
Fernando Martín Pescador
Cuando desperté, te encontré recostada en medio del Caribe. Piel de canela. Caminar de bachata. Pasado de bolero. Merengue en la lengua. África, América, Europa, hasta Asia, correteaban por tu sangre, cuchicheaban en tus genes. Nos miramos con cierta honestidad, expectantes, dejando que la curiosidad hiciera el resto. Aceptaste mi conversación nerviosa. Mis comentarios torpes. Intuiste razón y corazón en mis sinsentidos. Fueron cuatro semanas en las que me susurraste tus canciones al oído (jamás me alzaste la voz). Veintiocho días en los que me abrazaste fuerte. Un abrazo tan fuerte y tan sincero que siento que ya no yerro solo, que siempre caminarás a mi lado. Gracias, Quisqueya. Gracias, República Dominicana.
Este número de La torre del ojo dedicado a los dominicanos que me han acogido (recogido, ayudado, protegido, refugiado, abrazado, sonreído…) durante el mes de julio viene bien aderezado con las magníficas ilustraciones de Ana Belén Alfonsel Diego. Descubrí el arte de Ana en su exposición Cerca de mí, con cuadros protagonizados por sillas y sillones. Las formas y los colores que Ana proponía en sus cuadros tenían un magnetismo especial. Me puse en contacto con ella y su generosidad hizo el resto. Gracias, Ana, por compartir una de tus visiones del mundo con los lectores de nuestra revista.
Una última aclaración sobre los títulos de las ilustraciones: Ana puso a nuestra disposición hasta 68 sillas diferentes. Las ilustraciones venían numeradas tan sencillamente como Silla 1, Silla 2… Era una oportunidad que no podíamos (literalmente, éramos incapaces) dejar pasar. Así, comenzamos a darles títulos como Sentará precedentes, Silla para el que se sienta feliz, Algo le sentó mal o, la que protagoniza esta entrada, Nunca dar una silla por sentada…
Pero hay más. Además de las aportaciones dominicanas y las ilustraciones de Ana Belén, este número está lleno de Madrid, de Argentina, de Aragón, de La Mancha, de China, de Japón… Literatura para leer bajo una sombrilla.



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