
Ismael Alonso
No volvió a besar unos labios tan dulces como aquellos. Tan intensamente únicos. Tan descaradamente terrosos, con sus regalos florales y especiados. Cada vez que lo había hecho, todo su ser se llenaba de frutos bermejos —frambuesa, fresa y cereza—, toques minerales, aromas de moras y confituras. Sus pechos diminutos como un instante.
Cuando Ella se fue, abrió las dos hojas de la ventana que daba al patio de vecinos y se dejó mecer por la imperceptible brisa que removía sus pensamientos. Ella, ¡qué pronombre tan absurdo! Podría señalar a tantas mujeres… Pero Ella, Ella, Ella…, ¡solo era una! ¿Por qué se resistía a llamarla por su nombre? ¿Acaso un nombre podía contener a la persona, a todo lo que podemos tocar con los dedos?
Si se lo propusiera podría desmenuzar, como un escultor aplicándose con ahínco sobre una mole de mármol, cada uno de sus rasgos. Si se lo propusiera, ¡claro que sí! Pero aquella despedida, sin que ninguno de los dos se lo hubiera esperado, era para siempre.
Llamó por teléfono. Marcó su número. Desde que se fue, había repetido la operación todos los días. Deseó que la voz, su voz, lo saludara al otro lado de la línea. Lo deseó fervientemente, sin matices. Pocas veces lo había ansiado tanto. Pero no, nada que hacer, para qué molestarse. Aquella mujer se había esfumado. Ella se había ido. Por fin solos, él y su biblioteca. Como tantas veces había soñado. Su biblioteca y él, los dos solos. Por fin, una vez más, sin Ella, que tan bien había maridado sus libros, sus lecturas.
Ella no lo sabía cuando se conocieron. Al principio, le hizo gracia. Acumulaba libros no porque fuera a leerlos todos. Eso era, sencillamente, un absurdo, una tontería, una añagaza. Los tenía cerca de sí porque se sentía seguro. Lo había leído una vez en una entrevista a Umberto Eco, y también a él le había hecho gracia.
No para leerlos, ni siquiera para acariciarlos, ni para ojearlos de vez en cuando. Se sentía protegido, nada más. Un refugio. Uno más, a los que era tan aficionado. Como el teatro, el cine, los museos. O el marasmo de recuerdos y melancolía en los que a menudo se dejaba llevar. O los paseos en barca por los ríos del Norte de Europa, cuando viajaba solo en rutas organizadas. O dejar pasar los trenes sentado en un banco en el andén de la estación. Todos los trenes habían pasado y él seguía ahí, esperando, sin saber muy bien el qué.
—Déjame que te ayude, déjame jugar con las cubiertas, las ediciones en rústica, las letras de los títulos.
—¿Por qué quieres que te deje hacer eso?
—Porque sabes que te lo iba a preguntar. Sabes que cuando te besé, cuando me besaste, así debían ser las cosas.
No entendías, pero algo dentro de ti reafirmaban aquellas palabras que podrían hacer sido tuyas. Sin una pizca de sus labios, de los labios de Ella, acumular libros no era lo mismo. Sin aquella humedad de frutos rojos —frambuesa, fresa y cereza—, ninguna lectura habría sido igual que antes.
Como quien abre un libro después de haber transitado por sus páginas decenas de veces, nada fue igual desde que la conociste. El desorden y la locura empezaron por ti, continuaron por las horas de la noche y el día, acabaron en cada una de las baldas de tu biblioteca. En cada rincón lleno de polvo y de secretos. En cada esquina que olía a tierra y a lagar.
Al poco de conocerse, tomó decisiones drásticas, sin consultarlo. Arrancó las cortinas, subió las persianas, aireó las estancias vacías en verano y en otoño. Se paseaba desnuda mientras el sol doraba su piel, como la uva en plena maduración, como quien espera el reflejo ansiado de un milagro.
No me pidió permiso, aunque yo tampoco se lo negué. Solamente me quedé mirándola, porque era muy hermosa y tenía algo hipnótico que me impedía reprocharle nada. Cambió los volúmenes de cada balda, los ordenó según un extraño capricho. Dijo aquí estoy yo, porque tú me dejas, porque tu cuerpo y el mío maduran por una extraña regla que desordena —y vuelve al punto— el desnortado equilibrio.
Y así somos, de esta manera se cumple el ciclo de la vida. Igual que quien respira sencillamente lo hace, sin hacerse preguntas. Su piel suave, cuidadosamente estriada, igual que quien está a punto de mascullar una ofrenda. Me empezó a hablar sin concierto de nombres que desconocía, y se detenía en caprichos sin importancia, en divertimentos que solo llenaban el vacío de las palabras. Cuando se lo pregunté, al finalizar, porque tardó días en hacerlo —la retahíla era extensa y solo esperaba que permaneciera en silencio a su lado—, me lo explicó. Pero yo, por más que quería, no acababa de entender.
Nombres y más nombres. Los de 192 municipios de cuatro provincias castellanomanchegas: Albacete, Ciudad Real, Cuenca y Toledo.
Su cuerpo estriado me abrazaba por la noche, se pegaba fuerte contra mí a primera hora de la mañana, cuando pedía que la arropara, con la frescura del rocío. Y yo, claro, lo hacía porque la amaba, al menos en esos momentos. No éramos únicos nosotros, era los instantes que se dilataban atenuados, desunidos, procaces.
Nunca he sido de amores románticos ni de jurar eternidad a lo que solo puede ser pasajero. Como una buena cosecha, como la prontitud de la siembra, dura para siempre, igual la memoria y la alegría de lo que nunca volverá a repetirse.
Aunque no esté ahora, junto a mí, sé que siempre la rescataré del olvido cuando la recuerde cómo se bañaba desnuda: yo sentado junto a ella, en el inodoro, y ella con los ojos cerrados, con las manos llenas de tierra frotándose en los hombros, en el pecho, en los muslos, en la entrepierna, en el cabello. Por eso, sé que habitaba el dominio de la eternidad.
—¿Y eso por qué?
Y ante mi pregunta me miraba, sonreía y me pedía que me acercara. Y yo lo hacía, obediente. Cerraba también los ojos y sentía como las raíces nacían dentro de mí. Y entonces me convertía en la vid honda de una promesa, en el prodigio feroz de un milagro, en el estupor hondo del arrebato dulce de lo que siempre busca su nombre.
Aquello no ha acabado. Fue solo un verano y un otoño. Un puñado de meses. Nos solazamos como un campo que renace y, al poco, languidece. En la espesura del terreno fértil. A mediados de noviembre, se fue.
—¿Como el ciclo de la tierra?
—Como el ciclo de la tierra —creí escuchar, cuando ya estaba muy lejos, pero su voz aún resonaba en mi cabeza.
Al fin nos quedamos los dos, yo y mi biblioteca. Los dos solos, aún dorados por el sol, porque no me atreví a colocar las cortinas de nuevo, a subir la persiana. Y en cada balda, descubrí libros que no conocía, páginas inexploradas en un orden caprichoso. Y en cada balda, una botella, una etiqueta, un dibujo; cuidadosamente inclinada, a punto de caer al suelo, necesariamente atraída por la llamada de la tierra. Porque en el suelo yacía, cada poco, un puñado de barro al principio, después arena oscura, que nunca me atreví a quitar, porque era como si ella aún estuviera junto a mí.
Repasé el nuevo desorden que me había impuesto. Me descubrí indagando en los libros de Francisco García Pavón, en la ‘T’ como cabecera en la balda superior, que tiempo después colegí se refería a Tomelloso. Algunos libros firmados por este autor eran Relatos de Plinio, Vendimiario de Plinio, Las Hermanas Coloradas. Junto a los volúmenes, una botella. En la etiqueta del caldo, sobresalía la seña de cencibel, sobre la que alguien —¿Ella, quizás? — había dibujado un corazón de un rojo intenso.
En otra balda, enmarcada con la ‘B’ —entendí, días después, se refería a Belmonte—, otra botella se sujetaba a duras penas con el cuello inclinado hacia la pared. En la etiqueta, esta vez unos labios dibujados tapaban la palabra ‘Airén’. A ambos lados, algunos volúmenes de Fray Luis de León —De los nombres de Cristo, La perfecta casada, un grueso libro que recopilaba su poesía completa—. Leí algunos de sus poemas, envidié la vida retirada del agustino que tanto amó a Dios. Por un momento me sentí pequeño, diminuto, como un grano de tierra en una meseta inmensa.
Proseguí la revisión de otras baldas. La más nutrida, marcada con la ‘T’, de Toledo, no cabía duda. Diversas recopilaciones de sonetos, canciones, odas, elegías, epístolas, coplas, epigramas del gran Garcilaso de la Vega, de los que me acordaba por el esmero con el que había subrayado sus versos, algunos de los cuales me sabía de memoria.
También en ese apartado, pero con los libros apilados al margen, diversas obras de Don Juan Manuel, sobrino del mismísimo Alfonso X El Sabio, que vio la luz en Escalona. Y escondido al fondo, junto a la pared, una recopilación de la obra conservada del escritor morisco Ibrahim Taybilí, al que la desgracia le llevó a un calamitoso exilio en Túnez.
En la ‘P’ se agrupaban diversas ediciones de La Celestina, de Fernando de Rojas. El autor de la Puebla de Montalbán, originario de una familia de judíos conversos, había pisado poco su tierra, pero se dice que era tan aficionado a la variedad bobal que su excesivo aprecio por ella le impidió acabar con su gran empresa literaria e iniciar otras nuevas, acordes a su talento.
Sería largo enumerar la clasificación de su biblioteca, sin el orden -o desorden- inicial que él había previsto tiempo atrás. En la ‘G’, de Guadalajara, se acumulaban varias obras de teatro de Antonio Buero Vallejo, de quien era muy devoto, en especial de Un soñador para un pueblo; y en la ‘T’ —de “Tajo”, así creía saber— novelas de José Luis Sampedro como El río que nos lleva y Real sitio.
En los distintos apartados de la estantería se guardaban espacios a la ‘A’ de Argamasilla de Alba, con innumerables ediciones de El Quijote, algunas en lenguas extranjeras, como si estuviéramos en una sección del museo cervantino que aún pervive, para milagro de los letraheridos, en El Toboso. Algo parecido sucedía con la ‘E’ de Esquivias, la ‘I’ de Illescas o la ‘V’ de Valdemoro. Aunque, en este último caso, no sabía muy bien la razón, porque era el único espacio de la estantería que permanecía vacío, al igual que la botella sin corcho que ocupaba el vano, con la provocación del tiempo que se ha ido y nos hemos bebido.
Comprobó las etiquetas de otras botellas. Blancos y tintos; jóvenes, envejecidos en barrica; crianza, reserva, gran reserva, espumosos. Sobre un trozo de papel, en cada caso, una marca —una cruz, una estrella—, una señal —la silueta de un caballero y un hidalgo—, el perfil de una barrica, la estampa inmensurable de una llanura azotada por el frío en invierno y el sol generoso en verano.
Acarició cada botella como si fuera el cuerpo hermoso de la mujer que lo había abandonado. Se quitó la ropa y se asomó desnudo a la ventana. Los transeúntes no se fijaron en él. Llenó la bañera de agua fría y colmó su piel con la esperanza del invierno. Ella se había ido, como en tiempo de cosecha. En “acrecentar e alumbrar el saber”, como había leído en Don Juan Manuel, se aplicó con ahínco. Con la tierra frotaba la piel cuarteada y la sequedad que preludia la lluvia, el frío, la niebla.
A lo lejos, con los ojos cerrados, aún la veía, como el campo que aguarda, como la sangre que riega cada uno de los dedos y se resisten a contar los años que se miden en unidades de esperanza.



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