
Textos de Carlos Diest Sánchez inspirados en ilustraciones de Jesús Cisneros
Traducciones al español – Carlos Diest Sánchez
NOSTALCHIA
L’hombre acaba d’arribar. Con a suya maleta negra. Con o suyo chapeu lisbonés. Como asperar no le fa mica goyo, deseguida se remescla con a chent que o saloc ha esfollanquiau dic’o parque. Los siente fablar como qui siente cayer a pluya: dende a distancia, dende o pasau siempre. No reconoixe a dengún. Ya no son els. Ni sisquiera os paixaros que fan pasas ent’o norte u as fuellas que l’aire fa bailar sobre o ciespe son os mesmos agora. Saluda educau e se’n va caricacho dimpués de comprebar que a ciudat an que fuez felices ya no existe.

NOSTALGIA
El hombre acaba de llegar. Con su maleta negra. Con su sombrero lisboeta. Como esperar no le gusta, enseguida se entremezcla con la gente a la que el jaloque ha arrastrado hasta el parque. Los oye hablar como quien oye caer la lluvia: desde la distancia, desde el pasado siempre. No reconoce a nadie. Ya no son ellos. Ni siquiera los pájaros que emigran hacia el norte o las hojas que el viento hace bailar sobre el césped son los mismos ahora. Saluda educado y se va cabizbajo tras comprobar que la ciudad donde fuisteis felices ya no existe.
PUENT
Siempre fa aire n’o puent. Siempre tien frío o río cuan lo cruzamos. Tamién hue, fa aire. Tamién hue, o río tien frío e nos refleixa despentinaus, inseguros. Nos fa goyo que mama nos agafe d’a maneta e nos leve ta l’atro costau, ta l’atra oriella. Tien o puent bel ixo de castiello, de muralla china. Cruzar-lo cada maitino ye una aventura. Bi ha machia en ixe pasar nuestro sobre l’augua enta atro mundo, en garroliar entre os mesmos estranios siempre e veyer a ixe sinyor que, asperanzau, arrulla a l’aire cartas d’amor. Ent’a eternidad. Enta garra cabo. Perdemés.

PUENTE
Siempre hace viento en el puente. Siempre tiene frío el río cuando lo cruzamos. También hoy, hace viento. También hoy, el río tiene frío y nos refleja despeinados, inseguros. Nos gusta que mamá nos agarre de la mano y nos lleve al otro lado, a la otra orilla. Tiene el puente un algo de castillo, de muralla china. Cruzarlo cada mañana es una aventura. Hay magia en nuestro pasar sobre el agua hacia otro mundo, caminar entre los mismos extraños siempre; ver a ese señor que, esperanzado, lanza al aire cartas de amor. Hacia la eternidad. Siempre en vano.
NORTIAR
En qué ausencia converchirán sarrios e paixaros? En qué dolor farán forcallo? Sigo puyando. Encara, siempre. Dillá d’an que creix o zaguer lárix de Gmelin. Dillá d’an que a saxifraga s’agarrapiza a la roca. 83 graus e 16 menutos norte. Astí dillá, dica an que paixaros e sarrios s’arrepunyen. Ya no puedo fer res més. Res més quiero ya. Només seguir. Ent’o norte. Encara, siempre. Dillá d’a desolación. Dillá de tot e de toz. Asinas ye esta ferida. Eterna. Inacabable. Asinas i soi yo agora. Desasperación. Angunia. En ixe no-puesto, fillo mío, te busco e grito. Encara, siempre. Nortiando.

NORTEAR
¿En qué ausencia convergerán rebecos y pájaros? ¿En qué dolor confluirán? Sigo subiendo. Todavía, siempre. Más allá de donde crece el último alerce de Gmelin. Más allá de donde la saxífraga se aferra a la roca. 83 grados y 16 minutos norte. Continúo. Hasta donde pájaros y rebecos se reúnan. Ya no puedo hacer nada más. Nada más quiero. Solo seguir. Hacia el norte. Más allá de la desolación. Más allá de todo y todos. Así es esta herida. Eterna. Inacabable. Así soy yo ahora. Desesperación. Angustia. En ese no-lugar, hijo mío, te busco y llamo. Todavía, siempre. Norteando.
ORIELLAS
Nos cuaca a saber-lo d’acostar-nos dic’o laco. Ye de buen estar siempre aquí. De primavera e agüerro, d’hibierno e verano, nos posamos chunto a l’augua, a monico, e contamos os peixes que i riden folganoz; u leyemos bel libro que crompemos cuan ninos. Bella vegada, de maitino, femos parola con os paixaricos. Los ascuitamos de buen implaz e atendemos as suyas sucherencias. O laco ye concietero, manimenos. Le fa coscolas amostrar-nos o refleixo d’a luna cuan o sol brila runflant en o cielo e agoya como un gato fuyidizo amagando os nuestros ricuerdos en o suyo silencio de sieglos.

ORILLAS
Nos gusta mucho llegarnos hasta el lago. Aquí siempre se está bien. En primavera y en otoño, en invierno y en verano, nos sentamos junto al agua, en voz baja, y contamos los peces que ríen perezosos; o leemos algún libro que compramos cuando niños. Algunas veces, por la mañana, charlamos con los pájaros. Los escuchamos con agrado y atendemos sus sugerencias. El lago es caprichoso, sin embargo. Le hace gracia mostrarnos el reflejo de la luna cuando el sol brilla ufano en el cielo y disfruta como un gato huidizo escondiendo nuestros recuerdos en su silencio de siglos.
GAVIA
Te’n levo ta palacio per o río, o nuestro río. Órdens d’o rei. Desobedeixer-las no serviría de res. Ricuerdo cuan nos conoixiemos. Yéranos ninos alabez. Me diciés o tuyo nombre e ridiés como a primavera. Agora, callas baixo o parasol e suenias. Suenias que yes luent, en atro tiempo. No trayes aixovar, només una gavia con un papirroi. Tamién o muixón suenia. Suenia que ye un peix royo e nada libre. No fablas. Sospeito que no tornarás a fablar nunca. Tapoco no yo. Yo me quedaré aquí, agora, en este río que acabas de crear en a mía memoria.

JAULA
Te llevo a palacio por el río, nuestro río. Son órdenes del rey; desobedecerlas no serviría de nada. Recuerdo cuando nos conocimos. Éramos niños entonces. Me dijiste tu nombre y reíste como la primavera. Ahora, callas bajo el parasol y sueñas. Sueñas que estás lejos, en otro tiempo. No traes ningún ajuar, solo una jaula con un petirrojo. También el pájaro sueña. Sueña que es un pez de colores y nada libre. Tú no hablas. Sospecho que no volverás a hablar nunca. Tampoco yo. Yo me quedaré aquí, ahora, en este río que acabas de crear en mi memoria.
CAIXICO
A una leugua d’o lugar, astí an que a sarra encomenza e o mont se torna bochudo e ferioso, se devanta, dende fa sieglos, o Caixico. Ye un árbol eterno, leyal, heraldico. Puyaus en os suyos camals, a catrinalla i chugamos a cucut. Dimpués, brendamos e seguimos redindo en ixe mundo selvenco e propio. Os nuestros pais e lolos s’estiman millor posar-se en os radigons e solaniar-se os días azuls d’hibierno. As nuestras voces los tornan t’a nineza e, sobén, cuan bella fuella lobulada se solta de l’árbol e se transforma en paixarela, ixa memoria suya deviene alabez asperanza.

ROBLE
A una legua del pueblo, ahí donde la sierra comienza y el monte se vuelve frondoso y abrupto, se levanta, desde hace siglos, el Roble. Es un árbol eterno, leal, heráldico. Subidos en sus ramas, la chiquillería jugamos al escondite. Después, merendamos y seguimos riendo en ese mundo boscoso y propio. Nuestros padres y abuelos prefieren sentarse en las gruesas raíces y tomar el sol los días azules de invierno. Nuestras voces los devuelven a la niñez y a menudo, cuando alguna hoja lobulada se suelta del árbol y se transforma en mariposa, esa memoria suya deviene esperanza entonces.
VIENTO
Tresmontana e Gregal, Saloc e Garbín. Como os ríos, tamién os vientos tienen nombre. E cauz. E curso. Muitas tardes, nos dixamos levar per a suya corrient. Remuscliaus descubrimos os presents e sospresas que amaga o suyo cabal infinito: as rusias colors d’a Berbería, as uloretas azuls d’a mar Hadriana, os ritmos atonals d’o Gran Norte. Cuan yera nino, soniaba que a Tresmontana me trayeba una ballena blanca, una nau negra o Gregal, una marimba o Saloc, un cantro de luz doradisca o Garbín. E me preguntaba, envacilau, qué tresoros nuestros portiaría l’aire a la chent d’ixas atras oriellas.

VIENTO
Tramontana y Gregal, Jaloque y Garbino. Como los ríos, también los vientos tienen nombre. Y cauce. Y curso. Muchas tardes, nos dejamos llevar por su corriente. Deseosos descubrimos los presentes y sorpresas que esconde su caudal: los incandescentes colores de la Berbería, los aromas azules del mar Adriático, los ritmos atonales del Gran Norte. Cuando era niño, soñaba que la Tramontana me traía una ballena blanca, una nave negra el Gregal, una marimba el Jaloque, un cántaro de luz dorada el Garbino. Y me preguntaba, fascinado, qué tesoros nuestros portaría el aire a la gente de esas otras orillas.
CIERVOS
Cuan teneba nueu anyos, vivié en una ciudat d’o estranchero. Yera una ciudat chiqueta e, malas que marchabas una mica, dentrabas n’o bosque, un telleral d’amables árbols blancos. Yera fácil veyer-bi ciervos. Saliba d’a escuela e, si m’espiguarda, astí bi yera, cabaciando con os ciervos. Bella tarde, en descubrié una familia: una fembra e dos crías. Os cervolins tetaban encara e a mai, que los teneba amagaus entre a vechetazión, iba totas as tardes, afayanada, a alimentar-los. Dimpués, se chitaban chuntos pa adormir. Yo rezaba per els, amonico, dica que veniba mi mai e me portiaba ta casa nuestra.

CIERVOS
Cuando tenía nueve años, viví en una ciudad del extranjero. Era una ciudad pequeña y, en cuanto caminabas un poco, entrabas en un bosque de tilos amables y blancos. Era fácil ver ciervos allí. Salía de la escuela y ahí estaba yo, charlando con los ciervos. Cierta tarde, descubrí una familia: una hembra y dos crías. Los cervatillos mamaban todavía y la madre, que los tenía escondidos entre la vegetación, iba cada tarde, solícita, a alimentarlos. Después, se acostaban juntos para dormir. Yo rezaba por ellos, en voz baja, hasta que venía mi madre y me llevaba a casa.
ELLA
Ella nos traye a pluya siempre. E muitas parablas que no conoixemos. Son polidas, a suya pluya e as parablas suyas, e per ixo tenemos limpia zocega si nunca fa tardada. Cuan arriba, nos vestimos con colors escarraclants e salimos t’o campo a recullir-la. Ella nos sonride chentil e con o suyo bateauguas promena a pluya que, como un tresoro, nos traye dende l’ahiere. Dimpués, delicadament, con ixa voz suya, acafetada e nocturna, nombra paixarelas e paixaros, árbols e flors. E as flors e os árbols, os paixaros e as paixarelas van naixendo ordenadament. Alavez, nusatros aplaudimos; estremolecius siempre.

ELLA
Ella nos trae la lluvia siempre. Y muchas palabras que no conocemos. Son hermosas, su lluvia y sus palabras, y por eso tenemos un desasosiego inmenso si alguna vez se retrasa. Cuando llega, nos vestimos con colores luminosos y salimos al campo a recibirla. Ella nos sonríe gentil y con su paraguas pasea la lluvia que, como un tesoro, nos trae desde el ayer. Después, delicadamente, con esa voz suya, ocre y nocturna, nombra mariposas y pájaros, árboles y flores. Y las flores y los árboles, los pájaros y las mariposas van naciendo ordenadamente. Entonces, nosotros aplaudimos; conmovidos siempre.



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