz gran parte de mis actividades diarias. Me sumé a mis propias palabras, que marcaban la muerte y la resurrección de un momento de nuestra vida.
Diciembre, por tanto, se presenta diferente. Después de una gran cirugía y de dejar de lado mi moto, mi 4×4, mi trabajo, mi montaña, se presenta ante mí este décimo mes del calendario romano listo para la introspección, el frío, la meditación y la recuperación. Diciembre. Rómulo lo nombraría como decem (diez en latín) – bris (del término ber- llevar), aunque algunos atribuyen su nombre a la expresión ab imbre (después de las nieves).
Qué curioso este décimo mes, que más adelante iría seguido por los que, ya en el calendario juliano, serían enero y febrero. Pero todavía en tiempos romanos iba seguido de un vacío en el que se mecían inseguros los siguientes días del invierno sin merecer pertenecer a los meses invernales. Saltaríamos, pues, del solsticio de invierno abrigado por el mes de diciembre al equinoccio de primavera en el que el mes de marzo resurgiría poderoso, adornado por las flores, para poder presidir como mes Uno ese calendario romano.
Igual se mecen inseguros para mí los días del invierno posteriores a diciembre, augurando una reconstrucción basada en un esfuerzo férreo que, con seguridad, me harán aterrizar en un marzo florido, pero quién sabe de qué sorpresas estará plagado.



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