
Tina de Luis
La trampilla se abrió, los músculos se me tensaron como las cuerdas de una ballesta a punto de lanzar la flecha. Tras varias horas de espera, afloraba en mí el gladiador que irrumpe en la arena a ciegas, dispuesto a machacar a un rival sin rostro. Y, al igual que en él, la consigna de vencer o perecer luchando pendía de mi aliento. El primer axioma establecía el distanciamiento con la oleada del enjambre. Por suerte, me hallaba muy bien posicionada; una suerte fraguada por mí misma, claro está. A partir de esa premisa, la consecución del éxito dependería de una perspicaz gestión del tiempo, de la agilidad y de la astucia; lo ideal, una acertada combinación de los tres factores. Preferí dejar a un lado el raciocinio y actuar con el instinto y el coraje de un depredador acorralado. Sin apenas darme cuenta, me encontré en el centro de un inmenso círculo, del que arrancaban no pocos caminos. ¿Por cuál de ellos optar? Cabía la posibilidad de que todos condujeran a la meta, pero… ¿y si no era el caso? Pese a que la confusión y la perplejidad me perturbaban, no podía permitirme demoras ni para elegir. Eché un vistazo fugaz a los senderos, buscando un signo, distintivo o señal, que, lamentablemente, no hallé. Me lancé hacia el más cercano y galopé. Nada, absolutamente nada en el trayecto parecía relevante. Mi intuición me reiteraba que por allí no llegaría a los Trofeos.
Los Trofeos lo eran todo, razón más que suficiente por la que inmolarnos. Significaban honra, gloria y laureles. Tenía que conseguir el mayor número de ellos para alcanzar la victoria. Y eso… no resultaría sencillo. Dudé, me detuve, me di la vuelta, casi choqué con otro cazador. Por unos instantes, permanecimos el uno frente al otro: rígidos, expectantes, midiéndonos con la mirada. Me embalé de nuevo, me golpeé con dos ojeadores que corrían en dirección opuesta (la descartada por mí). Nos tambaleamos. Dolió. Retomé la frenética marcha sin mirar atrás. Me introduje como el rayo en un nuevo camino, pero mi inconsciente protestaba, o mi instinto, o mi “Pepito Grillo”… ¡A saber! Tales eran mis ansias de acortar distancias que ignoré sus advertencias. Tres intentos: tres fracasos. Las perspectivas en penumbra, la moral en declive y mi mente obnubilada y errática en un laberinto de desánimo. La intrepidez de mis piernas me llevó a una tercera vía. El reloj, implacable, no daba respiro.
En la nueva senda mi situación no mejoró, me vi atrapada por una avalancha de fanáticos impetuosos. La marabunta me arrastraba, yo me resistía. Me desplazaba, sin remedio, adherida a la desenfrenada horda. Los esfuerzos por zafarme de la masa me desestabilizaron; tuve que aferrarme al cazador más próximo. Me fulminó con la mirada y arrancó, iracundo, mi mano de su ropa. Por primera vez tuve conciencia plena de la impiedad del enjambre. El zarpazo de la depresión me desgarró, y lo más deprimente era que yo misma formaba parte de esa turba, no me diferenciaba de ella en absoluto. Todos, sin excepción, soltamos al monstruo que nos habita cuando las conveniencias nos embaucan. Me atropellaron, me pisotearon, me magullaron… Piernas impasibles y automatizadas deambularon sobre mi cuerpo. Me revolví, busqué un asidero. ¡Me icé!
Puesto que retroceder no era una opción viable, sino peligrosa, decidí avanzar junto a los cazadores. Después de todo, las tendencias populares son muy sabias y, puesto que la tendencia del momento fluía en esa dirección, seguro que era la correcta. No obstante, ¿qué Trofeos quedarían para mí cuando llegase al destino? Demasiada ansiedad, demasiados rivales, demasiada presión… Entre la dificultad de la batalla y mis previsiones mediaba un universo, lo que me obligó a considerar el triunfo pleno una utopía, pero no me hizo renunciar a mi entusiasmo ni a mi empeño.
Llegué a la antesala del Edén; que nadie me pregunte cómo, porque no sé lo que hice (desgarrones, arañazos, contusiones). Los muros de Jericó se derrumbaron ante mis pupilas, al son de trompetas delirantes. Al fondo estaban Ellos. Palpitantes y espléndidos Trofeos, reluciendo en sus anaqueles; enmarcados por rótulos y luces resplandecientes. La tentación en bandeja. Me abalancé hacia el primero en deslumbrarme. Mis manos se volvieron seda para tocarlo. Lo contemplé con embeleso. A punto de estrecharlo contra mi pecho, una garra peluda (que no mano) lo enganchó. Lo apreté con ahínco: «¡Es mío! ¡El me eligió!», grité. Unos ojos hundidos, pérfidos, burlones y amenazantes se clavaron en los míos. Los dos tirábamos con frenesí. El Trofeo se me escurría de las manos, me lo arrebataba. Se lo apropió y corrió más rápido que Usain Bolt en los cien metros lisos, en Berlín. La nada se lo tragó. Enrojecí de ira y aprendí lo que no estaba escrito: el combate desleal. Desterré los lamentos y endurecí mi estrategia. No solo participaba yo, también mi honor y mi reputación formaban parte del juego. Me precipité hacia un nuevo Trofeo. Otra disputa, otra melange de pisotones, patadas en la espinilla, pellizcos y golpes bajos, pero esta vez me lo quedé.
La lucha se desinfló cuando los Trofeos se extinguieron. El gozo me desbordó y sonreí triunfal; me hallaba en posesión de tres. Nadie me tildaría ya de fracasada. Exuberante y con mi orgullo enhiesto, volví a mi hogar. A falta de resuello, me tocó subir a gatas el último tramo de escaleras; no sin antes permitirme un breve descansó para recrearme en mis espléndidos Trofeos:
—Una resistente cuerda de alpinismo, tirada de precio. Todavía no se me había ocurrido una aplicación para ella, habida cuenta de que yo no había practicado la escalada en mi vida, ni creía que a mis cincuenta y siete años me apeteciera iniciarme. Seguro que me venía bien para improvisar algún regalo; conste que no encontrarían otra de calidad superior.
—Un chollo de bañera retro, divina de la muerte —que tendría que camuflar en alguna esquinita del apartamento—, por si algún día decidía remodelar el minicuarto de baño. Es que era tan mona…
—Por último, ¡dos docenas de calzoncillos de algodón! Estaban, nada más y nada menos, al ochenta por ciento de descuento. De la talla XL, eso sí, pero como en mi intención estaba echarme un novio bien fornido…
Como balance final, fue una inmersión en las rebajas, en plena cuesta de enero, medianamente aprovechada. Lo primordial es que no volví con las manos vacías. Además, aprendí una lección magistral: tengo que entrenar con más método y constancia porque, antes de que queramos darnos cuenta, llegarán las Mid season sales y entonces… Entonces será otra cosa.



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