
R. Kipling
Nunca he sabido a ciencia cierta el motivo de la atracción que el género femenino ha ejercido sobre mí a lo largo de la vida. Cuando las “nieves del tiempo no habían aún plateado mi sien”, utilizando un recurso gardeliano, lo achacaba simplemente a una mera atracción física, un revoltijo de hormonas que situaba a la mujer en la cúspide de una anhelada cumbre que costaba subir, pero que, en cualquier caso, y no siempre, merecía la pena conseguir. Con el paso de los años, mi visión ha evolucionado de forma significativa, atrás quedó esa atracción hormoneútica que dio paso a una mezcla de pasión, admiración y entrega, convencido de que la mujer ha ocupado, ocupa y ocupará, un papel muy especial en el devenir de la Historia.
Cuando iniciamos este proyecto cultural y literario, lo primero que pensé fue en poder tener un espacio para sacar a la luz a una serie de mujeres que, a lo largo de la Historia, hubieran tenido un papel muy relevante por mil y un motivos. Pero ¿y el resto? Me refiero a aquellas mujeres que desde el anonimato formaron parte de revoluciones, la francesa sin ir más lejos, o que fueron masacradas en el santo nombre de la religión, las campesinas de la Vendée, por no salir del país vecino. Mujeres que defendían su país, al igual que sus coetáneos, que acababan en el frente, pero que también corrían con la responsabilidad de cuidar de los suyos, de sus hijos, hermanos y padres. ¿Qué ocurre con este ejército infinito de mujeres anónimas que lucharon por conseguir una vida mejor para ellas y los suyos?
La Historia no suele hablar de ellas, un tupido velo las cubre. Sabemos que existieron. G. Duby insiste en que son la mitad de la especie humana y que algo habrán hecho, pero su esencia, su alma, su sentir, no se ven a menudo reflejados en los textos que han edificado nuestro mundo, como si no existieran. Tucídides en su afamada obra “Las guerras del Peloponeso”, con centenares de páginas dedicadas a unos aguerridos guerreros griegos, menciona a la mujer en tan solo siete ocasiones. Y es solo un ejemplo. Si avanzamos en el tiempo, los cánones del concilio niceano dejaron muy claro que “la mujer no tenía alma” y por lo tanto no podía participar de la jerarquía eclesiástica, amputando de manera radical cualquier opción femenina al sacerdocio. Los conciliábulos tan solo tardaron mil años en devolver a la mujer su “alma”. Un milenio, ni más ni menos.
Podríamos repasar la Historia y encontrar infinidad de ejemplos como los expuestos anteriormente, pero ¿de qué nos serviría?, ¿realmente hemos avanzado lo suficiente para considerar el papel real de la mujer en nuestro mundo? La respuesta es claramente NO, un no que ha acompañado a la mujer desde sus orígenes, un aspecto negativo como ser humano que tenía antes y después de recuperar su alma. ¿Y cuál es el motivo real? En mi opinión, se resume en una sola palabra: MIEDO.
Los conciliábulos de Nicea tenían miedo de que la mujer pudiera entrometerse en su santa labor de cristianizar el imperio romano. ¿y cómo nos las podemos quitar de encima si han estado siempre con nosotros? Estuvieron a nuestro lado en las catacumbas, derramaron su sangre junto a la nuestra en el circo y cuando por fin el triunfo nos sonríe, les quitamos el alma, no vaya a ser que con su estar puedan ensombrecer nuestro ser. Qué traición más infame, qué miedo a ser derrotados por el género “débil”. La Historia se repetirá a partir de aquí, y antes que aquí, una y mil veces. “El silencio es el mejor adorno en una mujer”, sostenía un filósofo de la época y creo que es la mejor definición del concepto que se ha tenido de la mujer hasta hace relativamente muy poco tiempo.
¿Podemos entonces asegurar que esto es agua pasada, que la mujer actual nada tiene que ver con este negativismo adosado por los hombres y que disfruta de una situación de igualdad con sus coetáneos? No pienso contestar porque la respuesta es evidente: claro que NO. La mujer actual, al menos la que pertenece a sociedades del llamado “primer mundo”, conserva una serie de derechos de los que se ha hecho merecedora a lo largo de los últimos siglos. En el camino, el gineceo se ha dejado mucha sangre, pero la lucha ha merecido la pena, aunque la verdad es que queda mucho por hacer. Mucho, pero mucho. Y si hablamos de las que no han tenido la fortuna de nacer en este contexto, las mujeres de otro mundo que no es el nuestro, apenas tienen mejor consideración que aquellas que fueron desposeídas de su alma por el bien de la humanidad.
Siempre he escuchado con escepticismo el tópico que dice: “detrás de un gran hombre, hay siempre una gran mujer”. Con la mirada de un sexagenario cansado de tanto discurso políticamente correcto, harto de ver morir todos los años a medio centenar de mujeres a manos de sus parejas sin que nadie, y repito, nadie haga nada por evitarlo, creo que ha llegado el momento de cambiar ligeramente este amago de epitafio y ajustarlo a una realidad más cercana:
“Detrás de una gran mujer, en ocasiones,
y solo en contadas ocasiones,
hay un gran hombre”.



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