
David Botella
A luz tanteya o mundo. Mira
os nombres que sinyalen…
4 (O palpiable), Carlos Diest
Las hogazas amanecen.
Boquiabiertos, los tejados
bostezan aves al cielo
en un intensivo curso de estiramientos.
Abajo, los murmullos resbalan con café
en un nacer roñoso teñidito de pereza.
La piedra, aún fresca,
vapea somnolienta
un sol niño e inocente
que no busca a nadie todavía.
.
A ras de pan,
se van apagando los sapos en la charca de olor verde y zanahoria.
Olor a ocres escondidos
si dejamos los olfatos quietos
en la broza que nos oculta.
En neblina y calma,
se espolvorean las libélulas
en un vuelo sin crónicas
suspendido sobre la balsa.
Lo demás;
una maraña olvidada, bordes de hierba húmeda y juncos plateados.
.
Es aquí donde resiste lo que es nuestro.
Lo que todos saben.
Lo que nadie quiere.
A esta dieta de los pensamientos que ahora se reconstruyen,
en la noche que se rindió para no dormirla,
les ha desafiado una vez más
el tutorial de los cuerpos lazados,
de los segundos, susurros, sintagmas, alianzas, abrazos.
.
Victoria enorme.
.
Derrota intuida.
.
Con el sol bautizado,
las ventanas se abren y
los vecinos se apuran.
La rutina amenaza con el reclamo.
La vida intimida con quitarse de en medio,
todo muere rápido y se hace urgente,
como el último beso, el que más urge,
lo único urgente.



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