
Joaquín Marco Sanz
Llevan ya tres semanas en el pueblo y todos los días ha aparecido un nuevo familiar o vecino para saludar. Ella cuenta que lejos del calor de la ciudad duerme toda la noche y está mucho más descansada; él explica que ha contratado internet en la casa y trabaja como en el despacho. Todos sonríen y dicen que qué bien; nadie les pregunta más y ellos no comentan que están siempre nerviosos e irritables, que a ella le agotan esas visitas, que a él le exaspera el roce diario con su suegra.
Por las tardes, cuando baja el sol, pasean hasta el río. Es siempre el mismo recorrido y él sugiere decidir otro distinto. Aunque no tengan tanta sombra y bancos, hay otros caminos en el pueblo; pueden también ir a donde sea con el coche. Se sorprende cuando ella propone acercarse hasta el santuario.
Se acuerda de cuando fueron a la ermita en el monte, en sus primeros meses como pareja, y sonríe mecido por la nostalgia. Subieron el día de la romería con Fran y Adela y no dejaron de reír en todo el viaje (¿no era siempre así en esa época?), sobre todo cuando Adela contó lo de la capilla de Nuestra Señora de la Buena Muerte. ¡Qué gracia pensar en la gente rezando por la forma de morirse!
Ahora siente por un momento un pinchazo frío que vuela con las imágenes de ese día. Se rieron por lo feo que era el edificio por fuera y por dentro; se rieron sin duda de esa imagen de la Virgen de la muerte, que no recuerda en absoluto. Luego se sumaron a una comida que se prolongó hasta el anochecer y regresaron al pueblo peligrosamente bebidos. ¿Han vuelto a ir desde entonces?
Al día siguiente él conduce hasta el santuario de Santa Librada. Han arreglado la carretera y hay señales indicadoras en todos los cruces que no saben cuándo han puesto. Se encuentran con una zona de aparcamiento marcada, mesas de madera nuevas, contenedores, también un aviso que prohíbe usar las parrillas para hacer fuego. No hay nadie más y ella recuerda haber oído que ya casi nadie acude a la romería ni se queda luego a comer.
Caminan un poco por los alrededores. Desde el alto de la ermita se ven arbolillos achaparrados en las laderas, campos labrados, el pequeño caserío de Villejas… Ella señala un rebaño a lo lejos y comenta algo sobre los últimos pastores que él no llega a entender, está pensando que el paisaje está desnudo y vacío.
Se acercan al edificio, un mazacote de piedra y ladrillo con un mínimo de decoración; naturalmente está cerrado. Han colocado también un panel informativo cerca de la puerta y él lee en voz alta que el conjunto es obra del siglo XVII y que incluye la vivienda del ermitaño, cuadras y habitaciones para los romeros. Mientras recita los detalles arquitectónicos del interior le sorprende ver que un automóvil para junto al suyo.
Cuando bajan del coche, ella cataloga a los recién llegados como un matrimonio de profesores y un cura. El último parece estar haciendo también la lectura del panel a sus acompañantes mientras se dirigen a la puerta del templo. Cuando pasan ante ellos y les saluda (voz de cura piensa ella), les invita a visitar el interior mientras, como para añadir una aclaración, les muestra una llave en la mano.
Esperan unos segundos para entrar y procuran alejarse del otro grupo porque sienten que es lo más correcto. Mientras el sacerdote sigue su perorata cerca del altar, miran desde la entrada la decoración blanca y verde de los techos, los capiteles con guirnaldas, la imagen central del retablo, copia de una románica robada hace años.
Ella se apoya en el brazo del hombre y los dos avanzan un poco en la penumbra. Él le pregunta si tiene frío y cuando ella contesta que no, que solo le molesta un poco el olor a cerrado y a polvo de la iglesia, le aprieta un momento la mano en un gesto de ánimo. Lo repite en la siguiente capilla, cuando se encuentran con la escultura. No han mencionado esa vieja historia, pero él señala la estatua y la llama la Virgen de la Muerte; ella corrige que el nombre es Nuestra Señora de la Buena Muerte.
La figura está colocada de lado sobre un armazón cubierto con una sábana con encajes. Es solamente una cabeza, como de muñeca, sobre una pequeña almohada; tiene los ojos cerrados, boca sin expresión, una larga melena de rizos castaños que se extiende con simetría a los lados y lleva una gran corona de metal. Salvo las manos, cruzadas sobre el pecho, el cuerpo es informe, quizá inexistente, cubierto con un vestido azul con estrellas y un pañuelo blanco con rosas bordadas sobre los hombros que cae hasta más debajo de la cintura.
Él piensa que esa muerte no es en un hospital, con esa cama que más parece una mesa y ese vestido de gala. Ella piensa que no es de cáncer, con ese cabello largo y esos labios tersos. Siguen parados ante la escultura no saben bien cuánto tiempo; quizá lo suficiente para llamar la atención, porque cuando él hace una broma sobre dormir con la corona puesta, se sobresaltan al escuchar al cura, que se ha acercado sin que se dieran cuenta.
Explica que es la dormición de la Virgen. Cuenta que es dogma que nuestra madre María concluyó su vida terrenal sin tener ninguna enfermedad ni sentir dolor, rodeada de los apóstoles; que por ello los feligreses le encienden velas para pedir la gracia de una muerte parecida, sin sufrimiento, en gracia de Dios y rodeados de sus seres queridos. Señala un candelario a un lado de la escultura en el que no habían reparado, una fea estructura de metal sucia de cera, casi todas las velas están consumidas.
Ella comenta que por qué pedir no sufrir solo en el momento de la muerte, su tono es cáustico y sin embargo el religioso parece no advertirlo. Apunta con el brazo hacia el altar mayor y presume de los innumerables favores y milagros concedidos por la patrona. ¿También la imagen actual, un sustituto postizo?, insiste ella. Ahora sí que el sacerdote tuerce por un momento el gesto, pero asegura que desde luego; se explaya un poco sobre la merced divina hasta que uno de sus acompañantes lo llama. Cuando se aleja, ellos continúan hasta el altar.
A la izquierda hay una vieja fotografía de la escultura principal; la ampliación y el contraste le hacen pensar a él en una radiografía. Entiende que es la figura auténtica, la robada, y se esfuerza en encontrar diferencias con la colocada ahora. ¿Si es igual, qué hace que no tenga valor para robarla también?, ¿conserva su santidad, como dice el cura?, ¿la tenía antes?
En el lado derecho está montada a modo de exposición una pequeña colección de exvotos. Ella no sabe darles nombre a esos objetos extraños y desparejos; hay alguna medalla de metal, emblemas bordados, un par de figurillas de brazos, placas… objetos a los que une la fealdad y la vetustez. Salud recobrada, lee en un azulejo descolorido.
Los dos miran con atención la triste muestra. Hay el asomo de un gesto, una frase que no llega a decirse. Siguen recorriendo la nave del templo, ahora sin detenerse.
El cura les pregunta si quieren subir al coro junto a la otra pareja. Otra mirada de duda; él se suma al grupo, ella prefiere sentarse en un banco. Palabras sobre la rica verja decorada, lamentaciones sobre la carcoma que está dañando las vigas sin que se ponga remedio.
Él señala que su mujer le espera fuera y se despide dando las gracias. Sin embargo, los demás aún le llegan a ver cuando bajan un minuto después y les vuelve a decir adiós desde la entrada.
El párroco sigue con su visita guiada un poco más, se explaya en la historia y tradiciones del lugar, lamenta su situación de abandono. Cuando sus acompañantes salen también, se demora un poco más para arrodillarse ante el altar antes de cerrar la puerta. Se marcha sin fijarse en una solitaria vela encendida en la capilla de la Virgen de la Buena Muerte.
Ellos ya están de regreso a la casa del pueblo, el coche rueda por la carretera y guardan silencio.


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