
Rosalía Guerrero Jordán
A las siete en punto de la mañana, unos trinos brotan del despertador. Apenas pueden oírse, pero poco a poco van aumentando su volumen. Después, una tenue luz rosada ilumina la habitación.
El resto de la casa permanece callada. Nada de voces somnolientas que se desean los buenos días, ni de labios que se besan, ni de pasos torpes que se desperezan al caminar.
Quizás sea día festivo, y sus habitantes olvidaron apagar el despertador. O tal vez se ausentaron por vacaciones.
De repente, el silencio se quiebra en la cocina: un silbido afilado escapa de la cafetera, avisando de que el café ya está listo. Desde la otra esquina de la encimera, la tostadora le contesta con un chasquido metálico.
Con la perfección de una danza mil veces ejecutada, la casa se despierta. Como cualquier otro día.
Al final del pasillo, en la habitación principal, la cama permanece deshecha, guardando todavía las huellas cálidas de los cuerpos que cobijó. Sobre ella yacen, como siluetas incorpóreas, las prendas de ropa que alguien abandonó.
En la habitación de al lado, junto a una cuna y un triciclo caído, descansa un peluche tuerto y un chupete a medio gastar. Una familia de elefantes sonríe desde la pared.
En el salón, una orquídea solitaria languidece, mientras las hormigas se dan un festín con los restos de la última cena. Aturdidas, algunas abandonan la fila y acaban ahogándose en un pequeño lago que ha surgido junto a un vaso volcado.
Una rata se pasea por la cocina, intentando derribar el tesoro que se oculta dentro del cubo de basura. Cuando al fin lo logra, una nube de desperdicios forma un cuadro abstracto sobre las baldosas de colores.
La radio se enciende y se une al coro de electrodomésticos. Pero en lugar de su alegre parloteo habitual solo se escuchan palabras entrecortadas, frases sueltas, voces desesperadas. Y, entre ellas, un ruido blanco de interferencias, como ronquidos de un oso hibernando.
«…las llamadas a emergencias…»
«…fuego…»
«…densa nube de humo…»
«…ejército…»
«…incendios incontrolables…»
«…evacuados…»
«…humanidad en peligro…»
El café lleva unos minutos manando y, sin una taza que lo acoja, rebosa hasta la encimera. Allí le espera una mancha reseca de varios días, que se desliza para acabar formando dibujos infantiles sobre el suelo.
Un delgado hilo de humo negro se eleva desde la tostadora, esparciendo un ligero olor a brasas de pan.
Ya no suenan los trinos del despertador, convencidos de que han cumplido su misión. De que la casa ya se ha puesto en marcha y sus habitantes han salido a atender sus funciones.
Ya no se escuchan las voces de la radio. Tan solo el suave ronquido del oso permanece en el aire.
Desde la calle se filtra un resplandor rojizo. Alcanza los cristales y los hace estallar. Entra por la ventana abierta y prende las cortinas, que bailotean como dementes.
Una alarma solitaria comienza a chillar con su voz puntiaguda y desesperada. Desde el techo, nubes de metal dejan caer una lluvia inútil.
Cuando una inmensa bola roja abraza el hogar, el oso, al fin, calla.


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