
Álvaro Bruno Cantarero
I. Un tipo tan tranquilo muy que se olvidó (parte primera). Érase una vez un tipo tranquilo, muy tan tranquilo… era tan tranquilo muy que sólo se marcaba metas a largo plazo. Las metas a corto plazo no existían para él. Era tan tranquilo muy tan tranquilo, y estaba tan solo tan, que el tiempo transcurría lentamente, el sol tardaba en salir y el día era largo tan. Era tan largo y lento su tiempo que ni siquiera parecía envejecer. Pasaron las estaciones, pasaron los años, pasaron las oportunidades de los rebaños, y con la experiencia aprendió a desarrollar una filosofía de vida para justificarse en su parsimonia y en su aletargada manera de ver los problemas. Mejor justificarse que admitir ser un inepto.
II. Un tipo tan tranquilo muy que se olvidó (parte segunda). Siempre llegaba tarde a los lugares importantes de su importante vida. Se mofaba, jo, jo, jo, de ello. Le encantaba muy. Siempre era el último en los grupos de trabajo durante sus años de estudiante, era el último de sus siete hermanos porque siempre tenía a seis delante; además, fumaba y fumaba como un enganchado entero o como un triste bandolero. Como si no fuera una persona sino un objeto que echa humo. Este enfrentamiento tan tranquilo tan ante las acciones del mundo mundo no le aportaban casi nada, así que pensó que quería ser escritor, con máquina de escribir y todo. El oficio requiere tranquilidad y soledad muy.
Y él era muy muy.
Y él mismo se repetía tanto: «Cuando sea escritor con máquina voy a inventarme un mundo en el que yo sea el mejor, y después voy a inventarme un mundo donde ocurra lo que yo quiera tanto que ocurra tanto. Y cuando termine esos dos mundos míos, voy a inventarme otro mundo mío más donde pueda atacar a otros que no me gusten y ese será mi mucho mejor mundo. Y así yo seré como un Dios. Y me dejaré crecer la barba con pelo de cabra. Y rasgaré mis ropas. Y lo que suceda en el mundo real no me importará tanto, porque ese mundo es demasiado rápido para mí. Y no quiero ser siempre el último de los últimos.»
Hasta que un día, consiguió ser escritor con máquina de escribir y cigarrillo cancerígeno pegado al dedo.
III. El tipo tan tranquilo muy que se olvidó (parte tercera). El tipo tranquilo inventó tres mundos mundiales, con sus geografías, con sus fallas tectónicas, con sus océanos, y con sus mares y con sus ríos; y luego les incluyó cuatro o cinco razas de humanos diferentes, todos de colores bonitos y alegres, y otros de colores feos y horribles; tenían sus veinte o treinta culturas principales diferentes. Incorporó después un par de guerras mundiales y un sin fin de guerras entre hermanos, en las que la sangre corría con mayor dolor. Diseñó una forma de tortura para los países sádicos, y unos organismos en beneficio de la paz para salir muy del paso. Inventó un país tan rico tan que poseía un aparato pacificador; consistía en premiar a otros países, siempre que esos países premiados acataran sus normas. Luego inventó otros países más pobres para que hubiera países que desearan premios y acataran las normas de los más ricos. Inventó después un material precioso y escaso, y lo incluyó en los países pobres para que éstos se hicieran ricos. Equilibró la balanza en su panza. Juegueteó insistentemente con el mundo cuanto quiso y, cuando quiso, creó ciudades. A algunas de ellas las bautizó amén con bonitos nombres y a otras con nombres impronunciables, extraños y en densos lenguajes. Pero luego pensó que necesitaba que su mundo no fuera un mundo inundado por la ansiedad y las prisas, así que suprimió de su mundo todos aquellos adelantos tecnológicos frutos de la prisa, como los vehículos a motor, los teléfonos, la electricidad, los relojes… Era el mundo perfecto mundo para un tipo tranquilo muy. Y como cuando lo hizo no se quedó tranquilo, suprimió a los profetas y a las profecías del fin del mundo, porque no hacían ningún trabajo productivo, ni divertían lo suficiente. Se quedó con los políticos honrados y les asignó esposas andaluzas, morenas, delgadas y atractivas para el populacho.
IV. El tipo tan tranquilo muy que se olvidó. (Parte cuarta y última). No con mucha gente quiso visitar su mundo. No con mucha gente viajaba hasta allí. No hay aerolíneas. Lejos muy lejos muy parece estar. Así que casi siempre casi iba solo solo. Tras confeccionar tres mundos enteros descansó. Hizo una labor de concentración para analizar su obra y estando solo solo, dióse cuenta pues cuenta, de que algo muy importante muy había olvidado. Fin.



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