
Felipe Díaz Pardo
Si bien, como todos sabemos, el género en el que destacan los miembros de la generación del 27 es el de la poesía, algunos de sus integrantes cultivan otras formas literarias de expresión.
Muchos de ellos se dedicaron profesionalmente al mundo universitario, lo que incide en la producción de textos ensayísticos, a los que cede el protagonismo la novela, aunque alguna obra narrativa se escribe. El teatro —como ya hemos visto en el anterior número de la revista— también es objeto de atención por autores como Lorca, Alberti o Salinas. De hecho, sufre una renovación formal de la mano del primero, entre otros, en una época en que aún está vigente el teatro comercial de finales de los años 20 y siguen predominando las comedias al estilo de Benavente, el teatro poético, las piezas cómicas y los espectáculos musicales.
Como acabamos de decir, en estas primeras décadas del siglo XX, la novela cede el protagonismo literario al ensayo, género en el que muestra un extraordinario relieve la figura de José Ortega y Gasset. Por otra parte, el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza, de gran influencia entre los escritores del 27, se mantiene vivo entre los pensadores de la época.
Dada la condición de que varios de estos poetas –Salinas, Guillén, Alonso, Cernuda– fueron destacados profesores universitarios, realizaron importantes estudios de la materia. Haciendo un balance general, cabe mencionar en este terreno los trabajos de Pedro Salinas sobre literatura española clásica como, por ejemplo, el titulado Jorge Manrique: tradición y originalidad, y sobre literatura contemporánea, como los ensayos recogidos en Literatura española del siglo XX.
De la ensayística de Salinas también extraemos ideas suyas sobre la lírica. Para él, la poesía es una experiencia personal, única e individual, que el artista aspira a transmitir luego a los demás, sin calcular si estos son minorías selectas o grandes mayorías, tal y como lo explica en uno de los ensayos incluidos en su colección El defensor (1948).
Por otra parte, Salinas fue uno de los mejores epistológrafos españoles, como lo demuestra la Correspondencia (1923-1951), intercambiada con Jorge Guillén, publicada en 1992. Esas cartas reflejan la personalidad diferente de cada uno de los dos amigos: la vivacidad, la sociabilidad y la iniciativa de Salinas contrastan con el talante sosegado, meticuloso y absorto de Guillén.
Jorge Guillén fue también autor de numerosos ensayos, como “Federico en persona”, que encabeza, a modo de prólogo, las Obras completas de García Lorca en la editorial Aguilar, y las incluidas en Lengua y poesía. Son también de gran interés los trabajos que se recopilaron en El argumento de la obra (1969), por los comentarios que hace en ellos de su propia poesía.
Dámaso Alonso fue otro de los grandes ensayistas del 27. Gran conocedor de la literatura española del siglo de Oro y, particularmente, de la poesía de Góngora. De él son importantes estudios sobre literatura española. Según él mismo dirá, esos trabajos “llevándome por muchas sendas espirituales, me servían para encubrirme mi vital aflicción, me valían para distraerme haciéndome trabajar mucho”. En 1972 comenzaron a publicarse en la editorial Gredos sus Obras completas, de las que han aparecido diversos volúmenes. Especialmente interesante resulta, por ejemplo, el estudio que realizó de las Soledades, del poeta cordobés. Y es que Dámaso Alonso fue, fundamentalmente, un filólogo y catedrático al que se debió después en 1926 la rehabilitación de Góngora, junto con sus compañeros de generación, y luego la creación de la escuela estilística española con su admirable libro Poesía española. Ensayo de métodos y límites estilísticos (1950). A Alonso le debemos también, como teórico de la literatura, la distinción en la lírica de posguerra, entre “poesía arraigada” y “poesía desarraigada”.
Luis Cernuda también cultivará el ensayo literario, sobre todo durante el exilio, con títulos como Estudios sobre poesía española contemporánea (1957), Pensamiento poético en la lírica inglesa (1958), Poesía y Literatura I (1960) y Poesía y Literatura II (1964).Más tarde, en 1970, otros estudios, que Luis Cernuda consideraba “cosas viejas” sin interés, fueron recopilados bajo el epígrafe de Crítica, ensayos y evocaciones. Eran dos ensayos sobre Aleixandre, de los años cincuenta, otro sobre Juan Ramón Jiménez, de 1942, y otros ensayos aparecidos en la revista Cruz y Raya. Bécquer, Rosalía de Castro, Campoamor, Machado, Unamuno, los poetas del 27 y otros más jóvenes como Leopoldo Panero, Luis Rosales, o Vivanco son autores a los que dedica parte del primer libro citado. En los últimos ensayos combina autores extranjeros y españoles, clásicos y modernos, lo que da cuenta de la amplitud de su mirada crítica y literaria. De Cernuda se puede decir que la crítica literaria, al menos en parte, obedece a un esfuerzo para educar la sensibilidad del público, y hacerle comprender la propia poesía.
En el campo del ensayo también se deja sentir la influencia del vanguardismo en una época en que la figura dominante en el género era, como hemos dicho más arriba, la de Ortega y Gasset. Así, una figura cercana al círculo de los del 27 como fue Rosa Chacel, colaboró con breves ensayos en las páginas de la Revista de Occidente, aunque será en el exilio cuando muestra su talento ensayístico. Es el caso de María Zambrano, mujer del 27 también, quien, fuera de España tras la Guerra Civil, se revelará como una de las figuras más importantes de la filosofía española del siglo XX. Fue también discípula de Ortega antes de la Guerra Civil, y en su larga obra del exilio escribió obras como Pensamiento y poesía en la vida española (1939), Filosofía y poesía en la vida española (1939)o El sueño creador (1965). En sus libros, además de la literatura y la filosofía están presentes la política, la sociología, la psicología, la religión y el arte.
Además del ensayo, propiamente dicho, hay que destacar otros subgéneros como el de las memorias, las cartas o los retratos literarios. Al género epistolar hemos aludido antes al mencionar la correspondencia cruzada entre Jorge Guillén y Gerardo Diego. Por lo que respecta al último tipo de texto, cabe mencionar el volumen titulado Imagen primera de… (1945), en donde Rafael Alberti recogió diversas semblanzas de escritores y artistas a los que conoció y trató: Lorca, Juan Ramón Jiménez, Machado, Valle-Inclán, Unamuno, Picasso, Falla, Ortega y Gasset, etc.
Pero donde la prosa de Alberti destaca es en las memorias, con La arboleda perdida, quizá la muestra de este género más brillante en la historia de la literatura española y una obra fundamental para conocer la vida del poeta, así como los avatares y la cultura del siglo XX. En ella, al poeta gaditano, cuando empieza estas memorias en la treintena, el impulso por rememorar le lleva a intentar recuperar, desde el exilio, un espacio y un tiempo idos, que perviven de manera fuerte y determinante. Su mujer, María Teresa León, también se sumó al cultivo del género autobiográfico con el interesante libro de recuerdos, Memoria de la melancolía (1970).
Algún otro miembro del 27 cultivó el género memorístico y biográfico. Es el caso de Manuel Altolaguirre, que escribió un interesante libro de memorias, titulado El caballo griego y una biografía de Garcilaso de la Vega. Rosa Chacel, por su parte, contribuyo al género con sus memorias desde el amanecer (1972) y con sus diarios íntimos en tres volúmenes con el título general de Alcancía (1982, los dos primeros; y póstumamente, en 1988, el tercero).
Por último, y para cerrar este apartado de subgéneros en prosa, citaremos la traducción literaria, campo en el que también trabajaron algunos poetas del 27, tanto a la hora de traducir poesía como prosa, dando así a conocer en nuestro país a importantes autores extranjeros. Pedro Salinas tradujo del francés la magna obra narrativa de Marcel Proust, En busca del tiempo perdido. Jorge Guillén hizo lo mismo con el largo poema del francés Paul Valéry, titulado El cementerio marino. A Dámaso Alonso se le debe la primera versión en español del Retrato de un artista adolescente, del irlandés James Joyce. Luis Cernuda tradujo a diversos poetas clásicos y románticos ingleses y alemanes, como Hölderin (Poesías) y Shakespeare (Troilo y Crésida). Y Manuel Altolaguirre fue autor de diversas versiones al español de poetas románticos ingleses. Entre las mujeres del 27 citemos, por ejemplo, la labor en este terreno de Ernestina de Champourcín, quien tradujo, entre otras obras, El dios escorpión: Tres novelas cortas, de William Golding;la antología Obra escogida, de Emily Dickinson; o Cuentos, de Edgar Allan Poe.
La prosa de ficción no fue, precisamente, el punto fuerte de los poetas del 27. Tan solo alguno de ellos, como Pedro Salinas, se interesó por el género. Este fue autor de dos libros de relatos breves, Víspera del gozo (1926) y El desnudo impecable (1951) y de una novela, La bomba increíble (1950), en la que llevó a cabo una apasionada defensa de los valores eternos de la humanidad y en la que muestra su preocupación por una posible hecatombe nuclear, tema que le obsesionó al poeta desde el lanzamiento por los norteamericanos de la bomba atómica sobre Hiroshima, en 1945. Salinas planteaba un dilema un tanto paradójico, al proyectar en ella el horrendo exotismo que le producía el materialismo estadounidense y su preocupación por el futuro de las sociedades occidentales. La obra es en sí un experimento sin personajes principales, tramas definidas –-más allá de la mera bomba– y, no obstante, claramente narrativa y con hermosos momentos líricos, como era de esperar.
En cuanto a las mujeres del 27, que llevamos citando y que últimamente se encuadran bajo el título de las Sinsombrero, María Teresa León, Ernestina de Champourcín y Rosa Chacel mostraron más dedicación a la narrativa. La primera fue autora de diversos volúmenes de relatos, entre ellos el volumen Cuentos de la España actual (1937); Ernestina de Champourcín escribirá la novela La casa de enfrente, de corte vanguardista; pero será Rosa Chacel la novelista más representativa de la generación. Su primera novela, Estación. Ida y vuelta (1930), de carácter experimental, se sustenta en un monólogo introspectivo de la escritora vallisoletana. Su acción es mínima, se le concede gran importancia al lenguaje metafórico y muestra un tono ensayístico e intelectual. Rosa Chacel escribe gran parte de su obra en el exilio, pero, a diferencia de otros transterrados, no hay en su literatura ni el compromiso político ni el tono dolorido y angustiado del destierro, sino que sus libros continúan el proceso de indagación intelectual en ambientes y psicologías de personajes característicos de quien, desde su juventud, fue fiel seguidora de las ideas orteguianas. Así, puede advertirse cierto carácter ensayístico también en su novela Memorias de Leticia Valle (1945), sobre el despertar erótico de una adolescente. Novela aún más intelectual es La sinrazón (1960). Su interés por el recuerdo y la memoria está presente en la trilogía novelesca de corte autobiográfico, integrada por Barrio de Maravillas (1976), Acrópolis (1984)y Ciencias Naturales (1988). La autoexigencia intelectual y literaria de Rosa Chacel da como resultado una prosa muy elaborada y un exquisito cuidado en la construcción de sus textos, cuya base estructural suele ser la división en secuencias del discurso narrativo, con frecuentes elipsis que, a veces, proporcionan un cierto carácter cinematográfico al relato.
Como en los demás géneros, otros autores que bien pudieron engrosar también la lista de la generación del 27 formaron parte del panorama de la narrativa, tanto antes como después de la Guerra Civil: Ramón Gómez de la Serna, Corpus Barga, Max Aub, Francisco Ayala, Ramón J. Sender, etc. El género se desarrolló, en principio, en torno a dos vertientes fundamentales: intelectual y popular. En años posteriores, derivará hacia la experimentación y el compromiso social.



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