
Rafael Yuste Oliete
A Manuel Alquézar
Cazar liebres, solo, sin perro, es de una clarividencia otoñal.
El cazador tenía un andar pesado, como de gigante, tal vez lo fuese. Sentía la tierra tal cual es. La entendía más allá de su origen. La admiraba por encima de cualquier virtud. Podría decirse que, para él, la sonrisa de la tierra era leporina, de una fragilidad inocente. Hacía un tiempo que reservaba la emoción para unas pocas ocasiones y dar con una liebre era una de ellas, tímida como el agua, verla tenía algo de prodigio, el deseo como una especie de brincar ligero, sin pesadumbre. Ella era lo que quedaba por venir, cada vez menos. Agradecía el carasol.
La liebre permanecía encamada y quieta. El viento le traía los efluvios del tomillar a su espalda, sin amenazas. Al frente, sonreía al sol de la mañana. Solo campo abierto a sus lados. ¿Bizqueaba? En la mañana, aquel animal lunar se convertía en un todo con la tierra, pegado a ella, una misma librea, un mismo latido acompasado. Achinaba los ojos, era una liebre taoísta, la más yogui de las liebres, y sin rival en la carrera. El cazador tendría que tener vista y agilidad. Conocer la tierra. Su fuerza también era parte de ella.
Pim, pam, pum sonó de repente. Algunas aves se agitaron. En derredor, yermos sin cuento, unos pocos campos todavía cultivados, pequeñas ruinas flotantes en las lindes, montes de apariencia animal, colosales y letárgicos. Existen los códigos y el deseo, una geografía recurrente y familiar, una cierta porción de paraíso y un cierto fatalismo, la inmensidad donde se da la vida.



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