
Sofá mi re do – Ana Belén Alfonsel Diego
R. Kipling
Me gusta pasear en una noche de agosto como ésta, tranquila, sin ruidos ajenos, con las estrellas por testigo. Estoy cansada, ha sido un día agotador y mis pies sienten alivio caminando por esta parte tranquila de Madrid, en medio de la pradera de San Isidro, de infinito verdor. En noches así me gusta recordar la niña que fui y que jugó en lugares como éste, durante una infancia rodeada de cariño, juegos y especialmente mucho estudio. En el instituto fui la mejor de mi clase y lo mismo pasó en la Universidad, donde conseguí ser una de las primeras farmacéuticas de este país. Éramos muy pocas, en los primeros albores del siglo XX, la mujer apenas tenía presencia en la Universidad. Fui muy afortunada por ocupar un espacio reservado en exclusiva para los hombres.
No me canso de mirar las estrellas, en noches de verano parece como si se te cayeran encima, que belleza tan sublime.
¡Vamos, no te detengas, sigue caminando!
La voz no resulta muy agradable, como tampoco lo son las ataduras que atenazan mis muñecas. Continúo caminando sin saber hacia dónde, pero ya no me importa. El verde de la pradera y la luz de las estrellas son mi consuelo en este momento de mi vida, o de lo que queda de ella. Y sin embargo me siento feliz, he tenido una vida muy intensa, llena de amor, primero por parte de mis padres, y después por parte de mis hermanos, siempre a mi lado, al igual que mis hermanas de vocación, con las que he compartido momentos muy difíciles estos últimos días. Me siento orgullosa de haber podido continuar con el negocio de mi abuelo y mi padre, los dos fueron farmacéuticos y pude continuar la saga familiar. Desde muy niña, mi padre hizo que la farmacia se convirtiera en un mundo que se me antojaba mágico. Estaba rodeada de brebajes, medicamentos, linimentos y todo ello impregnado de un aroma muy particular, un olor que me llegaba muy dentro porque sabía que allí residía el alma de mi familia, y desde muy niña me propuse continuar dando vida a esa farmacia que tanto amor y entrega habían dejado, primero mis abuelos y después mis padres.
¡Ya puedes parar, colócate de espaldas a ese muro!
El muro donde me ordenan detenerme muestra signos de que ni soy la primera a la que traen aquí, ni por desgracia seré la última. Los restos de sangre, todavía caliente, se mezclan entre sí como si procedieran de un solo cuerpo. Estas piedras podrían hablarnos de un dolor infinito, cuántas vidas han finalizado aquí y cuántas quedan por terminar, incluida la mía. Estoy preparada, he tenido una vida dichosa. Incluso mi deseo de continuar con el negocio familiar, tan solo fue sustituido por algo mucho más grande. Es curioso cómo, cuando me faltan unos instantes para dejar este mundo, lo que más me alivia es recordar las continuas visitas que realizaba desde la farmacia de mi padre a la iglesia de San Marcos que estaba justo en frente. Cada vez que podía me acercaba y era como entrar en otro mundo, donde no cabía el ruido, ni el dolor, ni la tristeza. Supe desde muy niña que dedicaría mi vida a Dios, pero antes tenía una deuda con mi familia. Al morir mi padre, mi madre me pidió que no abandonase la farmacia hasta que mi hermano pequeño terminara la carrera y pudiera hacerse cargo. Así lo hice, y el 21 de Junio de 1915, con mi hermano al frente del negocio familiar, ingresé en el convento de las Carmelitas Descalzas de la calle Torrijos, donde, con el paso de los años, fui priora y donde he sido muy feliz junto a mis hermanas, hasta mediados del pasado mes de Julio.
¡Preparados!
Estoy preparada para irme de este mundo, aunque lo que he visto en las últimas semanas, te hace perder la fe en el ser humano, siendo una testigo privilegiada de cómo se matan entre ellos, hermanos contra hermanos. Nunca vi tanto odio en el rostro de un hombre o de una mujer, nunca tanto miedo en la mirada de un niño que busca a sus padres entre calles llenas de cadáveres, nunca tanta impotencia en los ojos de un padre que, entre sollozos, sujeta el cuerpo de su hijo recién asesinado.
¡Apunten!
Perdono a mis asesinos. Puedo adivinar, por la tenue luz que hay junto a este muro, que la mitad de los que ahora me apuntan con sus armas, son unos críos y la otra mitad tienen cara de hambre y penurias. Ellos también sufren, pero, esta noche, les ha tocado ser mis verdugos. Alzo mi voz para que me escuchen, quiero que sepan que antes de morir les perdono, una y mil veces si hiciera falta. Miro hacia las estrellas y brillan más que nunca, jamás las vi tan bellas.
¡Fuego!
P. S. : Elvira Moragas Cantarero, primera mujer farmacéutica de España, priora del convento de las Carmelitas Descalzas en Madrid, fue fusilada por una milicia de la Checa de Fomento, el 15 de Agosto de 1936 en la pradera de San Isidro de Madrid.



Deja un comentario