
José Ramón Guillem García
A veces abro un libro que leí hace veinte años y tengo la sensación de haber denunciado a un desconocido. El personaje sigue exactamente donde lo dejé: sentado en una taberna, con el cuello de la camisa abierto, un vaso de whisky delante y esa cara de hombre que ha perdido algo importante pero todavía no sabe qué. Yo, en cambio, he cambiado de bando sin que nadie me avisara.
Antes era un héroe.
Ahora lo miro y pienso: menudo mamarracho, por no decir algo más fuerte.
No sé en qué momento ocurrió. Nadie toca una campana cuando uno deja de admirar a los tipos equivocados. Simplemente sucede. Una mañana descubres que aquel detective solitario al que admirabas no era un hombre íntegro, sino un alcohólico con problemas para relacionarse y una pistola. Que el seductor irresistible era un depredador con un buen abrigo. Que el aventurero que cruzaba continentes dejando cadáveres a su paso quizá no estaba buscando justicia, sino una excusa para no quedarse quieto.
Y entonces aparece la palabra.
Villano.
Qué palabra tan cómoda.
La literatura está llena de hombres que hoy tendrían que pedir perdón antes de entrar en la primera página. Algunos pegan, otros mienten, otros beben, otros matan y los más refinados hacen todo eso mientras citan a Schopenhauer. Durante décadas los llamamos héroes porque llevaban sombrero, tenían una buena frase preparada y sabían encender un cigarrillo con una cerilla en mitad de una tormenta.
Nos gustaban así.
Sucios, violentos, melancólicos.
Hombres que dejaban rastro y nada de propina.
Yo también los quería.
Quizá porque uno, cuando es joven, confunde la dureza con la fuerza. Cree que el hombre que nunca pide ayuda es fuerte, cuando quizá simplemente está demasiado asustado para reconocer que se está hundiendo. Cree que quien responde a un golpe con otro golpe tiene carácter. Después descubre que, en realidad, tiene un problema.
La edad es una enfermedad bastante desagradable porque empieza quitándote ingenuidad y termina quitándote excusas.
Y los personajes envejecen con nosotros.
O peor: envejecemos nosotros dentro de sus páginas.
Hace años leía determinadas historias buscando héroes. Ahora busco grietas, trampas. Me interesa menos quién dispara y más quién tiembla cuando nadie está mirando. Ya no me impresiona demasiado el tipo que entra en un bar, derriba a tres matones a puñetazos y sale sin despeinarse.
Quiero saber qué hace cuando llega a casa.
Ahí empieza la novela.
Porque la literatura no debería servirnos para encontrar a gente decente. Para eso ya tenemos a nuestros cuñados.
La literatura sirve para meternos en habitaciones donde no querríamos estar.
Nos sienta junto a un criminal.
Nos obliga a escucharle.
Y lo peor es que, después de cien páginas, quizá empezamos a entenderlo.
Ahí está el peligro.
Comprender no significa perdonar. Pero tampoco significa condenar. La buena literatura trabaja en esa zona miserable donde ambas cosas se mezclan hasta formar una pasta difícil de tragar.
Un personaje puede ser un monstruo y, al mismo tiempo, estar profundamente herido.
Puede ser una víctima y convertirse en verdugo.
Puede amar a alguien y destruirlo.
Puede hacer algo hermoso a las cuatro de la tarde y una barbaridad a las cuatro y diez porque le dio por ahí, porque bebió demasiado, porque tuvo miedo, porque era idiota.
Como nosotros.
Eso es lo que nos molesta.
Que los personajes se parecen demasiado a nosotros cuando dejamos de maquillarlos.
Por eso revisamos el pasado con los ojos del presente. Y está bien hacerlo. Hemos aprendido cosas. Hemos visto injusticias que antes permanecían escondidas bajo una alfombra llena de polvo. Hemos comprendido que algunas conductas que se presentaban como normales eran simplemente violencia con un traje limpio.
Pero hay algo inquietante en nuestra necesidad de convertir cada historia en un juicio.
Porque cuando juzgamos a un personaje, muchas veces también estamos juzgando la época que lo produjo. Y cuando juzgamos una época, sentimos la tentación de colocarnos fuera de ella, como si hubiéramos llegado al mundo ayer por la tarde, recién duchados, con la conciencia envuelta en plástico.
No funciona así.
Dentro de cien años alguien leerá nuestras novelas y descubrirá nuestras mierdas.
Encontrará nuestras palabras.
Nuestros prejuicios.
Nuestros héroes.
Y probablemente pensará que éramos unos salvajes.
Lo cual será bastante razonable.
Quizá entonces alguien escriba un artículo explicando que aquel personaje que nosotros considerábamos admirable era, en realidad, un monstruo. Y otro responderá que no, que era un hombre de su tiempo. Y un tercero dirá que eso no justifica nada.
Los tres discutirán.
El muerto seguirá muerto.
Y el libro continuará abierto sobre la mesa.
Me gusta imaginar esa escena.
Una habitación cualquiera.
Una lámpara encendida.
Un libro abierto por una página que alguien ha subrayado hace décadas.
Fuera llueve contra los cristales con esa insistencia de cobrador de deudas que tiene la lluvia en ciertas ciudades. Dentro, un lector descubre que el héroe de su infancia era un miserable.
Y sigue leyendo.
Eso es lo que me interesa de la literatura.
Que no nos permite salir completamente limpios.
Podemos cambiar de opinión sobre los personajes, sobre los autores, sobre las épocas. Podemos dejar de admirar al héroe y empezar a sospechar del villano. Podemos descubrir que aquel monstruo tenía una razón y que aquel santo escondía un cuchillo.
Pero quizá el verdadero viaje no consiste en decidir quién era bueno y quién era malo.
Consiste en descubrir cuánto tardamos nosotros en cambiar de sitio.
Porque, al final, quizá los personajes no envejecen.
Los que envejecemos somos los lectores.
Y cada vez que volvemos a abrir el mismo libro, alguien ha cambiado de bando.



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