

Monumento a la Palenquera – 2.60×1.20x.70 m – Hernando Pereira – Plaza de la Palenquera – Centro Histórico de Cartagena
David Botella
«Cuando empezaron los tiros, todo fueron balas»,
nos recuerda a media baba cada vez que trasegamos licor.
El zumbido de una de ellas le rozó la oreja,
otra le arrancó el tacón de una bota
y una tercera se le quedó encajada en un costado
para poder dar mal con los detectores del juzgado.
Y aunque comenta que eran perdidas
y todos sepamos que lo buscaban,
de esto hace risa larga y se bebe el susto despacio
con un respirito de perico.
Lo que pasa es que Salazar, que cumplió ayer cuarenta y dos años,
mantiene un romance no correspondido con el plomo que vuela,
que lo caza a veces; pero poco.
Es habitual en él dejar rastro y poca propina,
apurar las tardes afilando colmillos y
visitar de noche las timbas más locas en los callejones del centro.
Buscar la mujer del ajeno, escupir verdades y crear problemas que
solucione otro.
No le cansa que su aire sepa siempre a pólvora,
que le masquen los silencios y que el pasado no borre su dirección.
En tiempos se dedicó a remendar tejados.
Esos días de barro y de encaje frágil,
de manos curtidas y goteras con sabor a brea,
hacían que su mirada escalara por las chimeneas flacas y
fundiera en cielo con cenizas de hogar.
Cada teja era una afrenta al tiempo y
solucionó dejar las cubiertas por suelo firme buscando redención.
Noctámbulo y resolutivo, se fue haciendo hueco con sus fechorías entre la seroja humana del bullicio nocturno.
Asaltos, cobro de deudas, matón de gariteros y putas tristes,
gancho en timbas de rebotica y ladrón de hogares
donde no dejaba ni esperanza, sólo puertas forzadas y desolación.
Una tarde de mucha lluvia, tres hombres con razones
cruzaron el umbral con acero en las manos.
Salazar no encontró su pistola y
se quedó quieto ofreciendo el pecho por resignación que no por ganas.
Cuando alzaron armas y apretaron gatillo para balearlo,
el suelo podrido de madera se hundió a sus pies
siendo arrastrado por una salvadora torrentera que socavó los cimientos
y se llevó a la par las paredes de la casa y todos los disparos.
Toda la ladera se le fue detrás llevándoselo a caóticos trompazos
hasta un remanso de pedregal del que salió a uña rota.
De esta guisa, días más tarde, con morados de lirio, cortes, abrasiones y
plomo del que vuela en una pierna, acudió a nuestra cita de tragos
como quien llega a un puerto seguro, a un mundo sin ruido,
a la muda comprensión de los monstruos
y a darnos, por enésima vez, fe y razón de vida.


