
Fernando Escudero Oliver
Tal vez una de las servidumbres de una inteligencia desarrollada, como la del ser humano, es hacerse preguntas y contestárselas: inquirir, indagar, imaginar, concluir. De esta forma, la humanidad parece mirar al cielo de noche, como hacen también otros animales de este planeta, y en lugar de recrearse en el espectáculo, comienza la batería de preguntas: ¿Quién ha creado todo esto?, ¿para qué?, ¿para quién?, ¿qué debemos hacer para que no se caigan las estrellas, para que el sol aparezca cada día y nos caliente y alumbre con sus rayos…?
Y como animal inteligente, el hombre crea sus lupas, sus gafas para ver y entender la realidad.
Primero fueron explicaciones mágicas y sagradas; luego, sagradas con la fuerza del monoteísmo: los dioses, el dios. Más tarde llegó la ciencia y mostró unas gafas más potentes y sólidas, racionales. Esto ha generado la aplicación práctica de la tecnología, llegando a tal complejidad y virtuosismo, que va confirmando la frase del genio que fue Isaac Asimov: la ciencia, inexplicable ya para la mayoría de los profanos, nos devuelve al principio de todo, a la magia…
Tan importante como el destino, se nos presenta el camino recorrido: lo que se paga, lo que se adquiere, lo que se pierde, lo que nos penetra, pues aunque todo lo expuesto tiene como finalidad explicar, de algún modo, la realidad exterior, el mecanismo de anclaje tiene una servidumbre evidente, cada explicación mágica, religiosa o científica se convierte, primero, en una certeza que se difunde, luego en una verdad, más tarde en un libro sagrado, incontestable, la “Verdad” con mayúsculas, y comienza el ciclo de la opresión en nombre de esa verdad, el pensamiento único y sus herejías, la coacción, las amenazas, los juicios, las agresiones, las muertes civiles y las reales, las guerras en nombre de… Todo ello por la necesidad de ponernos unas gafas e interpretar la realidad. Caro peaje para evitar las incertidumbres, la sensación de vacío, la anarquía de las ideas, la ausencia de seguridades, el chapoteo en el vacío existencial, a veces demasiado lleno de posibilidades y contradicciones. O a lo mejor es una manera inteligente de disfrazar al animal que llevamos bien dentro: dame lo tuyo o te lo quito. Porque soy más fuerte, o somos más, o hablo en nombre del pueblo (los otros, la mayoría), o Dios me ha elegido…
Veo un ejemplo claro en la España de hoy: o eres progresista o eres facha. Dos caras de la misma moneda si atendemos a que el comunismo marxista consideraba la democracia burguesa como un instrumento de opresión de las clases privilegiadas que debía ser sustituido por una dictadura del proletariado. La palabra “dictadura” no necesita gafas, lupas, ni explicación alguna. La libertad y el respeto a los derechos humanos de Rusia (y la antigua URSS), Cuba, China, Camboya, Albania, etc., lo dice todo sin palabras ni gafas. Sobre el fascismo y sus ideas mesiánicas de razas superiores e inferiores, su nacionalismo devastador a ultranza, ya tuvimos bastante con la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini. Dejo, aposta, excluida a España. Después de 90 años desde la Guerra Civil, nuestros políticos (por denominarlos de alguna manera) insisten: o “rojos” o “fachas”. No hay espacio para otros planteamientos que defiendan la libertad individual, la honestidad pública, la gestión de gobierno bien hecha de la que se da cuenta continuamente. Curiosamente hay como un complejo freudiano en los partidos conservadores, que consienten en ser identificados con los de la Guerra Civil. Increíblemente, hay un sentimiento de superioridad moral en los partidos de Izquierdas, de progreso, que al final se basa en la falsa asunción de la condición de víctima de la Guerra Civil. Como si la República no hubiera tenido todos los recursos del Estado para hacer frente a una rebelión militar que no comenzó triunfando. Pero nadie se plantea pedirles responsabilidades a aquellos que se identifican con la República de su gestión de aquel conflicto, de cuál fue la razón por la que vulneró el derecho primario a la vida y a la propiedad individual de tantos ciudadanos. Y con una corrupción como no se ha visto nunca en España, al borde de una mafia estatal, tampoco se puede pedir cuentas a los partidos progresistas…, en fin, pobre mujer del César…
De nuevo las gafas, para desenfocarlo todo, como de costumbre…



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