
Félix Jiménez López, Dasein Noche Niebla Invierno, Didot, 2025
Félix Jiménez
El Palacio de los Serrano de Ávila y la Biblioteca Musical Víctor Espinós (centro Conde Duque, Madrid) vieron recientemente el estreno de Dasein. Según el programa de mano, Dasein es un espectáculo musical y poético basado en la obra musical creada por Ramón Silles y los primeros once poemas del libro Dasein, noche, niebla, invierno, de Félix Jiménez. La recitación corrió a cargo del actor Ramiro del Pozo.
El título hace referencia al término que acuñó Martín Heidegger en su obra filosófica sobre el ser o el estar del hombre, ahí, en el mundo, arrojado a la vida. En estos poemas en prosa se abordan las inquietudes del ser humano con un poderoso ritmo interior. Se navega por la vida real contemplando los recuerdos, los sueños, las orillas de la costa habitada y la vacía, por el universo terrenal y el otro, guardián de la materia oscura del cosmos.
Sobre la contemplación del arte decía Kafka que “se trata de iniciar un acto de fe. No es necesario salir de casa. Quédate en tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, simplemente, espera. Ni siquiera esperes, permanece en silencio y el mundo vendrá a ofrecerse a ti para que lo desenmascares; no puede evitarlo. Extasiado se retorcerá ante tus ojos.” En estos poemas es necesario dejarse llevar por palabras cuyos significados vuelan por espacios de analogías, metáforas y símiles, personificaciones que unen mundos vegetales y minerales con seres temblorosos.
No se trata de seguir un argumento ni de mantener la atención para descifrar de inmediato los que subyace escondido en los versos. De igual manera que cerramos los ojos y seguimos el ritmo o el caracoleo de unas notas musicales que viajan por el pentagrama y acaban regresando al hogar del que salieron, debemos aguzar el oído y la vista para deslizarnos por los carriles del verso que nos acaba llevando a una estación término. Si nos detenemos a pensar o analizar una palabra, el tren se no escapa y tenemos que esperar de nuevo, volver al arranque y viajar de nuevo. En estos dos actos, la voz poderosa y firme del lector nos hizo cabalgar sobre los lomos de una música que conecta lo racional y lo irracional. El pianista y el narrador dialogan en un espectáculo abierto que sorprende a los espectadores poco acostumbrados a una partitura firme, contemporánea, suave y firme, aguda y apabullante.
Los espectadores, a veces atónitos y en otros momentos emocionados, se dejan llevar por la música y la voz del narrador, lector…, sacerdote que materializa la poesía. Poesía que el músico ha engarzado en las líneas del pentagrama. Cuando el final violento parece haber llenado la sala, avanza un instante de silencio en el que retumban las últimas vibraciones. Y antes de que la ausencia invada la sala vuelve la voz del narrador para cerrar con unos copos de nieve que caen sobre las conciencias. Y luego hay un tiempo dubitativo en el que el público permanece a la espera. Cada uno recuerda las palabras iniciales del acto, palabras de la poeta Chantal Maillard: «Escribo para que el agua envenenada pueda beberse.»
El aplauso final es un acto de liberación de los intérpretes y de los asistentes. Todos pueden beber y refrescarse de esa agua que ha limpiado durante media hora el espacio abierto a la literatura y a la música. Los aplausos finales y el coloquio ayudan a que el final de la tarde sea un poco más llevadero.




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