
(1761 – 1845). Litografía de 1824. Musée Carnavalet, Histoire de Paris. Licencia CC0.
Juan José Jurado Soto
CUENTO
El origen de la palabra cuento está en el término latino compŭtus, que significa “cuenta” o “cálculo”, derivado de computare (“contar”, “calcular numéricamente”). Inicialmente tenía un sentido matemático: el término se utilizaba para referirse al cómputo de objetos o números. Con el tiempo, pasó a enumerar hechos. Narrar un cuento se entendía como «enumerar» o efectuar un recuento detallado de acontecimientos. De esta forma, el concepto de «contar» fue de los números (enumerar objetos) a los sucesos (enumerar o relatar hechos). Finalmente, la palabra cuento se asentó en el ámbito literario para designar, tal y como dice la Real Academia Española (RAE) en su primera acepción, a la “narración breve de ficción”. Algunos de sus sinónimos son: narración, relato, fábula, parábola.
Esa raíz compartida es la razón que explica por qué en español usamos el mismo verbo “contar”, tanto para la acción de realizar operaciones matemáticas como para la de relatar una historia. Pero el término cuento sigue hoy muy unido a las matemáticas. Existen palabras en nuestro vocabulario que comparten su mismo origen, como: computadora (“aparto que sirve para realizar cálculos matemáticos”), cómputo (“cálculo”, “cuenta”) y computación (“cómputo”).
Se llaman cuentas a los elementos que se ensartan en un collar, porque históricamente se usaban en objetos religiosos, como el rosario, para llevar la cuenta de las repeticiones durante prácticas espirituales o de oración. Derivado de esta función práctica de contar, el término pasó a definir a dichas piezas perforadas.
Antiguamente, también se usaba la palabra cuento con el significado de “un millón” y cuento de cuentos, para referirse a “un billón”. Asimismo, un cuento de cuentos, hace referencia a una “noticia difícil de explicar por estar liada con otras”.
Cuando decimos que vamos a Tener en cuenta a alguien o algo, nos referimos a que lo tomamos en consideración, le prestamos atención y no lo olvidamos. En la Edad Media, cuenta se usaba principalmente en el sentido de registro numérico, especialmente en contextos comerciales y administrativos. “Llevar las cuentas” era literalmente anotar y controlar datos importantes en un registro, esto es, hacerlo formar parte del cálculo, sin olvidarlo. Con el tiempo, el sentido se volvió metafórico y tener en cuenta algo pasó a significar ese “cálculo mental”, esa consideración que hay que hacer antes de decidir. La mente se concibe como un lugar donde se “llevan cuentas” ya que, de alguna manera, pensar es “contar”.
También fue en la Edad Media, cuando el término empezó a usarse con el sentido de relatar hechos y de narrar una historia, consolidándose en castellano, hacia el siglo XIV, para referirse concretamente a narraciones cortas.
Pero la palabra cuento, con el paso de los años, siguió multiplicando su significado: “relato, normalmente indiscreto, de un hecho ocurrido”, “relación, de palabra o por escrito, de un suceso incierto o inventado” o, de manera coloquial, “mentira, embuste, engaño, bulo”.
Pero, ¿por qué cuento significa tanto “relato” como “mentira”? Como hemos visto, cuento viene de contar y de enumerar pasa a narrar. Un cuento es una historia, pero algunas historias no son verdaderas, son inventadas. Muchas veces eran relatos: exagerados, fantásticos, adornados… Así, poco a poco, cuento empezó a asociarse con invención, fábula, historia poco creíble. Y lo inventado se asocia con lo falso. Por eso, cuento también significa “mentira”. De ahí surgen expresiones como: Eso es un cuento (“una mentira”), No me vengas con cuentos (“no me engañes”), Contar cuentos (“mentir o exagerar”), Tener mucho cuento (“mentir”, “ser muy tonto”), Vivir del cuento (“con engaños y artimañas, sin trabajar”), Cuento de viejas (“noticia que parece ser falsa o fabulosa”), Cuento chino (“embuste”, exageración” o “invención”). Sobre el origen de la frase “ser un cuento chino”, una de las teorías más aceptadas se remonta al siglo XIII y a los relatos fantásticos y exóticos que el viajero Marco Polo trajo de Asia, los cuales resultaban increíbles para los europeos de aquella época.
También es muy conocida la frase Tener más cuento que Calleja con el sentido de ser “alguien fantasioso, que falsea y exagera la realidad o que se excusa de forma poco creíble”. El origen de la misma se debe al editor Saturnino Calleja que publicó, a finales del siglo XIX y primeros del XX, una vasta colección de libros de cuentos.
Nuestros diccionarios recogen los adjetivos: cuentista, cuentero y cuentón para referirse a la persona que suele contar enredos, chismes o embustes.
NARRACIÓN
La narración es el “acto de exponer una historia real o ficticia”. Una palabra que proviene del latín narratio, -ōnis, que significa acción de “contar, referir o exponer un suceso”. Un término que a su vez deriva del verbo narrare (“contar”, “relatar”), vinculado a la raíz indoeuropea gno-, relacionada con “conocer, saber y dar a conocer”, junto al sufijo -ción (“acción y efecto”),
Su significado original iba más allá de solo contar, implicaba hacer sabedor a alguien de algo a través del discurso. En la antigüedad clásica, la narratio era una de las partes del discurso para exponer hechos.
RELATO
La palabra relato proviene del latín relātus, del verbo referre, formado por re- (“hacia atrás”, “repetición”) y latus (“llevado”, “conducido”), cuya traducción literal es “llevado hacia atrás”. Sugiere traer al presente eventos ocurridos en el pasado mediante el cuento o la narración.
El concepto original aludía a traer o narrar hechos pasados. Con el tiempo, pasó de significar un informe a abarcar cuentos, narraciones breves, historias reales o ficticias.
FÁBULA
También con un origen latino, la palabra fábula, deriva de fabŭla, y a su vez del verbo fari (“hablar”), significando originalmente «habladuría», «conversación» o «relato». En la antigua Roma, fabula no solo era un cuento, sino también rumores, conversaciones de la gente o incluso obras teatrales. Con el tiempo, el concepto de contar historias, evolucionó para definir breves relatos ficticios con moraleja final, en muchos casos protagonizados por animales y usados con intención de enseñar valores.
Autores como Esopo, Leonardo da Vinci o Jean de La Fontaine escribieron interesantes fábulas.
PARÁBOLA
La palabra parábola proviene del griego parabolé, formado por para- («al lado», «junto a») y bolé («lanzar» o «poner»). Su significado literal original es: “poner una cosa al lado de otra para compararlas», evolucionando hacia los conceptos de comparación, semejanza, ilustración o narración didáctica.
Tanto parábola como palabra, derivan del latín vulgar, aunque ambas tomaron caminos semánticos distintos.
El término ha sido usado en la literatura y en la bíblica para describir narraciones breves, historias o símiles que buscan transmitir una enseñanza moral o espiritual. Es la traducción griega del término hebreo mashal (“comparación”, “proverbio”, “máxima”).
En el siglo I a.C., Apolonio de Perge utilizó la palabra parábola en la geometría para describir la curva, basándose en la «comparación de áreas».
LEYENDA
La palabra leyenda proviene del latín legenda, que literalmente significa «lo que debe ser leído». Este término es una forma del verbo legere, que indica acción y cuyo sentido original era «escoger» o «cosechar», y que más tarde evolucionó a «leer».
En sus inicios, dentro de la Iglesia Católica, se refería a los textos o lecciones sagradas (especialmente sobre la vida de los santos) que era obligatorio leer en voz alta durante los oficios religiosos o en el comedor de los monasterios. Con el tiempo, estas historias escritas para ser leídas, pasaron al ámbito oral y a la tradición popular, mezclándose con elementos fantásticos. En el siglo XVII, el significado de la palabra cambió, adquiriendo su matiz actual de «relato no totalmente cierto, pero que tiene una base real».
PATRAÑA
La palabra patraña, que significa “mentira” o “invención engañosa”, proviene del latín vulgar pastoranea, (“propio de pastores”). Originalmente aludía a las «consejas o cuentos de pastores», historias ficticias y fabulosas que éstos contaban durante sus largas noches en el campo. En la Edad Media, en el siglo XIV, se usaba la forma pastraña para referirse a noticias fabulosas, relatos de viajeros y cuentos populares. Con el tiempo evolucionó, perdió la «s» para convertirse en la forma actual patraña, que tal y como dice la RAE, es una «invención urdida con propósito de engañar».
En 1567 se publicó El Patrañuelo, del valenciano Joan Timoneda, una de las primeras obras de narrativa corta en castellano, compuesta por una colección de veintidós patrañas (cuentos moralizantes, humorísticos o picarescos) que mezclan tradición popular, anécdotas italianas y elementos propios del Renacimiento español. El autor adaptó muchas historias de fuentes orales, dándole un estilo desenfadado, vivo y cercano. Una obra que influyó en el desarrollo posterior del cuento literario en España.
En el capítulo XXV de la Primera Parte de El Quijote, publicado en 1605, Sancho Panza, utiliza este término que comentamos en una conversación con su amo en Sierra Morena, al expresar su incredulidad sobre las mentiras e historias inverosímiles de caballerías que le cuenta; en concreto al hablar sobre la bacía de barbero y el yelmo de Mambrino: “todo pastraña, o patraña, o como lo llamáramos”.
Por lo tanto, patraña pasó de ser un «cuento de pastores» a sinónimo de “mentira” o “bulo”.



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