
Carlos Fernández González
En una reciente escena presenciada en la biblioteca pública de Valdemoro Ana María Matute, un niño de unos 10 años se fija en un cómic de la sección infantil con el deseo de llevárselo a casa. Su madre le dice que elija otro tipo de lectura, no esa «tontería». A punto estuve de intervenir, pero uno, que se tiene por prudente, no dice nada. ¡Pero qué pena me causó la frustración del niño! Los tebeos han sido siempre una magnífica entrada para la infancia en el mundo de la lectura. Desde muy pequeño, las lecturas desternillantes de Mortadelo y Filemón fueron parte muy importante de mi diversión. De Mortadelo y Filemón, de Super López, de Pepe Gotera y Otilio, del Botones Sacarino, de Rompetechos, de Zipi y Zape, de Astérix, de Mafalda, de Lucky Luke, de Tintín… Daba cuenta de cualquier tebeo que cayera en mis manos. Ya con más años, en la adolescencia o ya pasada, del Víbora, de Creepy, de Tótem, de Conan el Bárbaro, de los superhéroes de Marvel… Y uno sigue conociendo y llega Moebius, llega Maus, llega Persépolis, el cómic francés, el belga, el underground americano… En los últimos años, mi acceso al mundo del cómic ha sido principalmente a través de la biblioteca Ana María Matute, donde tienen una muy digna colección de unos 2000 ejemplares y que, por lo menos a mí, me ha servido para seguir conociendo autores y obras: por nombrar algunos, El eternauta, los libros de Paco Roca, los de Guy Delisle, los de Alan Moore, los de Charles Burns, Bone (¡qué bien está esa serie!), y tantos otros. A partir de la lectura de uno de estos pude conectar el mundo del cómic con el de los libros antiguos, que es a lo que uno se dedica en su vida profesional. ¿Cuándo empezó la unión de imagen y texto para crear una narración? ¿Cuándo se empezaron a utilizar las viñetas? Ese interés me llevó a publicar en mi blog personal y de investigación el texto que aquí voy a reproducir con ligeros cambios, y que espero que resulte interesante.
La idea de esta entrada surge a raíz de leer un cómic de Scott McCloud titulado Understanding Comics: the Invisible Art (en español publicado como Entender el cómic: el arte invisible. Bilbao: Astiberri, 2007). Magnífica obra que todo buen aficionado a este arte debería conocer. Se trata de un tratado teórico hecho en forma de tebeo que intenta definir lo que es un cómic, cómo se hace, qué herramientas de comunicación con el lector utiliza y por qué hay que considerarlo como un tipo de arte a la altura de cualquier otro. Al principio de la obra hay un breve repaso por lo que el autor cree que fueron los antecedentes del cómic. Nombra el códice precolombino que narra la epopeya del héroe Ocho Venado “Garra de Tigre”, aunque en este punto no está demasiado acertado pues uno no sabe a qué códice exactamente se refiere ya que todos los conservados cuentan la historia de este antiguo gobernante mixteco. En su búsqueda de narraciones secuenciales mediante dibujos también nombra un ejemplo egipcio, las pinturas murales realizadas para la tumba de Menna. Como él mismo dice, habría que revisar muchos tipos de representaciones artísticas del mundo antiguo en las que puede haber algo que podría ser considerado como antecedente del cómic o arte secuencial en viñetas. En nuestra tradición hispánica, ya en época medieval, tenemos sin ir más lejos las Cantigas de Santa María, donde las miniaturas suponen una narración paralela en imágenes al texto.

Ya en la época de la imprenta McCloud trae a colación un ejemplo de grabado xilográfico en el que mediante viñetas se cuenta la historia de San Erasmo y sus torturas; se trata este de un grabado alemán anónimo realizado hacia 1460. McCloud podría haber traído más ejemplos dentro de la imprenta antigua en los que mediante viñetas bien separadas se narra una historia. Por ejemplo, el grabado calcográfico conocido como “Virgen del Rosario” de fray Francisco Domenech realizado en 1488, cuyo original se conserva en la Biblioteca Real de Bélgica y del que la Biblioteca Nacional de Madrid tiene un ejemplar de una reedición del siglo XIX.
La Biblia pauperum, una biblia para el vulgo en la que mediante imágenes acompañadas de texto se cuentan la vida de Cristo y episodios del Antiguo Testamento, conoció desde la época incunable numerosísimas ediciones. En esta obra, incluso aparecen bocadillos que salen de las bocas de los personajes para expresar algo y, aunque se suele citar a los humoristas ingleses del siglo XVIII como los creadores de este recurso, quizás fue esta la primera ocasión en que se utilizó. Recuerdo otros grabados utilizados por la imprenta manual en los que hay filacterias con texto interior saliendo de la boca de los personajes representados. Se trata, por tanto, de un recurso utilizado desde época muy antigua en la imprenta.

Otro libro que conoció muchas ediciones en la Europa del siglo XVI es el Libro de las suertes, originalmente creado por Lorenzo Spirito (Libro de la ventura, en italiano), obra que se adentra a modo de juego en el mundo de la adivinación del futuro y en el que se suceden los grabaditos en viñetas. ¿No hace esto pensar en las cartas del tarot? El tarot construye historias a partir de personajes y figuras. A propósito de esto traigo una cita de Italo Calvino en su introducción a El castillo de los destinos cruzados, libro de relatos fantásticos construidos a partir de las cartas del tarot: «¿cuál es el equivalente contemporáneo del tarot como representación del inconsciente colectivo? Pensé en los tebeos, no en los cómicos sino en los dramáticos, de aventuras, de miedo, gángsters, mujeres aterrorizadas, naves espaciales, vampiros, guerra aérea científicos locos. […] Algunas personas salvadas de una misteriosa catástrofe se refugian en un motel semidestruido, donde solo ha quedado una hoja de periódico chamuscada: la página de los tebeos. Los sobrevivientes, que han perdido el habla por el miedo, cuentan sus historias con ayuda de las viñetas, pero no siguiendo el orden de cada tira, sino pasando de una a otra en columnas verticales o en diagonal […]».
También tenemos las aleluyas, obras creadas para el consumo popular, forma de literatura de cordel nacida en la Francia del siglo XVI de temática variada y que tuvo su mayor auge en los siglos XVIII y XIX. Se las considera un claro precedente de la historieta. Una de las mejores colecciones de aleluyas españolas es la que se guarda en la Fundación Joaquín Díaz en Urueña, pequeña localidad vallisoletana, dispuesta hace años como Villa del Libro (numerosas librerías de viejo y un museo del libro, además de varios museos). En la Biblioteca Cervantes Virtual la Fundación cuenta con una página propia en la que se pueden leer más de mil de estas aleluyas de una forma muy original y práctica, con una lupa que va pasando sobre ellas.
Sin intención de ser exhaustivo en este asunto porque esto no tendría fin, aporto otros datos sobre libro antiguo y cómic. La primera novela gráfica, novela en imágenes con texto, parece ser que fue Lenardo und Blandine de Joseph Franz von Götz, impresa en Augsburgo en 1783. El considerado en el mundo anglosajón (el que más se ha ocupado de la historia de este arte) como padre del cómic moderno por su gran parecido a la forma actual del tebeo, es Rodolphe Töpffer, quien a partir de 1829 empezó a publicar álbumes en los que combinaba caricaturas en viñetas y texto. Después, en los últimos años del siglo XIX, llegarían los primeros cómics propiamente dichos creados por la prensa estadounidense. Hay más obras (no solo del ámbito literario, también de la pintura) en las que combinación de imágenes y texto podría considerarse un antecedente de la historieta moderna, pero con las traídas aquí es suficiente para demostrar lo antiguo de este recurso de expresión artística.
Y, por favor, dejen a las niñas y a los niños leer cómics.


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