
Susana Coyette Urrutxua
La sala de espera de urgencias, a estas horas, es un microcosmos de angustia sigilosa. El reloj de pared, con su despiadado tic-tac, parece burlarse de la ansiedad que se palpa en el aire. Cada segundo se alaaaaaarga, cada minuto contiene una eternidad.
Ese tic-tac inmisericorde compite con el murmullo de voces estranguladas. Las luces fluorescentes, implacables, enfocan rostros cansados, preocupados, algunos incluso resignados. Unos miran fijamente al suelo, otros se pierden en la pantalla del móvil, otros… ni eso.
Unos metros más allá, una anciana aprieta un pañuelo entre sus manos, la mirada perdida en el vacío. Un niño corretea entre las sillas, mero aprendiz de la tensión que lo rodea.
Ella, impasible, hojea una revista de moda/corazoneo/chismorreo, ajena al vaivén de emociones que la envuelven. Una mujer se desploma en el suelo, el rostro contraído por el dolor. Ella, sin dudarlo, se arrodilla junto a la mujer, su revista olvidada en el suelo.
Se abre una puerta. Sale una joven embarazadísima. Mira a la anciana, y le sonríe. La anciana suelta el pañuelo, sonríe, recupera su mirada, y abraza a la joven…
Ella ya ha abandonado definitivamente su revista.
El mundo ha vuelto a recuperar el orden. Su orden. El orden natural de las cosas… Todo vuelve a la angustiosa espera. Todo vuelve a la normalidad de la angustiosa espera.



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