
Tercer premio del III certamen literario Breverías
Gotardo González Quero
Me sueño que la niña llora, despierto en mitad de la noche y la niña está llorando de verdad porque le duele la barriga. Le duele la barriga y se le inquieta el sueño pero no termina de despertarse, llora la niña y yo no puedo sacarla de la pesadilla.
Yo a veces me sueño con cosas que salen por la televisión. Que de tanta lluvia se forma un río espeso que crece de pronto y me cierra el camino para llegar a la casa, que al otro lado del río estaba mi hija y de repente ya no la veo. Me sueño que suena el gas del brasero, silba cada vez más fuerte, y de repente estalla y derrumba media casa y se ve el sofá a la intemperie, como en las imágenes de Palestina, y varias fotos salen volando y algunas caen al suelo húmedo. Lo que sale en mis sueños roba sonidos que yo ya conozco: el agua del río borbotea como el puchero hirviendo, el gas explota como un globo, y mi niña llora con el mismo desconsuelo que cuando estoy despierta. Cuando escucho cantar al gallo sé que no duermo, los gallos cantan a cualquier hora pero nunca cantan en sueños.
José me dice que esas cosas, las desgracias que dan por la tele, a nosotros no nos van a pasar, y yo pienso que es verdad, que Dios no tiene por qué mandarnos calamidades porque somos gente de bien, pero también veo las cosas que pasan, por mala suerte o por no sé qué maldición —porque no puede que Dios lo quiera así—. Y pienso que me tranquilizaba más remover las ascuas del brasero de picón que el soplío sordo del gas.
Cuando no nos vienen las desgracias, nos las buscamos. Al Toni, el de Pisafango, se lo encontraron en el doblao del corralón. Habían quedado los amigos para hacer caldereta y, viendo que no llegaba, barruntaron que algo pasaba. Y fueron. Porque ya había avisado antes, claro, porque ya había avisado antes. Fue su amigo el Cafelito, el que tiene los guarros por donde el campo del Francotirador, quien lo encontró. La novia le esperó en la puerta porque no se atrevía a entrar. Dijeron que cuando lo bajaron estaba todavía caliente. El Cafelito, que al primer golpe parece un hediondo, pero que luego es un muchacho noble y trabajador. Qué lástima que no llegara un poco antes.
José volvió a casa del campo y me lo contó. Venía arrecío, traía un par de liebres pingando y las dejó colgadas junto a la puerta, altas, donde los perros ya no pudieran cogerlas, y dejaron en el suelo un charco pardo de agua. Me lo contó, lo del Toni, y yo me eché a llorar. Mujer, mujer, tampoco es para ponerse así, delante de la niña no, si tampoco tú lo conocías tanto. Pero yo no podía aguantarme. Nosotros somos gente de bien, como el Cafelito o como el Toni.
Y yo creo que eso es lo que le sentó mal a la niña, eso y esta lluvia. Yo estaba en la cocina preparando ya la cena y la niña, que le gusta el golimbeo, como a todos los niños, había cogido unas perrunillas recién hechas. Le dije “no comas mucho, mendinga, que luego te duele la tripa”. Y ella me miró así, con la carina de bichino que tiene, y yo le hice cosquillas: que tienes la barriga mu chiquinina pa ser tan lambuza.
Y me preguntó, de sopetón. Mama, y dónde está el Toni ahora. Ay. En el cielo, con su mamá. Y ella miró al cielo nublado y me preguntó si el Toni seguiría triste. Y yo le dije que no, porque está con su mamá.
A veces se me hace que la niña llora y me levanto y la encuentro durmiendo tranquila. Otras veces me despierta y yo temo no haberla escuchado a tiempo, a saber el rato que lleva desconsolada. Y pienso en el Toni, que estaba también desconsolado como un niño sin que su madre pudiera atenderle, como me pasa a mí cuando en sueños se me cruza un río oscuro.
Cuando la niña llora porque le duele algo yo le sobo la barriga y enciendo una vela y pongo una taza de agua con tres gotas de aceite a la luz de la luna y le recito el mismo conjuro que me recitaban a mi:
Bendita luna por aquí pasó,
el color de mi chiquinina se llevó.
La bendita luna por aquí pasará,
mi chiquinina
lo dejará y el suyo se llevará
a tierra de moros donde no vuelva jamás.
En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Pero hoy no hay luna. Es de noche y pintea y sueño despierta que la lluvia entra por algún sitio. Parece que la oigo y de verdad se me hace que el agua negra se va a llevar la casa. Se me mezcla el olor a butano con ese olor a tierra que se parece al de las manzanas que están empezando pudrirse y me dan pesadillas. Cuando ella sale por la noche llamando me da miedo que de mayor termine soñando despierta como yo y que los malos sueños se le hagan realidad. Luego, me dormiré de cansancio cuando la niña caiga rendida, mañana será otro día. La lluvia que antes lamía las ventanas ahora repiquetea en el suelo que empieza a alagarse. Sé que estoy despierta porque los gallos cantan —los gallos nunca cantan cuando estoy soñando—.



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