
Primer premio del III certamen literario Breverías
Ángel Manuel Felicísimo Pérez
Amanecía como desde hacía semanas, con una niebla fría y espesa que te calaba hasta los huesos. El sol tardaría en romperla, aunque había días que ese manto blanquecino no nos abandonaba y todo quedaba sumido en una luz albariza que ni siquiera formaba sombras. Caminé a lo largo de la calle que llevaba al cuartel.
Los dos soldados de guardia me saludaron con desgana, arrebujados en unos capotes que alguna vez fueron verde oliva. Busqué el camión, un pequeño Büssing, y subí al asiento delantero a la espera del conductor y de la patrulla que debía acompañarme.
Repasé por enésima vez las órdenes de detención. Incluían a siete personas sospechosas de traición. Dos alcaldes, dos escritores (uno de ellos poeta ¿cómo se ganaba la vida?), un agricultor, el dueño de una tejería y una maestra. Todos vivían en pueblos de la sierra, pueblos pequeños dedicados a la ganadería y a una agricultura precaria. ¿Qué habría hecho esta gente?
El conductor subió y me saludó con gesto indolente. Le dio unos golpes con los nudillos al dial del combustible hasta que la aguja se despegó del cero, me miró y asintió: todo correcto. El camión comenzó a moverse hacia la difusa claridad del levante.
Íbamos cinco en aquel camión: tres soldados con subfusiles, un sargento y yo, recién nombrado capitán por la única razón de que el anterior había desaparecido un par de semanas antes. Solo llegaba algo de calor a la cabina, por lo que hice como que no veía las mantas nada reglamentarias con las que se envolvían los soldados en la caja.
Afrontamos la subida a la sierra, toda curvas y baches, y avistamos el primer pueblo desde lejos; cuando llegamos, las calles estaban desiertas, no querían nada con nosotros.
Tras unos golpes enérgicos en las puertas, algunas de ellas abrían solo una rendija por donde siempre asomaba una mujer mayor. Pueblo a pueblo, fuimos preguntando por las personas buscadas. Nadie sabía nada, claro, y para ser sinceros, yo no tenía ninguna gana de apretar los tornillos a la gente. El resultado fue que no detuvimos a ningún sospechoso hasta que, ya cerca del ocaso, avistamos el último destino. Cuando llegamos al colegio me bajé, me acerqué a la casa, que hacía de aula y de vivienda, y llamé con los nudillos a la puerta.
—Pase, está abierto.
La maestra estaba allí, sentada en una silla en la minúscula cocina y leyendo un libro. Levantó la vista cuando entré y me dio la sensación de que no estaba sorprendida de ver un uniforme.
—Ya está aquí. Lamento verle, pero no puedo decir que no le esperaba.
—¿Es usted la maestra? —le pregunté.
—Sí, Claudia, para servirle.
—Pues lamento comunicarle que tengo órdenes de detenerla y llevarla al cuartel general donde permanecerá bajo vigilancia hasta su interrogatorio y posterior juicio.
—Supongo que no es momento de alegar nada ¿verdad? Vamos allá, por tanto. Dado que no sé cuánto tiempo estaré fuera ¿puedo coger algunas cosas?
—Sí, pero no se demore. Y traiga su documentación.
No se demoró. De hecho, juraría que ya lo tenía todo preparado. Salió de su cuarto con un abrigo de color granate y una pequeña maleta que cerraba con una correa. Ya fuera, echó un vistazo fugaz a una ventana que supuse sería la del aula.
Nos sentamos con el conductor en la cabina, Claudia en el medio. Durante el camino de vuelta conseguí enterarme de dónde había nacido, de cuándo se hizo maestra y de porqué estaba en aquel pueblo perdido, donde tenía una docena de alumnos, mitad niños y mitad niñas. Preguntó en voz baja qué sería de ellos ahora. No contesté, no esperaba respuesta, supuse.
Tras dos interminables horas, el camión entró en el cuartel general. Allí presenté la orden de detención y la documentación de Claudia. No la encerraron en los barracones, no había mujeres allí, sino que me ordenaron llevarla a una de las casas requisadas de la plaza mayor. Rechacé la compañía de un soldado y fuimos caminando. Por algún motivo me ofrecí a llevarle la maleta, que era sorprendentemente pesada. Pensé que debía contener libros, aparte de ropa. La casa tenía algunas ventanas débilmente iluminadas que se debatían para hacerse visibles en la niebla. Llamé a la puerta y dejé a Claudia cuando una mujer de uniforme la abrió.
Pasé la noche con pesadillas donde un pelotón recorría los pueblos disparando a todo el que encontraban. Fueron sueños en blanco y negro salvo cuando aparecía alguien con un abrigo granate. Apenas alboreaba cuando me levanté sudoroso y temblando y, sin pensar motivos, me dirigí hacia la casa de la plaza.
Con un inmenso cansancio y hastiado, me abrí paso en la neblina fría. Recordaba con claridad la silueta de Claudia con su maleta en el umbral iluminado de la casa. Llegué, pero no había luces ni movimiento. Intenté adivinar en qué ventana estaría y qué podría haber pasado si no estuviéramos viviendo los estertores finales de una guerra. Miré la calle que conducía a las afueras, tal vez esperando ver una mujer con un abrigo de color granate, pero no, sólo había niebla y la leve luz de un sol que intentaba salir para que comenzara otro día.



Deja un comentario