
Marcos Ballester
Al señor Longbottom todos gustaban de llamar «señor», aunque, en realidad, él no era propietario de ningún pedacito de tierra. Y aun sin parcela ni hogar, pues vivía en una madriguera excavada en la tierra, se le veía el más feliz de Forestwell.
Cada mañana antes de que los demás gnomos empezaran sus quehaceres, él bajaba al río. Allí saludaba a las ninfas y deseaba los buenos días a los peces. Luego cargaba su regadera de agua e iba a regar las flores del pueblo que nacían entre los huecos de los adoquines y escondrijos.
Cuento e ilustración publicados en La Revista de Valdemoro (diciembre 2024).



Deja un comentario