
Luis Cantarell Gregori
Estaba Dios en uno de esos días pachuchos, sin ganas de ser descubiertos, cuando sintió un remordimiento de esos que te agarra y ya no afloja hasta verte en el suelo. El día pachucho y Dios huidizo, sin humor. De pronto había recordado al hombre. Apenas le visitaba ya (en lo bueno y en lo malo).
«Con eso del libre albedrío…», pensó.
Todo sea dicho, se encontraba mejor paseando por sus dependencias. Pero se trataba del hombre. Y el estómago empezaba a no dar tregua. Así que mandó llamar a su médico personal… Nada. Un poco mejor, eso sí.
«El hombre», pensó una vez más.
Así que se dispuso a hacerse valer. Pero ¡alto!, primero tendría que centrar su atención en un punto determinado. Buscó la llave de su biblioteca personal entre los bolsillos de su manto, los cuales terminaban por sacarle de sus casillas cuando tenía prisa. En ellos guardaba rastros de estrellas nonatas, agujeros negros, cometas ciegos sin camino y un sinfín de detalles recogidos en cada paseo Universal y en los sin rumbo, sus predilectos.
En la biblioteca halló a un ángel limpiando de manera concienzuda el polvo de los tomos incontables para ordenarlos después, y a un arcángel revisando y actualizando el número de sabios estelares. Tan abstraídos estaban que no advirtieron su llegada. Así pues, Dios decidió ojear por su cuenta. Buscaba una ciudad, o un país, alguna referencia. De pronto, ángel y arcángel advirtieron la presencia y allí acudieron.
—Busco un país, una ciudad…, algo que pueda observar.
Ambos se extrañaron ante aquello.
—En mi humilde opinión, para eso tiene a todo el orbe pendiente, mi Señor.
—Pues no noto resultados. Habrá que trabajar entonces.
—Sí, mi Señor.
El arcángel vio fallido su intento de mantenerse centrado sin que nadie lo sobresaltase, y, muy a su pesar, se puso manos a la obra con tanto trabajo aún pendiente: renovación de títulos sobrenaturales, tarjetas de recargas de poderes benéficos, desinsectación de malos pensamientos, cursos de reciclaje para sabios hastiados, aprendices torpes, impacientes… etc.
Ah, y esa clase magistral de todos los años: Amor et Universum [1]. Sólo de pensarlo el arcángel se sentía tan pequeño.
Dios incluyó et Universum en el último momento sin tener muy clara la razón. Aunque quizá aquello atrajera a más escuchantes esa vez. De modo que así quedó. Lista para la impresión anticipada.
Fue el ángel quien advirtió de que Dios había pronunciado las palabras país y ciudad. Y aunque el trabajo se les facilitaba mucho así, aquello llevaría sus noches y días.
¿Por dónde empezar? Y fuera, Dios aguardando y pensando también. Tal vez sobre la manera de hablar con el hombre de nuevo.
Recordaba el manual de instrucciones que creó. ¿Qué elegir? Quizá un gesto cósmico tipo rayo o aurora boreal. Aunque esta última elección resultaría ostentosa y poco práctica (o no). Había estudiado muy bien los espectáculos de luces que tanto le gustaban de los hombres. El suyo resultaría más efectivo y tan actual como cualquiera de ellos. Por otra parte, la lluvia le parecía hasta engorrosa; desde hace tiempo, la máquina dispensadora había fallado en algunos lugares clave. Menuda papeleta.
—Esa es la clave: busquemos un lugar con agua —apuntó Dios ¿entusiasmado? Ángel y arcángel callaron unos segundos. La solución resultaba cuando menos insólita.
En una esquina de una estrella joven, aún puntiaguda y con piel de leche, un sabio estelar de los llamados mayores enviaba agua al espacio. Dios pidió su par de lentes para ver de lejos: billones de gotitas caían sobre un pequeño terreno preñado de árboles y plantas, allá en ese lugar llamado tierra. El anciano envolvía en una ligera cápsula cada gota. Incluso parecía hablar con ellas. Un trabajo de titanes desarrollado con sumo cuidado y paciencia inimaginable.
Dios decidió acercarse. Los alados le recomendaron que lo hiciese con cuidado, no fuese a sobresaltarlo y el rumbo del líquido elemento se alterase. Y Dios así lo hizo.
—Perdona, me gustaría saber…
El regador parecía completamente en otra esfera. Dios insistió alzando un poco la voz.
—Disculpa…
Una petición tajante de silencio fue la única respuesta del sabio.
—Tenga cuidado, las puede espantar.
—Ah.
Los alados no daban fe y Dios estaba anonadado.
—Verás…, busco un país, o una ciudad, o algo a lo que prestar atención.
El sabio cesó de regar y levantó la cabeza. Miró de arriba abajo al interesado para emitir un rotundo chasquido y después continuar trabajando.
—¿Eso es todo? Ya veo.
Tras el silencio del sabio, Dios dio media vuelta desapareciendo por donde llegó.
Durante varias lunas pensó el Creador. Desde que el Universo existe, nada ni nadie lo había dejado mudo, incómodo, cabizbajo, preocupado. Salvo el hombre. ¿La verdad sería ese silencio? ¿Habría acabado esa apatía por apartarlo de lo realmente importante? Y enérgico como desde hace milenios rememoró la Creación. Ante sus ojos desfiló cada nanosegundo transcurrido. Podría haber arreglado alguno de los desaguisados de que fue testigo aventajado, evitado el nacimiento de alguno de esos personajes poco o nada deseados… y un largo etcétera. Sin embargo, algo le distanciaba de ese deseo. Y volvió a pensar en el hombre. ¿Cómo le vería?
Desde su creación, ese ser diminuto fue la espinita de Dios. Y sin poder dormir más, el Creador se dirigió a la estrella joven. Desde allí oteó un buen trozo de Universo. Todo parecía en paz. Estaba tan a gusto que apenas notó la presencia del sabio.
—Mi Señor, ¿qué hacéis aquí a estas horas?
—¿Y tú? Déjalo, no hace falta que digas nada. Bueno, estaría bien saber algo más.
—Eso no es propio de usted, discúlpeme.
—¿El venir hasta esta estrella? Te recuerdo que la creé incluso antes que a ti.
—Me refiero a que antes era usted la fuerza misma de la luz.
—¿Y…?
—Ahora tiene dudas.
—¡Dudas!, ¡vaya tontería!
—Y pregunta para que le cuenten.
Dios no sabía bien qué decir. Es cierto que no dormía con normalidad desde un tiempo atrás y los dolores de cabeza le impedían concentrarse como desearía. ¡Pero de ahí a asegurar que tenía dudas…! El caso es que sabía que las tenía. Lo cotidiano había empezado a asustarle un poco. El hombre parecía escapársele paso a paso, y ese regador nacido cuatrocientas veces por cuatrocientos siglos consecutivos parecía llevar la batuta de la calma a la que Él aspiraba.
—¿No vas a dormir?
Preguntó Dios muy interesado al regador que volvía a sus quehaceres.
—Es la hora de la vigilia, mi Señor.
—¿Puedo quedarme un rato aquí contigo? Prometo no molestar. No te enterarás. Y, por favor, no me llames Señor. Me haces viejo.
El sabio no pudo contener una sonora carcajada estomacal. Y también Dios rió al comprenderse como el comienzo de todo. Encantó tanto esa carcajada como para envolverla en papel especial para un día especial. O como un globo que pasear y soltar al final del camino. Y se gustaron de estar juntos de nuevo como padre e hijo.
Las visitas eran diarias. El JEFE, reaprendió cómo llover (había delegado durante demasiado tiempo). Suave cuando fuese posible. También cómo limpiar lo máximo posible cada gota de impurezas y tensión en una sala inmensa para el descanso del agua. Obra del sabio regador. En ella, una vez se le reponía a cada gota su energía, se pasaba a una selección por peso y grosor. Así se sabía cómo llover sobre un desierto, o sobre un bosque. Incluso sobre los mares, océanos y ríos. Llover sobre mojado.
—¿Por qué no lloviste mejor en ciertos momentos?
—No siempre he tenido la capacidad de poder elegir.
—Y el responsable soy yo. Estás diciendo eso.
La mirada del sabio bastaba para comprender, aunque el alumno estaba embebido en la teoría. Así que, guardándose el Universo de no mayores conflictos de los habituales, el maestro jardinero le propuso algo insólito:
—¿Por qué no baja?4
Ese era el miedo que Dios esperaba no escuchar y el sabio lo notó.
—¿Qué parte de todo lo que ve le es más querido?
Y Dios emitió el sonido de la indecisión. También el de la complacencia. Del mismo modo a cuando se contempla la paz.
—¿Una pista, tal vez?
Usó de nuevo Dios sus gafas para ver de lejos, aunque no se atrevía a confesar que se veía incapaz. Hasta que fijó su mirada en un punto de la tierra algo oculto. Muy pequeño y rodeado de sí mismo. En sí mismo un puro bosque. Jamás un verde así fue descrito con anterioridad. Parecía haber encontrado su lugar.
—¿Le gusta ese? Es uno de mis preferidos. Lo cuido casi a diario. No es bueno recargarlo. Se moriría con la mejor intención.
Dios se mostraba curioso y expectantemente.
—No veo a nadie.
—Mire un poco más hacia su izquierda.
—Sabio…
—Déjese de salidas bíblicas y haga lo que le digo, por favor.
Dios escrutó con otras gafas aún más potentes mandadas traer al arcángel de la lista de los sabios estelares, quien declinó la tarea en el pobre ángel despistado de la biblioteca. Como si no tuviese bastante con los libros. Claro, que se estaba mucho mejor junto a la pareja protagonista. Una vez tuvo las gafas, Dios acertó mucho más el sitio. Aunque por el momento a nadie se veía.
—Estará limpiando las hojas —añadió el regador.
—¿Quién? ¿Qué hojas? ¡¿Todas?!
—Usted las puso ahí.
El pupilo había envejecido de carácter.
—Mire, ahí está.
—Ya lo veo. Soy Dios, por mi amor.
—Mi Señor… déjeme decirle, lleva unos cuantos días viniendo aquí. Sabe lo que tiene que saber sobre el cuidado del agua. Entiende su ánimo y su carácter. Pero le propongo bajar a la tierra y se agarra a mis explicaciones. Nada es gratuito. Lo sabe.
Dios era desarmado de nuevo y da largos pasos como reflejo del nerviosismo que de Él se había apoderado. Mientras, el sabio esperaba. Una espera paciente que podía estar llegando a su fin.
—No sé de qué hablar.
El regador calló, Dios estaba completamente aterrado, todo calló; era él quien ahora no sabía de qué hablar. ¿Cómo se le podían haber acabado las palabras hacia el hombre? El sabio sintió una pena indecible. Y a la vez una no menor envidia. Aquel ser fue desde siempre la parte más amada por Dios. Y aunque no entendía muy bien la razón —más cuando los resultados lo evidenciaban—, su misión no era cuestionar. Ni tan siquiera pensarlo. Desde que él recuerda siempre había sido regador. Cuántas veces no había sudado para lograr una armonía viendo cómo al final el preferido la destrozaba. Por eso había acabado por centrarse en aquella diminuta joya; el único sitio en el que el hombre estableció una simbiosis perfecta con esas lluvias consejeras.
Dios se recluyó. Empleaba el tiempo en pasear por los jardines móviles e infinitos de sus aposentos. Cabizbajo, con paso lento y algo remolón, como si no le obedeciesen sus propios impulsos. Sus ayudas de cámara aconsejaron al sabio que le dejase descansar un tiempo, pues estaba meditando sobre todo lo vivido. Así parecía habérselo comunicado de manera expresa y literal a su ayuda de cámara de mayor confianza.
El sabio decidió seguir el consejo. Se sentía desbordado.
Pero un buen día, cansado de esperar, se dirigió hasta los dominios más íntimos. Los ayudas de cámara y la comitiva estelar que aguardaban para el desayuno quedaron pasmados ante aquel sabio pequeño, pues en altura no alcanzaba lo esperado. Una vez en las habitaciones, lo agarró con fuerza y aparecieron en el borde de la estrella.
—¿Qué le pasa? No me diga que tiene vértigo.
—¿Tampoco puedo tenerlo? Vaya maestro que me he buscado.
—No se lo tome a mal. ¡Pero es usted Dios!
—Mira…
—No hace falta. Sé que no ha tomado una decisión. Tal vez sea normal. Al fin y al cabo, todos merecemos un descanso.
Dios lo miraba pasmado.
—¿Ve ese monje de ahí?
El sabio calló y Dios aguardó una continuación.
—¿Escucha eso?
El sabio mandó traer las gafas de Dios de inmediato. Necesitaba que lo escuchase. Situó al Magnífico en dirección opuesta, observando a millones de kilómetros y le pidió escrutar el vacío. Entonces surgió. En mitad de un desierto; aquella figura sentada.
—Escuche ahora.
«Mi vid mira al sur.
Quieta.
Temerosa.
El norte ha cerrado su mano de agua.
Su corazón.
Las uvas que planté son ahora amargas.
Viejas.
Ando descalzo.
Qué vino beberé.
Las manos son surcos de piedra y frío.
Qué morada hallaré.
El tiempo cabalga tan aprisa.
Las mantas son comida del viento».
—Es hora de bajar y hablar con su hijo.
Y apareció en medio del jardín. Se agazapó para no ser visto. Tampoco es que hiciese falta, pues ante el monje era completamente invisible. Escuchó una leve sonrisa. Miró hacia el cielo, pero las gafas de precisión habían quedado en la casa estrellada. «Todos estarán observando», pensó. «Un momento. Veo sin problemas», se sorprendió.
El monje anduvo alrededor; su interés se enfocaba sobre una especie diminuta y frágil cuyo aroma era el preámbulo de la desaparición: según florecía, comenzaba una muerte anunciada: los destellos de color se diluían casi por arte de magia y una punzada aromática en la punta de la nariz se dejaba intuir durante no más de dos minutos.
El polizón permaneció quieto como un niño jugando a las tinieblas. El cenobita creyó percibir algo, una fuerza desconocida. Dios lo seguía con la cabeza y recordaba cuando se inmiscuía entre la gente. Como esa llama y su leña que acunan y aconsejan.
Todo se precipita. La velocidad de la luz aumenta cien millones de veces en el interior del visitante. Choca y reverbera como asteroide camicace. El interior y exterior se van materializando como crisálida de mariposa. Dios siente los ojos volver a la niñez, pero mantiene la edad de quien jamás alguna tuvo. Y desea moverse, reaprender a jugar mediante los instintos de quien está vivo.
El monje ve moverse algo entre las hojas. No se atreve a dar un solo paso.
—Háblele ya.
Susurra con la fuerza de los temporales el sabio. Ángeles y arcángeles secundan como trombones de infantería. Una brisa se apodera de las gargantas de ambos y, de improviso se ven. Al principio el monje cree estar ante un trozo de aire sobre todo translúcido. Quizá el bochorno a veces formado por la evaporación. «Pero las plantas no acostumbran a comunicarse entre sí tan alto a esas horas», piensa el anfitrión, ignorante de todo aquello. Por su parte, Dios comienza a musitar una plegaria. Quizá porque empieza a agradecer el acto y el impulso de aquel regador.
—…
Son los únicos intentos de comenzar una conversación por ambas partes. Uno siempre más rezagado que el otro, y el segundo siempre más confuso que el anterior.
—¿Desea algo? ¿Le ha pasado algo?
Pregunta inseguro el monje en su intuición.
—¡Háblele ya!
El regador ya no sabe cómo decírselo.
—Si prefiere le dejo solo para que vea las plantas.
Esperando que así sea, pues la visita continúa sin despegar los labios, sólo observa. Y cuando da media vuelta para continuar con sus labores del día, escucha un sencillo:
—Huele muy bien.
—¿Perdón? —pregunta el monje sin tenerlo muy claro.
Allí arriba saltan todos sin excepción en una especie de locura colectiva. Los más recientes, ignorantes del caso, se unen al grupo celestial inmenso que ya prepara himnos nuevos desempolvando algunos de los olvidados milenios atrás. Y todo a petición de aquel arcángel del principio y del sabio.
De una manera involuntaria ambos cuerpos se aproximan hasta pegarse de bruces con el aire que los separaba sin saber muy bien qué hacer.
—Huelen muy bien —repite Dios.
—Claro. ¿Conoce algo sobre las plantas? Quiero decir que si…
El monje sonríe como un tonto. Está tan emocionado de que no sea un asaltante y de que le gustase aquel olor.
—No sabe el tiempo que hace que no tengo una visita como la suya. En realidad, nadie viene. No es que le conozca, pero, ¿ha venido más veces por esta zona?
Dios nota cómo el gran cinturón que amarra sus ropajes se relaja.
Los olores cobran entonces una profundidad diferente para ambos.
—Qué raro, ¿verdad?
¿A qué viene aquella expresión? Aunque el visitante siente que es buena. En el cielo más cielo, descorchan a destajo botellas de licores añejos y cuelgan toda clase de guirnaldas y felicitaciones.
—Tendría que haber sido actor.
Asegura su ayuda de cámara de mayor confianza.
—¡Es Dios!, lo dice todo sin decir.
Exclama con lágrimas en los ojos el ángel que le acercó las gafas aquella primera vez.
—Un poco de respeto a nuestro Señor.
Sentencia un Judas Iscariote reciclado mientras ambos protagonistas acceden al interior del habitáculo de escasas dimensiones.
—Si desea puede descansar antes de irse.
El lugar apenas tiene un colchón sobre el suelo, una mesa apenas para él y una silla.
—Así está bien. Y llámame de tú, me haces mayor.
Una carcajada inmensa recorre el Universo. Incluso los agujeros negros son traspasados por un eco blanco incapaces de absorber.
Pero Dios aún desconoce su forma ante los demás. ¿Cómo le verán? Y ¿cómo se verá? Por más que lo intenta, sólo alcanza a distinguir una nebulosa de pies a hombros.
—¿Te gustan?
Sin intención alguna, el visitante se ha fijado en dos macetas junto a la pared.
—Son mis dos guardesas; creo que a Dios le hará gracia: alguien crecido necesitado de protección. Perdona, qué desconsiderado, parloteo y parloteo.
Sin necesidad de más disculpas, la visita le permite aquel trato sin el cual el anfitrión se siente perdido. Y en un arranque de euforia hace lo que mejor sabe: dos tazas de barro tosco y unas hojas de caléndula y menta en su interior.
La tarde pasa muy poco a poco. De ello se encargan desde arriba. Y a resguardo se mezclan el frío de la roca y el vaho del caldero.
El monje habla sobre serpientes y sombreros gigantes que esconden hasta la totalidad del Universo. También sobre el trabajo hecho a mano y en silencio.
Aquel lugar escucha.
Sin darse cuenta, al hombre le es permitido —al menos—, intuir aquella visita. Y Dios prefiere, entonces, despedirse. Se siente algo cansado, alega; y así es.
Décadas y décadas pasan en las que el monje aguarda a la visita una vez más. Como regalo dispone de todo el tiempo del mundo para agasajarla; un tiempo entre rezo y rezo, contemplación y contemplación. Hasta que una mañana de septiembre, aún cómoda para los huesos, ya no se levanta. Y es en el último nanosegundo de su vida cuando Dios se deja averiguar. El mismo nanosegundo en el que para Dios desaparece la nebulosa propia de antaño. Y volviendo toda la historia de su encuentro hasta el principio, ve que la nebulosa desapareció tiempo antes. Escruta como científico con las nuevas gafas encargadas y el momento se le revela con aquella taza de barro tosco.
¿Puede Dios olvidar al hombre?
[1] El amor y el Universo



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