
Antonio Luis Vicente Canela
La habían encerrado en aquel sitio —del que nunca supo el nombre—, hacía ya varios años, seguramente muchos, o, al menos, eso le parecía a ella. Aunque, la verdad, es que Josefa ya solo sabía contar el tiempo por días, y para ella solo había dos clases de días: los nublados y fríos, o los soleados.
Tampoco sabía muy bien por qué estaba allí. Al principio, cuando llegó, se lo preguntaba a las personas que entraban y salían varias veces al día de la habitación, pero todas le daban largas, o le contestaban con tonterías. Así que, con el tiempo, Josefa se cansó y dejó de preguntar.
Los días que salía el sol y a través de la pequeña ventana iluminaba el cuarto en el que Josefa vivía, le venían a la cabeza recuerdos agradables: viajes en coche hasta el mar, juegos en la arena de la playa, y baños rodeada de gente que se salpicaba con el agua entre risas. Los días grises, en cambio, los recuerdos eran más confusos, y se amalgamaban mezclando voces, empujones, cuchillos y sangre; y luego la pared gris de una escalera, por la que ella bajaba a trompicones, que terminaba en un lugar oscuro, muy oscuro. Y ahí, el recuerdo se interrumpía de golpe, se quebraba y se hacía añicos, como los platos de la vajilla de frutas y flores que ella recordaba colocada en el aparador del comedor de su casa, y que se le fueron rompiendo, poco a poco, con el paso de los años.
Ahora era invierno, y por eso la mayoría de los días eran grises. Así que, Josefa, procuraba que su mente permaneciera en blanco y se quedaba de pie, frente a la pequeña ventana sin cortinas, y pasaba las horas mirando la cencellada que se había adherido durante la noche a los árboles que había al otro lado del prado, como si fueran agujas blancas que brotasen de las ramas. Si tenía suerte, veía volar a los cuervos que anidaban en la cornisa del edificio. Planeaban, casi sin mover las alas, describiendo círculos grandes hasta que se posaban sobre el tejado de la pequeña caseta de piedra que había al final del camino, donde estaba la puerta metálica que se abría sola siempre que entraba o salía algún coche.
Todos los días, Josefa veía a un hombre que salía de aquella caseta de piedra, se sentaba en un banco de madera que había en el porche y se calzaba unas botas de goma de color negro para que no se le mojaran los pies con la orvallada. Después, se ponía un gorro de lana de color rojo y una bufanda de la que ella no recordaba el color. Cuando cruzaba el prado, aquel hombre, dejaba sobre la hierba helada un rastro que le devolvía el color verde. Ella se quedaba contemplándolo hasta que se internaba entre los árboles, y luego veía como, poco a poco, su rastro sobre la hierba también iba borrándose hasta desaparecer del todo.
Un día —que también era nublado y frío—, el hombre se detuvo en medio del prado sin un motivo aparente, se giró y miró hacia la ventana donde estaba Josefa. Ella levantó la mano y lo saludó, pero él no le devolvió el saludo. Se limitó a seguir su camino, acabó de cruzar el prado y entró en el bosque. Josefa sintió, primero, mucho dolor, y luego mucho odio; y deseó que aquel hombre no regresara del bosque, que se le hiciera de noche y el rastro de la hierba ya hubiera desaparecido y no supiera por dónde tenía que cruzar el prado para volver a su caseta de piedra. Josefa estaba segura de que, por la noche, la temperatura era tan fría, que no sería capaz de sobrevivir.
Josefa estuvo varios días sin ver al hombre cruzar por el prado. Hasta que una mañana sintió doblar la campana de la pequeña ermita que había al final del edificio en el que ella vivía. Se acercó a la ventana y, con la manga de la bata, limpió un poco el empañado cristal. Un grupo de personas iba por el camino detrás de un coche fúnebre. Cuando llegaron a la caseta de piedra que había al lado de la puerta que se abría sola, Josefa aguzó la vista, y vio que sobre el banco de madera que estaba en el porche, estaban colocadas las botas de goma de color negro, el gorro rojo, y la bufanda… de la que ella no recordaba el color.



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