
Felipe Díaz Pardo
Mi sospecha comenzó a tomar forma cuando me vi obligado a volver a descifrar varias veces lo que estaba leyendo. Al principio fue el olvido de gran parte de la historia que tenía delante de mis ojos, incluso el nombre de los personajes que habían aparecido en las páginas anteriores. El despiste lo achacaba entonces a los largos periodos transcurridos entre uno y otro momento en el que retomaba la lectura, debido a la dificultad de buscar tiempos de ocio, por culpa de la intensa actividad de mi vida diaria, para el disfrute y el entretenimiento proporcionados por mis obras literarias favoritas.
Después llegó el olvido de párrafos enteros tras toparme con el punto y aparte, lo que me obligaba a retroceder al comienzo de esa porción de texto para retomar el hilo de la novela, si de ese género se trataba. Al final, me era imposible recordar una simple línea u oración hasta el punto y seguido siguiente, de tal forma que me convertía en algo parecido a esos hámsteres que corren dentro de una rueda sin cesar. Según dicen, ellos lo hacen porque siguen su instinto natural de buscar comida, gastar la energía acumulada y reducir el estrés del cautiverio. De hecho, en libertad estos animales recorren varios kilómetros cada noche. Yo, por mi parte, leía una y otra vez el renglón anterior, con la misma obsesión repetida que los referidos roedores y con el simple objetivo de llegar a un final al que tampoco llegaba nunca.
Ante tal problema, de evidente cariz neurológico se hacía obligatorio recurrir al médico especialista en la materia. Cuando acudí a la sanidad pública, los que allí me atendieron postergaban mi solicitud de auxilio durante meses. Por otra parte, mi situación económica me impedía acudir a una consulta privada. Así que la solución la encontré con la rapidez y eficiencia que siempre he tenido para resolver los problemas, haciendo uso esta vez de la técnica que utilicé en mi época de estudiante, primero, y de opositor, después.
Consistía mi estrategia en leer y releer cada tema o lección una y otra vez e insistir en su repaso cuantas veces fueran necesarias en estricto orden de presentación, para lo cual confeccionaba previamente una plantilla donde iba anotando cada una de dichas relecturas.
Así llevo haciendo desde la fatídica fecha en que mi amnesia lectora es total, pues, como se puede deducir también, carezco de la ineludible memoria para recordar las veces que llevo leyendo cada uno de los libros de mi biblioteca, ampliamente nutrida a lo largo de los años y colocados por estricto orden alfabético.
Según tengo anotado en mi registro, comencé por aquellos títulos de autor anónimo, entre los que se encuentran, por ejemplo, El Lazarillo de Tormes o Flor Nueva de Romances Viejos, y terminé la primera ronda cuando finalicé la lectura de Momentos esterales de la humanidad, de Stefan Zweig.
A pesar de haber dado ya cinco vueltas a todos los volúmenes, sigo sin recordar nada de lo que leo; pero al menos, tengo el consuelo, la tranquilidad y la esperanza de que, con el tiempo, alguna huella por tanta capacidad y empeño lectores quedará grabada en mi mente, además de seguir al pie de la letra la doctrina de Heráclito, según la cual «todo fluye, nada permanece».



Deja un comentario