
Rafael Yuste Oliete
El simio atravesaba cuanto veía con su mirada. Pensaba:
«Un hombre solo: o es un dios, o es un animal. Y ante este dilema aristotélico, yo siempre veo al primate. Gente estirada, sin gracia. ¿Y qué sabrán del amor? Apenas nada. No comprenden, ¿no veis que nos encierran?, y, sin comprensión, el amor es inalcanzable. Por eso intuyo que sus dioses han de ser tristes. O feroces. Debieran ser coloridos como el culo de un mandril. Un culo divertido e integrador como la risa. Sin rostro, anónimo. E inconsciente. Cualquiera sabe que la consciencia requiere una distancia, que en ella no cabe la unidad, el todo».
El mono se rasca el cogote y enseña los dientes, ¿sonríe?
«Hasta los lirios del campo lo saben, sobre todo ellos, aunque…, en realidad, no».
Mastica algo que ha cogido del suelo, una semilla, tal vez.
«Lo demás es torcer la verdad de la vida. Es querer imponer una creencia. Y la imposición está en la raíz de la maldad».
Desvía la mirada, se levanta, gira sobre sí mismo y vuelve a sentarse.
«Un culo abandonado al movimiento, siempre pegado atrás, sin ego, perfecto, porque también puede morir. Vaya par de panolis –dictamina sobre una pareja que lo mira mientras se acaricia los genitales, y sigue–: Este oficio de simio es penoso, la obligación de ser ingenioso, sin poder decir que un árbol es solo un árbol. ¿Quieres seguir tú ahora? –se dirige a un compañero señalándose sus partes–. Está apático, será la inevitabilidad del ser, quiero decir que vivimos con todas sus consecuencias y, después, la nada. Es lo que hay. Luego les pregunto a las chicas».
Gesticula.
«Cuánta gente. ¡Miradme! –les chilla–. Soy vuestro oráculo. ¿Qué queréis conocer? Ah, el futuro. Porque el pasado escuece siempre».
Quieto, fija la mirada.
«¿Qué otra cosa nos queda?».
II
«Me declaro entusiasta de una idea de universo esférico y finito, surgido de algún tipo de colapso donde nunca sabremos si es posible la singularidad. Solo su forma circular lo convierte en algo más que eterno –aquí la eternidad carece de importancia–, lo hace inmanente.
»Como nosotros, asimismo finitos y curvos, sinuosos…, torcidos…, cíclicos a través de esa vulva abierta que también es un horizonte de sucesos… Y tan monos, aunque no haya forma de ocultar la vejez ni la infelicidad cuando esta llega, y me canse.
»Primates del mundo, uníos».



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